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La paz de Vietnam

La paz de Vietnam
  • Se cumplen 40 años del final de la guerra que dejó el país arrasado. Pese a las celebraciones y los desfiles de estos días, «si preguntas, parece que nadie combatió»

  • Uno puede tomarse unas copas en el ‘Apocalypse Now’ o visitar los ‘túneles McDonalds’. Casi el 70% de la población actual no había nacido cuando acabó la guerra

En la guerra, y muy particularmente en una guerra tan compleja y localizada como la de Vietnam, hablar de ganadores y perdedores no deja de ser una simplificación un poco absurda. Cuenta la historia que Estados Unidos salió derrotado y traumatizado de aquel conflicto, de cuyo final se cumplen este jueves cuarenta años: desde entonces, su avasalladora industria del entretenimiento se ha entregado a un obstinado ‘flashback’ que regresa una y otra vez a las junglas del país asiático, rebuscando los porqués que quedaron enterrados en la espesura. Pero aquel fracaso de la superpotencia, que a estas alturas todavía no parece haber cicatrizado, no permite concluir que los vietnamitas emergiesen victoriosos del enfrentamiento: más allá del hecho elemental de que parte de ellos pertenecían al bando perdedor, hay que recordar que el gobierno comunista se hizo cargo de un territorio unificado, sí, pero también devastado por unos combates que habían llegado a parecer eternos. Para algunos, como las familias afectadas por la herencia venenosa del agente naranja, la guerra nunca ha llegado a terminar del todo.

Estos días, con la justificación del aniversario redondo, los medios internacionales se están dedicando a radiografiar aquel Vietnam de 1975, marcado por un balance de bajas con un evidente desequilibrio: en el conflicto murieron 58.000 estadounidenses y entre dos y cuatro millones de vietnamitas, ya que los recuentos, tan certeros en el primer dato, oscilan enormemente al abordar el segundo. Los cadáveres de unos 300.000 combatientes jamás se han recuperado. Aquel Vietnam era el país del millón de viudas, los 900.000 huérfanos, los 300.000 inválidos y los 5 millones de hectáreas arrasadas, un panorama desolador al que hubo que sumar el embargo económico internacional y nuevos episodios bélicos como la invasión de Camboya o el choque con China: muchos vietnamitas, cuando se les pregunta por la guerra, tardan en darse cuenta de que los extranjeros suelen referirse invariablemente a una de ellas, la conocida allí como ‘Guerra Americana’.

Los años 80 fueron una década de escasez y desabastecimiento. Los enviados especiales al país describían las baldas vacías de los grandes almacenes, donde solo se vendían ya cerillas y jabón. Pero aquel Vietnam deprimente de la posguerra se parece muy poco al de hoy: la introducción de «una economía de mercado con orientación socialista» y el levantamiento del bloqueo abrieron el camino hacia la situación actual, con una estructura de partido único compatible con la pujanza capitalista y las tiendas de Louis Vuitton o Hermès. Este puzle puede contemplarse con malos ojos –Nick Davies ha escrito en ‘The Guardian’ que Vietnam «ha acabado con lo peor de dos sistemas»–, pero no deja de ofrecer un contraste llamativo con aquel pozo de devastación de hace no tantos años, que parecía condenado a un porvenir miserable. El porcentaje de población por debajo del umbral de pobreza rondaba el 60% a principios de los 90, pero actualmente se sitúa alrededor del 8%.

Los hijos, a EE UU

«Vietnam es un país dinámico, que está creciendo económicamente desde hace muchos años a un ritmo sostenido, con una población muy joven, activa y emprendedora. La economía es de mercado, con presencia estatal en los sectores estratégicos y muchísimos empresarios grandes y pequeños», resume Javier de Bonifaz, un ingeniero de Colmenar Viejo (Madrid) que lleva cinco años en el país. Está allí como responsable de la obra pública más importante del Sudeste Asiático: la autopista de 245 kilómetros que conecta Hanói con la frontera china. Con una inversión de 1.300 millones de euros, se inauguró el pasado septiembre y ha supuesto una revolución en las comunicaciones de un país donde solo el 26% de las carreteras tiene dos o más carriles. La estancia de Javier le ha dado para casarse con una vietnamita, Huòng, e incluso para acostumbrarse al demencial tráfico de motos que recorre las ciudades como un ejército imparable.

Pero, más que la próspera apariencia de los mejores barrios, al forastero cargado de estereotipos le sorprende la escasa memoria de la guerra, que ha ido disolviéndose en estas cuatro décadas. «En Vietnam no se habla de la guerra. No tienen esa obsesión que, por ejemplo, tenemos nosotros sobre la Guerra Civil. No sé si será porque el carácter budista les obliga a olvidarse de los malos momentos y mirar para adelante, o porque es un país muy joven sin tiempo para nostalgias y malos recuerdos. Somos nosotros, los extranjeros, quienes más obsesionados estamos con el napalm y esos horrores», explica Antonio Albarrán, un «extremeño de nacimiento y apátrida de convicción» que enseña español en un liceo francés de la ciudad de Ho Chi Minh, la antigua Saigón. «Yo vivo en el sur y aquí la guerra se perdió –añade–. Los habitantes de la ciudad están más interesados en ganar dinero, enviar a sus hijos a Estados Unidos a estudiar y que vuelvan a Vietnam a seguir desarrollando el país. Son conscientes de que las oportunidades están aquí. Lo de la guerra queda para Hollywood». La impresión de Javier de Bonifaz, afincado en el norte, no es muy distinta: «La guerra no se aprecia en absoluto en el día a día de la gente. A nivel institucional se recuerdan las efemérides, como la de ahora, que se celebra con una semana de fiesta, pero ninguno de los vietnamitas que he conocido habla de la guerra. Y, si les preguntas a los que tienen edad suficiente para haber sido soldados, contestan que estaban en labores de apoyo o en antiaéreos. Parece que nadie hubiera combatido».

Influye en esta situación la extrema juventud de la sociedad vietnamita, donde casi el 70% es menor de 40 años y ni siquiera vivió aquella época. Nadie parece experimentar ninguna incomodidad por tomarse unas copas en el ‘Apocalypse Now’, uno de los bares más populares y veteranos de Ho Chi Minh, y las reliquias del conflicto se han convertido en uno de los reclamos turísticos más importantes, sobre todo para los turistas yanquis: ahí están clásicos como el Museo de los Restos de la Guerra –el nombre original, mucho menos vendible en Norteamérica, era Museo de los Crímenes de Estados Unidos– o los túneles de Cu Chi, la claustrofóbica red de madrigueras que sirvió como escondite al Vietcong. Parte del angosto complejo subterráneo se ha agrandado para, según les gusta explicar a los guías, hacer espacio a los «americanos gordos». Los más guasones incluso han rebautizado esa zona como ‘túneles McDonalds’.

La mayor excepción a este aparente olvido de la guerra hay que buscarla en las víctimas del agente naranja: 43 millones de litros de este herbicida se rociaron sobre las selvas vietnamitas, en el empeño de dejar al descubierto a las fuerzas enemigas, y las secuelas continúan hoy en forma de niños con graves discapacidades. Damir Sagolj, fotógrafo de Reuters, ha recorrido el país para documentar la persistencia de este drama y se ha topado con casos como el de Do Duc Diu, cuyos doce hijos varones murieron poco después de venir al mundo, con los cuerpos desbaratados por la ponzoña del herbicida. Él sirvió en el Ejército norvietnamita y debe de ser, por tanto, uno de los vencedores.

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