Los voluntarios granadinos del Prestige

Voluntarios retiran el chapote de la playa de Nemiña donde trabajó uno de los granadinos entrevistados para este reportaje /EFE
Voluntarios retiran el chapote de la playa de Nemiña donde trabajó uno de los granadinos entrevistados para este reportaje / EFE
Efemérides de @LaHemeroteca

Hace quince años, medio millar de voluntarios granadinos partieron a Galicia para limpiar chapapote del petrolero hundido

AMANDA MARTÍNEZ

"Había hecho varias veces el Camino de Santiago, le tengo mucho afecto a Galicia. Me había dado muy buenos momentos. Por eso, cuanto vi lo que ocurrió me solidaricé con esa tierra y ese mar y junto a dos buenos amigos me inscribí como voluntario". Quien cuenta esto es Rafael Cabello, un prejubilado de banca que fue uno del medio millar de granadinos anónimos que pasaron unos días de su vida limpiando el chapapote que había cubierto de negro la costa gallega.

El 13 de noviembre de 2002, hace quince años, el petrolero "Prestige" lanzó un SOS a 52 kilómetros de la costa de Finisterre. Tras unos días a la deriva, el 19 de noviembre el casco del barco se partió por la mitad y arrastró al fondo del mar las 77.000 toneladas de fuel que cargaba en sus bodegas, una bomba ecológica de efectos que nadie sabía predecir. Ni las "vacas locas", ni la trama de Gescartera, ni siquiera la huelga general del 20-J, enfangaron tanto al PP de José María Aznar como su gestión en la mayor catástrofe medioambiental en la historia de España que, a cambio, generó un movimiento de solidaridad sin precedentes.

Es imborrable la imagen del casco partido del barco hundiéndose a 246 kilómetros de las islas Cíes, tanto como la de miles de voluntarios con sus mascarillas y trajes blancos, manchados de negro hasta el cuello, limpiando con sus propias manos el petróleo que llegaba a la playa. "La gente que se movilizó fue la que salvó a la costa del desastre del Prestige", explica Javier Egea, que en aquellas fechas era coordinador de Ecologistas en Acción en Granada. La respuesta popular fue desbordante, "en el autobús que fletó Ecologistas se quedó gente fuera", continúa. Él fue otro de los granadinos que no dudó en viajar hasta el norte para ayudar.

La ONG los envió a Santoña, en Cantabria, junto a estudiantes de Ciencias Ambientales de la Universidad de Granada, donde trabajaron en la limpieza de las playas de Ubiarco a las que habían llegado manchas de chapapote: "fueron tres días pero lo suficiente para darnos cuenta de la magnitud del problema, sobre todo teniendo en cuenta que estábamos a más de 500 kilómetros de dónde se había hundido el barco", explica.

Javier Egea con su mono de trabajo
Javier Egea con su mono de trabajo / Cedida por Javier Egea

Entonces, a falta de redes sociales para organizarse, fue el boca oreja lo que convirtió en viral las ganas de prestar ayuda y el fax el medio más rápido de organización de los voluntarios para que el esfuerzo del viaje y su trabajo no fuera el balde. Rafael y sus amigos supieron por este medio que su destino estaba en Muxía. Hasta La Coruña viajaron con su propio coche, les alojaron en un albergue, les dieron un mono blanco y unas botas y cada mañana un camión se los llevaba a la playa de Nemiña, una zona peligrosa de mar bravío, frío y tiempo desapacible. Allí se encontraron un espectáculo dantesco, "el chapapote estaba pegado a las rocas, cubría la playa y solo podíamos arrancarlo con las manos".

Una imagen que también está grabada en la retina de Egea: "el fuel se acumulaba en las calas. Había una cueva muy bonita de la que sacábamos a cubos el chapapote. Nos dijeron que habíamos extraído en los tres días que trabajamos allí 8 o 10 toneladas de fuel. Imagínate una miel de color negro pestoso y tóxica. Llevábamos máscaras pero el aire era irrespirable".

Luego se supo que hubo voluntarios con problemas respiratorios e irritaciones de garganta y ojos incluso vómitos provocados por la exposición al carburante. También coinciden los dos granadinos en la frustración que suponía volver cada mañana y comprobar que la marea había vuelto a teñir de negro la playa que habían limpiado la jornada anterior, el trabajo parecía no acabar nunca. "En Ecologistas estábamos curados de espanto, pero aquello nos superó. Sí pensé que era necesario que todo el mundo supiera lo que estaba pasando, para que aquello no volviera a ocurrir, para que cambiara la mentalidad de la gente sobre el uso de determinados combustibles, pero creo que había que pringarse, olerlo, palparlo y ver el daño que había hecho en la costa, ver las rocas negras… para darse realmente cuenta de la magnitud de la tragedia", concluye Egea.

Convivencia

Acabada la jornada, llegaba el momento de la convivencia. El compañerismo y las muestras de agradecimiento de los vecinos a los que habían ido a ayudar hicieron la experiencia más llevadera. Rafael pasó en Muxía el fin de año y se comió las uvas al son de los doce bocinazos de los barcos atracados en el puerto. También recuerda los conciertos de gaita de un voluntario gallego, o aquel portugués les preparaba café y se los llevaba a la playa en su propia furgoneta.

Ninguno de los dos ha vuelto al lugar que ayudaron a limpiar, pero siguen muy pendientes de aquella tierra: "mi hija a hecho el camino de Santiago de Santiago a Finisterre y le encargué que visitara la zona. Me dijo que habíamos hecho muy buen trabajo, que podíamos sentirnos orgullosos de lo que hicimos", concluye Rafael.

Granada aportó 495 voluntarios del total de 5.280 andaluces. Fueron los datos oficiales de la Consejería de Gobernación, pero a ese número hay que añadir a los que, como Rafael y sus amigos, o un grupo de Protección Civil de Motril que se desplazaron a la isla de Ons, en Pontevedra, fueron por libre para colaborar en un trabajo que fue muy duro y peligroso, pero que les dejó en el alma un halo de satisfacción, el que da el deber cumplido. La labor de los voluntarios granadinos en Galicia fue reconocida por la Junta con la concesión de la Bandera de Andalucía en 2003.

Voluntarios granadinos en Ubiarco
Voluntarios granadinos en Ubiarco / Ideal

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