El regreso del maletín nuclear

El regreso del maletín nuclear

La creciente arrogancia de Putin resucita el fantasma de una confrontación atómica y devuelve protagonismo a uno de los iconos de la etapa de la guerra fría

BORJA OLAIZOLA

La desintegración del régimen soviético acabó con los kremlinólogos, aquellos observadores que intentaban desentrañar las claves de la política de la URSS a partir de detalles como el orden de colocación de las autoridades durante los desfiles militares. Los engranajes del poder resultaban tan inaccesibles y se sabía tan poco de lo que allí se cocía que bastaba que dos dirigentes olvidasen saludarse para conjeturar que aquello significaba la caída en desgracia de alguna facción y el consiguiente cambio de rumbo del país. Con la caída del Muro y la irrupción de la perestroika, los kremlinólogos se batieron en retirada: la glásnost (transparencia) que predicaba Gorbachov les arrebató su antiguo protagonismo.

el búnker bajo del eliseo

Júpiter. El presidente de Francia, otra de las grandes potencias nucleares, tiene también un maletín que le permite acceder al arsenal de armas atómicas. Junto al palacio del Elíseo, además, se esconde un puesto de mando subterráneo -Júpiter- desde el que se controla todo el armamento nuclear.

Despistes. Se dice que François Mitterrand olvidó la tarjeta con los códigos del maletín en el bolsillo de un traje y que se la devolvieron al día siguiente desde la tintorería. También se escribió que algo parecido le ocurrió a Bill Clinton.

La llegada al poder de Vladimir Putin, sin embargo, ha significado en la práctica la rehabilitación de aquella figura: la política del presidente ruso es tan impenetrable como imprevisible, así que la única forma de aproximarse a lo que está pasando en la antigua URSS es dejarse guiar por las señales externas. Y lo que observan los kremlinólogos de nueva hornada no resulta muy tranquilizador: un nacionalismo cada vez más arrogante que intenta compensar las dificultades derivadas de las sanciones de Occidente y del descenso del precio del petróleo con golpes de efecto que resucitan los peores fantasmas del pasado.

Si preocupante resultó escuchar en agosto a Putin recordar en una charla a unos jóvenes que Rusia es «una potencia nuclear» y que «nuestros socios deberían entender que es mejor no jugar con nosotros», no lo es menos que el recientemente retirado jefe de los servicios exteriores de la inteligencia británica, el M16, haya advertido en una conferencia en Londres que «la amenaza de confrontación militar nuclear, incluyendo un error de cálculo o simple mala suerte, aún está presente». Ante semejante panorama no es extraño que un país de la antigua órbita soviética como Polonia haya decidido movilizar de inmediato a todos sus soldados reservistas. La decisión de Varsovia es un buen indicador de la poca confianza que despierta Putin entre sus vecinos.

El viento preñado de malos augurios que sopla en el Este de Europa ha resucitado algunos de los iconos de la guerra fría. El propio exjefe del M16 desempolvó en su charla el teléfono rojo, la línea que comunicaba Washington con Moscú para evitar un conflicto atómico y que tan famosa se hizo gracias a una película de Stanley Kubrick. En ese imaginario no podía faltar el maletín nuclear que acompaña a los líderes de las principales potencias atómicas, un tótem reproducido hasta la saciedad en películas y series televisivas. Hacer que el malo de turno desencadene el armagedón tecleando un código tras apoderarse de la maleta es un recurso goloso para cualquier guionista con las ideas espesas.

Códigos de autentificación

Pero además de un golpe de efecto narrativo, el maletín nuclear es también una realidad. El ingenio data de los tiempos de Kennedy y se ha ido adaptando a las nuevas tecnologías. La valija acompaña al presidente de los EE UU en todos sus desplazamientos. Pesa unos 20 kilos y su transporte es responsabilidad de un equipo de cinco militares con rango mínimo de comandante.

El único que ha hablado alguna vez de lo que hay en su interior es Bill Guley, un veterano de la Casa Blanca ya retirado que trabajó con Johnson, Nixon, Ford y Carter. El maletín, dijo, contenía un cuaderno negro de 75 páginas con diferentes estrategias de ataque, de una sola salva hasta el holocausto nuclear. También había una tarjeta con los códigos de autentificación, un sobre con procedimientos para enviar una alocución a todo el país, así como otro cuaderno con una lista de lugares preparados para acoger al inquilino de la Casa Blanca en caso de conflicto.

Del maletín actual se sabe mucho menos pero todo hace pensar que no habrá muchas diferencias más allá de la previsible sustitución de los cuadernos de papel por soportes informáticos. La valija, conocida como nuclear football por el nombre en clave que tenía un plan secreto de guerra nuclear inspirado en un golpe del fútbol americano, permite acceder a las 1.300 cargas nucleares que Estados Unidos mantiene en permanente situación de alerta en cuestión de minutos.

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