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La joya que enamoró a Agatha Christie

Las ruinas romanas de Palmira se encuentran a tres kilómetros del centro urbano de la ciudad, en el desierto sirio.
Las ruinas romanas de Palmira se encuentran a tres kilómetros del centro urbano de la ciudad, en el desierto sirio. / Joseph Eid-AFP
  • «No puede ser real», exclamó la escritora cuando pisó por primera vez Palmira. A caballo entre dos imperios, dominó el paso entre Roma y Oriente. Sus restos están ya en manos del Estado Islámico

Recorrer los 1.200 metros del ‘decumanus’ (avenida) de Palmira es el mejor resumen de una completa clase de historia. De historia de una ciudad ‘bisagra’ entre los imperios romano hacia el oeste y parto hacia el oriente. Un escenario rodeado de 300 kilómetros de desierto que en su esplendor durante los siglos I y II después de Cristo fue algo así como Hong Kong en el siglo XX por su condición de ‘isla’ económica y social. A medio camino entre Damasco y Bagdad, ciudades quintaesencia del desarrollo, el oasis de Afqa, donde se asienta su mito, supo jugar su papel estratégico para garantizar los suministros a las caravanas, además de eje clave para la Ruta de la Seda. Sus creadores y habitantes la llamaron siempre por su nombre en árabe. Tadmor, la ciudad de los árboles del dátil.

A ese poco más de un kilómetro de gran vía romana se asomaban una inusual concentración de templos. Los habituales ejemplos de arquitectura civil romana como su enorme teatro o el ágora, o la inspiración griega presente en su imponente templo ‘Tetrapylon’, rivalizaban en armonía con los homenajes a las deidades mesopotámicas como Nebu, o a las orientales como Bel, el templo más espectacular y mejor conservado. «Independiente entre dos imperios», como la definió el historiador y naturalista Plinio el Viejo, que vivió en el siglo I. Ese fue el secreto y el legado de una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad desde 1980.

«¡No puede ser, no puede ser real!», gritó Agatha Christie ante la primera imagen de la ciudad cuando la visitó a principios de la década de 1930, acompañada de su marido, el brillante arqueólogo Max Mallowan. Para los occidentales, el simple nombre de Palmira ya evocaba el exotismo. La reina del suspense llegó atraída por la moda del viaje ‘Orient Express’ y se quedó prendada de su «esbelta y cremosa belleza elevándose de forma fantástica entre la arena ardiente». Tan enamorada que en la habitación 102 del hotel ‘Zenobia’, de Palmira, (propiedad de una fascinante espía de origen vasco llamada Marga d’ Andurain), la autora de ‘Diez Negritos’ esbozó los argumentos de obras tan conocidas, como ‘Asesinato en Mesopotamia’.

Esa imagen que atrapó a la escritora la han sentido después miles de viajeros. Los tópicos que se repiten estos días como ‘joya’ o ‘novia’ del desierto se quedan escasos. La visión de una imponente sucesión de edificios asentados en un desierto ralo y feo, pero cuyo vacío amplifica aún más el vértigo de zambullirse en la historia es imposible de olvidar. Un mundo que dominó el mundo, convertido hoy en hermosas ruinas.

Y en breve, puede que ni eso si los perturbados combatientes del Estado Islámico, que han logrado al segundo asalto hacerse con toda la ciudad, deciden darle el mismo tratamiento que a Nínive o Nimrod, en Irak. Sería lo más parecido a dejar en sus manos el foro de la propia Roma, con el que Palmira guarda un gran parecido. Tom Holland, historiador británico atrapado por la misma pasión de Agatha y tantos otros, reclamaba hace unos días en su Twitter que «la reina Zenobia se despierte de su sueño en esta hora desesperada para salvar su ciudad».

El poder de una mujer

Porque a su mitología urbana se añade el que aquel escenario único tuviera en sus mejores años y como gobernanta a una mujer. Las citas históricas de Tadmor arrancan en el siglo II a. C. Su desarrollo la hizo pieza codiciada hasta que el emperador Valeriano la conquistó para su imperio en el año 260. Siete años después y tras el asesinato de su gobernador Septimio Odenato, su mujer Zenobia tomó el mando.

Dejó la neutralidad a un lado y trazó su propio imperio que se extendería por Líbano, Egipto y Siria. Su osadía duró cuatro años hasta que fue reducida y llevaba a Roma esposada con cadenas de oro. Se ganó su sitio en los libros de historia pero abrió la puerta a la decadencia de su trono. Un terremoto en 1089 arrumbó definitivamente Palmira (que llegó a tener 200.000 habitantes) al sesteo en el que permaneció durante siglos.

Los viajeros y exploradores británicos del siglo XVIII redescubrieron un escenario que, hasta que empezó la guerra civil en Siria, era uno de los grandes atractivos del país. Ni los pozos de gas natural, amenazante visión desde las ruinas, ni las bases militares, que han condenado a la Palmira moderna a un feísmo ocre, quitaban un ápice de belleza a un enclave de ensueño situada a tres kilómetros del centro urbano. Mientras fue posible, los chiquillos y saqueadores de restos se insinuaban a los turistas vendiéndoles reliquias, y los guías ofrecían paseos en camello a la caza del mejor encuadre para una buena foto.

Al menos de su museo arqueológico, tan gris como el resto de barriadas, los sirios dicen que han rescatado cientos de estatuas y piezas que han llevado a lugares seguros. Pero no parece que ni el espíritu de Zenobia que invocó el historiador Holland vaya a evitar que se cumplan los temores del director de Antigüedades y Museos de Siria, Maamun Abdelkarim. «Esto es un desastre para todo el mundo, no solo para los sirios».