El último cochero de Granada

Coches de punto llevan a los viajeros a la estación de ferrocarril /Archivo de Ideal
Coches de punto llevan a los viajeros a la estación de ferrocarril / Archivo de Ideal
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Manuel López, fue el propietario del último carruaje para turistas de Granada

AMANDA MARTÍNEZ

El 1 de septiembre de 1949 este periódico denunciaba la inminente desaparición en la ciudad de los coches de caballos. Los castizos vehículos estaban en crisis. A principios del siglo XX, Granada contaba con más de cien coches de punto destinados al alquiler pero, treinta años después, solo quedaban dos recorriendo las calles, además de una vieja gondolilla tirada por un solo animal que prestaba servicio en la estación del ferrocarril. «El motor de los automóviles ha vencido a estos populares vehículos en esta era de la velocidad en que unos minutos parecen decidir problemas que luego no son resueltos en horas», escribía Cortés Elorza en las páginas de Ideal.

Cuando en Puerta Real ya no había espacio para los coches de caballos
Cuando en Puerta Real ya no había espacio para los coches de caballos / Torres Molina/Archivo de Ideal

Los ‘supervivientes’ seguían anclados en el cemento del Embovedado a la espera de los pocos viajeros que se animaban a recorrer las calles en este ya no tan popular medio de transporte. Uno de aquellos cocheros era Francisco Melgarejo Rodríguez. Él fue el que le contó al redactor de este periódico que en Granada los vehículos se repartían en cuatro paradas: el Embovedado, donde había más de sesenta coches, la Plaza de Bib-Rambla, Plaza Nueva y en la Trinidad. Además había coches dedicados exclusivamente al servicio de las estaciones cuando, allá por los años veinte, compartieran asfalto con los ruidosos vehículos a motor.

Ya no era un buen negocio: «El caballo necesita cada día cuatro o cinco kilos de grano, que hay que comprar de estraperlo, y la paja cuesta veinte pesetas la arroba», se quejaba Melgarejo que se despidió del redactor con una curiosa anécdota: «Fue que al venir una noche de la estación, caímos del pescante mi compañero y yo y el caballo, desbocado, emprendió una carrera por la calle Reyes Católicos con un viajero cubano hasta parar en la puerta del Victoria. La sorpresa del extranjero cuando se encontró ante el hotel que buscaba no tuvo límites. Al día siguiente compró todos los periódicos que encontró y que narraban el suceso y mandó retratar al coche y al caballo».

Los coches de Granada se fueron vendiendo para prestar servicio a los turistas en otras ciudades. Se los ‘rifaban’ en Almería, Sevilla o Málaga «No hace ni veinte día se vendió un ‘milord’ para Almería. Aquí la gente de Granada, parece que no tienen tiempo para nada», se quejaba el cochero de Puerta Real.

Turista de paseo

El incipiente turismo alargó la vida del negocio de los coches de caballos. Era agradable recorrer el bosque de la Alhambra o las empedradas calles del Albaicín o subir al Sacromonte al ritmo de los alegres cascabeles de un corcel a veces, tocado con sombreo de paja, mientras un atento cochero explicaba con detalle la historia de una ciudad cuyas calles se iban llenando de coches con otro tipo de caballos.

En el mismo lugar donde cuarenta años antes conversaban Cortés Elorza y Francisco Melgarejo, Manuel López, el propietario del último coche de caballos para turistas de Granada, repasaba anécdotas para este periódico sobre su oficio, en serio peligro de extinción.

Manuel López, el último cochero de Granada
Manuel López, el último cochero de Granada / Alfredo Aguilar

Solía esperar a los turistas junto al antiguo café Suizo que, por cierto, en aquel 1992 estaba en obras para su reforma y su fachada se ocultaba tras unas vallas metálicas y una lona. Le acompañaba Castaño, su viejo caballo: «Antes había aquí cinco o seis coches y siempre teníamos cola de gente esperando para subir. Luego, los demás se fueron marchando porque la gente ya no se montaba y no ganaban dinero ni para comer. Mi último compañero se fue hace cuatro años y ya sólo quedo yo para mantener la tradición», comentaba a Ideal. Manuel llevaba en el oficio veinticinco años y había tenido siete caballos. Para entonces ofrecía al turista un paseo por el centro de la ciudad por dos mil pesetas la media hora. Castaño, como se llamaba el corcel, ya estaba viejo y hacía años que no subían al Albaicín o al Sacromonte, pero era un caballo noble y bueno «lo compré por 29.000 pesetas cuando tenía dos años y los únicos problemas que me da son las herraduras, que tengo que cambiárselas todas las semanas, y la comida, porque ‘traga’ como un ‘condenao’».

El negocio, reinventado, volvía a estar en crisis. Cada vez eran menos los turistas que se animaban a pasear por la ciudad montados en el elegante coche de Manuel, escuchando las explicaciones que con envidiable maestría, da a cerca de los monumentos y los lugares de interés por los que van pasando: «A veces me tiro viniendo una semana y no se anima a montar nadie, pero lo normal es que haga cinco o seis viajes a la semana. Aunque parezca mentira los españoles son más rumbosos que los extranjeros porque se montan mucho más y dejan mejores propinas, mientras que los ‘guiris’ lo único que hacen es retratarnos a mí y al caballo», explicaba el cochero.

Con él se perdió el toque romántico que daba a la ciudad el carruaje tirado por caballos, que aún es solicitado en otras ciudades. En Granada aún forma parte de la elegante estampa del Corpus y aún acompaña a alguna pareja de novios en el día de su boda.

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