La vida en la ‘casa de la Galleta’

Carlos Rodríguez Ortega en la tienda de Capuchinas /Cedida por Fernando Carlos Rodríguez
Carlos Rodríguez Ortega en la tienda de Capuchinas / Cedida por Fernando Carlos Rodríguez
Historias de @LaHemeroteca

En la avenida de Calvo Sotelo un dibujo recuerda a la familia Rodríguez y su fábrica de chocolates ‘Alcázar’

AMANDA MARTÍNEZ

A Carlos Antonio Rodríguez Ortega sus padres le regalaron un precioso reloj Longines de plata cuando volvió a su pueblo después de combatir en la Guerra de Cuba. Temieron por su vida porque Carlos era uno de los tripulantes del crucero acorazado Cristóbal Colón hundido en combate contra la flota estadounidense en Santiago el 3 de julio de 1898. Muchos años después, al calor de una chimenea en su casa de la avenida Calvo Sotelo, sus nietos escuchaban atentos las aventuras de su abuelo en aquella batalla: “El Colón era el barco más rápido de la flota del almirante Cervera, les contaría, pero lo mandaron a la guerra sin su artillería. Logró escapar al cerco norteamericano, pero consumió todo el carbón, perdió velocidad y fue alcanzado por el enemigo. Los marinos abrimos las espitas para que el buque se hundiera y, agarrado a un tablón, alcancé la orilla donde me cogieron prisionero”. Entre las miradas entusiasmadas de aquellos niños estaba la de Fernado Carlos. Hoy, con el reloj de su abuelo en la mano, cuenta emocionado la historia de su familia. Estos días ha circulado por internet una imagen de su casa: el dibujo de una galleta maría pintado en la fachada de un edificio de la Avenida de la Constitución. Muchos ignoran que existe, oculto entre los bloques del implacable desarrollismo de los sesenta y setenta pero, cuando se construyó, no había granadino que no conociera la ‘casa de la Galleta’.

Pero volvamos al día en que Francisco y Gumersinda, una pareja de agricultores de Pulianas, volvieron a ver a su hijo. Tendría poco más de veinte años (nació el 27 de noviembre de 1877) cuando regresó de América y decidió buscar fortuna en la capital granadina. En lo que hoy es el restaurante Cunini, el joven inquieto Carlos abrió ‘La Gran Fábrica de Chocolates Alhambra’: “el despacho era muy bonito, explica su nieto, decorado con motivos nazaríes. Yo no lo conocí, pero hay restos de ese despacho, repartidos entre la familia: un gran espejo enmarcado de taracea, una mesa de marquetería típica granadina… hasta hace muy poco en el restaurante había un arco con mocárabes entre la barra y el comedor, restos de la fábrica de mi abuelo”. Elaboraban exquisitos chocolates que vendería poco después en la tienda de comestibles Coloniales que el empresario abrió en la calle Capuchinas a la que añadiría, con el tiempo, una más en Hileras.

Meollo de los mercados de la ciudad, la vida bullía en el eje de Trinidad y Romanilla y allí crecieron, jugando en la calle, Josefina, Carlos, Francisca, Trinidad, Fernando y Manuel, los hijos que Carlos tuvo con Encarnación Martínez. La mujer murió cuando el pequeño de la familia (que sería el padre del escritor Antonio Enrique), apenas tenía dos años y el empresario volvió a contraer matrimonio con una alpujarreña llamada Aurora López que, a su vez, aportó a la familia a su hijo Alberto: “La relación con Alberto era muy cordial tanto, que cuando dejó de estudiar, mi abuelo le puso otra fábrica de chocolate enfrente de la tienda de Capuchinas, ‘Chocolates Generalife’”. Entonces la convivencia en la ciudad era más intensa. De la infancia de su padre, el penúltimo de los Rodríguez Martínez, Fernando Carlos recuerda su amistad de con Luis Rosales.

La casa de Calvo Sotelo

Al terminar la Guerra Civil, y con los chicos ya trabajando en el negocio familiar, el espacio de la fábrica se quedó pequeño y Carlos compró un solar donde prácticamente terminaba la ciudad, en la avenida de Calvo Sotelo. Más allá solo había vega con algunas casas diseminadas, como el palacete del que fuera alcalde de Granada Fermín Garrido. La ciudad propiamente dicha, no comenzaba hasta San Juan de Dios y San Lázaro era un barrio aislado donde vivían los trabajadores de la estación de Andaluces. A finales de 1942, aproximadamente la fecha en la que la familia se mudó a su nuevo hogar, se iniciaron las obras de prolongación de la calle hasta la Caleta. La Avenida constituía un amplio bulevar arbolado, con calles laterales para los tranvías, paseos para los peatones y una vía central para tráfico rodado que, en aquella época era bastante escaso. Poco a poco la zona quedó reservada como área de expansión de las clases altas de Granada y Calvo Sotelo fue la entrada más cuidada a la ciudad.

A los bajos número 90, en un edificio diseñado por el arquitecto José Fernández Fígares, traslada Carlos la fábrica de chocolate que amplía con unos almacenes de distribución, un tostadero de café y pone en marcha una nueva fábrica de galletas. Llamó a su empresa ‘Alcázar’ y para que fuera fácilmente reconocible, mandó dibujar en la fachada una galleta y el nombre ‘Hijos de Carlos Rodríguez Ortega’. Varios pisos de arriba los fueron ocupando los hijos que poco a poco, iban formando sus propias familias: “Mi infancia en esa casa fue conmovedora, recuerda emocionado Fernando Carlos, que nació y vivió en el tercero derecha, fue una infancia feliz, crecí muy unido a mis primos. Las puertas de los pisos nunca estaban cerradas”. Otra de las familias que vivía en aquel edificio fue la de Manuel Orozco. En un artículo publicado en este periódico recordaba el privilegiado observatorio en que se convertía el cuarto piso de la ‘casa de la Galleta’: "observaba la calle y el tranvía con un viejo catalejo. Las gentes se perdían entre los árboles y las calles del barrio y se sentía la vida pasar". Otro punto de interés desde aquellas cristaleras eran los aviones del aeródromo de Armilla, "recuerdo ver a los paracaidistas y los aviones Junker", rememora Fernando, todo un espectáculo para los más pequeños de los Rodríguez.

Carlos Rodríguez Ortega murió a los 84 años, el 21 de septiembre de 1960. Acariciando aquel reloj, que tantas veces habría colgado del chaleco de su abuelo, Fernado Carlos, y todos sus nietos, piden que se dedique este recuerdo a la memoria de aquella familia emprendedora “que sean conocidos por los granadinos de hoy, como parte de la historia de sus gentes, con frecuencia en el olvido, pero que lucharon por una Granada mejor, e hicieron la pequeña historia de nuestra querida ciudad”. También va dedicado a aquel abuelo bondadoso que contaba historias a sus nietos al calor de la chimenea.

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