Un viaje al pasado para rescatar el acueducto de Romayla

Cortejo fúnebre junto al acueducto del Rey Chico en una litografía de J.F. Lewis /Patronato Alhambra
Cortejo fúnebre junto al acueducto del Rey Chico en una litografía de J.F. Lewis / Patronato Alhambra
Historias de @LaHemeroteca

Un proyecto de la Alhambra y el Ayuntamiento pretende recuperar la imagen de este rincón casi olvidado

Cuenta la leyenda que Aixa ayudó a su hijo a escapar de la Alhambra para unirse a los rebeldes contra su padre por la cuesta conocida como la del Rey Chico. La que luego fue cuesta de los Muertos o de los Chinos tenía un recorrido ligeramente diferente al que hoy conocemos y llegaba al lugar, a los pies de la colina de la Sabika, donde en la actualidad un equipo de arqueólogos y arquitectos del Ayuntamiento, Patronato de la Alhambra y UGR trabaja para devolver a la ciudad un paisaje perdido, casi olvidado. Pintado y retratado por los viajeros románticos es, sin embargo, un enclave que hoy pasa desapercibido, un espacio que forma parte del marco en el que se sitúa la Alhambra y por el que pronto (aunque aún no hay fecha definitiva) se podrá pasear.

La primera fase para recuperar este corredor verde ha consistido en una intervención arqueológica que ha permitido analizar la historia y recuperar varios tramos de la acequia de Romayla, cuyo caudal atraviesa este sendero.

Los árabes construyeron instalaciones extraordinariamente meritorias para su tiempo: aljibes, casas de baños, fuentes… abrieron acequias desde tres manantiales para abastecer de agua a la población: Aynadamar, que regaba con agua de la Fuente Grande la parte alta del Albaicín; el Genil, que alimenta la acequia Gorda; y el Darro, del que se toma agua para la Alhambra y los barrios bajos.

De la zona de Jesús del Valle arranca el canal que los cristianos llamaron de Santa Ana, una bifurcación de la acequia de Axares: «Este espacio ha tenido una evolución muy larga vinculada a la ciudad misma desde que se fundó en el siglo XI», explica el profesor del departamento de Historia Medieval de la UGR Alberto García Porras, responsable de la excavación arqueológica del entorno de Romayla. «Su recorrido es conocido pero se ha visto modificado continuamente, tanto el trazado como la capacidad de transporte de agua, adaptándose a las necesidades de cada etapa de su historia. Por eso, la mayor parte de los restos localizados son del siglo XVIII y XIX y no del recorrido original del siglo XI», apostilla.

La acequia, tras recorrer el Carmen de los Chapiteles, cruza el barranco a través de un acueducto, hoy escondido entre la vegetación, que era de madera en su origen y que fue transformado en el siglo XVIII en una estructura de ladrillo del que la excavación ha recuperado su alzado. El agua proporcionaba la fuerza motriz a dos molinos harineros antes de girar, siguiendo el cauce del Darro, y cruzar el Carmen de Santa Engracia y las Chirimías, hasta el segundo acueducto situado en el Tajo de San Pedro, regar el barrio de la Churra y entrar en Santa Ana. «Su caudal estaba concebido para el abastecimiento de la ciudad, pero su uso industrial fue muy importante» continúa García Porras.

Restos de la acequia encontrados en la excavación de 2003
Restos de la acequia encontrados en la excavación de 2003 / Cedida por Alberto García Porras

Quedan como testimonio restos de aquellos molinos, pero también hubo un batán de papel junto a las Chirimías, una fábrica de pólvora y hasta los curtidores y tenerías de la calle Colcha se beneficiaban de su caudal. Algunos son edificios que se perdieron no hace mucho tiempo. Charles Clifford, por ejemplo, fotografió el molino bajo el Rey Chico y el carmen del Granadillo a mediados del siglo XIX. «No ha sido una intervención clásica de arqueología –aclara el profesor–. Hemos realizado análisis de los muros, estratigrafía muraria, asesoramiento histórico… con el objetivo de aportar datos que permitan recuperar un paisaje que muchos granadinos han olvidado».

El Tajo de San Pedro

En el Archivo Municipal hay mucha documentación sobre la Acequia de Santa Ana, sobre las reparaciones y limpiezas a las que era sometida. La hemeroteca de IDEAL devuelve hasta fechas recientes informaciones sobre actuaciones que puntualmente debía realizar el municipio por daños o por su mantenimiento («Limpian la acequia de Santa Ana», titula IDEAL el 9 de julio de 1936 «Los días del 13 al 19 se va a proceder a la limpieza y reparación de la acequia. Se hace saber a todos los usuarios de sus aguas que deben abastecerse del líquido necesario con el fin de que no carezcan de él durante el tiempo mencionado»). Sin embargo, explica el García Porras, «la mayoría de las reparaciones no se debían a que la acequia se desbordara, sino a desprendimientos. En época medieval, su recorrido iba muy pegado a la ladera, para aprovechar al máximo el espacio para el cultivo, y al ser una pendiente muy acentuada, el terreno se desprendía». En la excavación realizada en 2003 se comprobó que parte del trazado de la antigua acequia se entubó y hay tramos de galería dentro del monte, para evitar deslizamientos.

Un curioso episodio a este respecto lo publicó el profesor Eladio de Lapresa en 'Cuadernos de la Alhambra' en 1968. Se trata de un pleito entre el monumento y la ciudad a consecuencia de unos desprendimientos de tierra acaecidos el 10 de enero de 1601. En 1520, cuenta el investigador, ya se habían producido derrumbes «seguramente motivados por la cerrada curva que bajo los muros de la Iglesia forma el alevo del río, por lo que la corriente, sobre todo en épocas de avenidas, había socavado el cerro». Parece que para evitar daños se había construido una presa que desviara la corriente.

En 1601 se producen nuevos desprendimientos, por la erosión del agua o por recalos de la acequia Romayla «que bajo dicho cerro lleva el agua para el suministro de las casas de la ciudad a través de una extensa red de cañerías de barro». También debido a los daños de una explosión producida en la fábrica de pólvoras que había junto a la Iglesia de San Pedro en 1590. Sea cual fuera la causa, lo cierto es que a comienzos de aquel 1601 un nuevo accidente arrastró parte de la muralla que separaba el bosque del cauce del río. El alcaide de la Alhambra, Pedro de Ágreda, acudió al ayuntamiento para exigir la reparación de la acequia «con arcos de cantería y hecha de manera que cese la dicha unidad e inconvenientes y el daño no pase adelante, haciendo que lo tracen y midan hombres de ciencia y experiencia».

El ayuntamiento contestó que la verdadera causa no era Romayla, sino otra acequia construida en la parte alta del bosque. La discusión entre las dos administraciones concluyó con la construcción del acueducto que cruza por delante del Tajo, junto a San Pedro, donde, precisamente terminará esta primera fase del nuevo paseo junto al Darro.

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