Caballo de batalla

Colocación de la escultura en la fachada del ayuntamiento / González Molero
Efemérides de @LaHemeroteca

Se han cumplido 15 años de la polémica colocación de la escultura en la fachada del Ayuntamiento de Granada

AMANDA MARTÍNEZGranada

Por la noche y sin previo aviso el equipo de gobierno presidido por José Moratalla, colocó ‘El instante preciso’ sobre el tejado de la casa consistorial. Ajeno a la polémica que se había generado, en la madrugada del 13 de diciembre de 2002, la escultura ecuestre que Ramiro Megías había modelado basada en una obra de Guillermo Pérez Villalta, ‘volaba’ en una grúa camino de una ubicación que, aquel día de hace quince años, nadie daba por definitiva.

Unos años antes, en 2000, el ayuntamiento conmemoró el V centenario de su constitución. El alcalde pensó que la mejor manera de celebrarlo era regalar a la ciudad una obra de arte a la altura del monumento de Benlliure, incorporado al patrimonio de los granadinos con motivo del IV centenario de la Toma de Granada. Moratalla encargó a Asunción Jódar, entonces concejala de Relaciones Institucionales y profesora en Bellas Artes, la realización del proyecto: «Asunción, gozaba de mi confianza absoluta. Es una persona tremendamente elegante y delicada que lo llevaría a cabo con éxito», comenta a este periódico el entonces alcalde.

La opinión de la ciudadanía

Se plantearon diferentes alternativas para un monumento que se colocaría en el lugar que hoy ocupa la Fuente de las Granadas: una esfera dorada que el norteamericano James Lee Byars, había regalado a la ciudad; un fractal; un gran jarrón chino muy alto, el equivalente a una casa de tres pisos en forma de fuente, propuesto por Pérez Villalta e incluso alguien pensó en una posible obra de Dalí, ideas que finalmente, no cuajaron. Fue entonces cuando el profesor Eduardo Quesada propuso intervenir la fachada del ayuntamiento. «La que conocemos era una fachada interior del antiguo convento del Carmen, una fachada pobre, que estaba pintada de un rosa colonial, que no era el color original de la fachada, incluso había imágenes del convento en las que no estaba aquella peineta, que fue un adorno posterior», explica Asunción Jódar. «Eduardo llamó a Guillermo Pérez Villalta, premio Nacional de Artes Plásticas y andaluz. Él tenía un cuadro muy bonito, ‘El Instante Preciso’ y se pensó convertirlo en la escultura que remataría la fachada». Con una intervención extremadamente prudente y un coste mínimo, «se lograba un efecto de realce artístico, arquitectónico y paisajístico extraordinario» escribió en este periódico Quesada Dorador.

'El Instante Preciso de Përez Villalta
'El Instante Preciso de Përez Villalta / Ideal

La forma de una idea

Un concurso público eligió al escultor granadino Ramiro Megías para que diera forma y volumen al dibujo del gaditano: «gané el concurso porque pedí un precio bajísimo, explica el escultor. Tenía tanta ilusión en hacerlo que a mí no me importaba el dinero. Hice mi inversión en prestigio y afronté el proyecto como un auténtico reto personal». El mes de junio de 2002, se encerró en un estudio de la azucarera y, completamente solo, empezó a trabajar. «Conocí a Guillermo cuando hice el boceto de la figura, vino a casa comimos juntos y entablamos cierta relación que siempre ha sido buena. Volví a verle cuando vino a visitar la escultura unos meses después de colocarse. No me dio indicaciones durante el modelado porque Guillermo no es escultor y no conoce la materia». Por eso Megías no entendió qué pasó con la autoría, algo que, explica, no supone ningún problema para el artista gaditano, «finalmente he deducido que se trataba de que pareciera que la obra la hubiera hecho Pérez Villalta y yo actuaba un como escultor en la sombra. Y yo podía renunciar al dinero, pero no a la gloria». Y continúa: «es el talento de la persona quien modela. Vas tocando, vas tocando según te va inspirando. Vas haciendo y nadie te puede dirigir en eso, es intransferible. No puedes transferir la autoría» reconoce el autor granadino de, entre otras, la Fuente de las Granadas o el conjunto escultórico dedicado a los viajeros románticos del Paseo del Violón.

Ramiro Megías en el proceso de modelado.
Ramiro Megías en el proceso de modelado. / Paiz y Molina

El escultor, que habla con entusiasmo de su trabajo, reconoce que fue un momento «muy intenso en todos los sentidos, incluso políticamente y hasta la noche que se colocó no teníamos certeza de que pudiera hacerse». Para ajustarse al plazo pactado el artista pasó los últimos quince días trabajando en la función de Miguel Ángel Moliné. «Llegó un momento en que no teníamos tiempo para llegar a la fecha, recuerda, así que pedimos a una fundición de Antequera que hiciera la cola. A los pocos días de cumplirse el plazo nos llega, pero ¡aquello era macizo!, pesaba, mucho. El caballo lleva una barra de acero que cruza el cuerpo del animal y sostiene la cola, si hubiéremos puesto esa cola, se habría partido por la mitad la escultura, así que tuvimos que volver a fundirla. No dormíamos… ensamblamos todo y, el último día, con el rumrum de que no se va a poner, de que el propio partido apretaba demasiado a Moratalla… de que si la sociedad estaba en contra... Pepe tuvo el valor de decir que venía a verla».

Nocturnidad y alevosía

La vida municipal andaba revuelta desde que se planteó la ‘reforma ecuestre’ de la fachada. «Yo tenía un tripartito, explica José Moratalla, había que consensuar con los otros dos grupos del gobierno municipal, IU y PA, y con ellos no tuve mucha dificultad. Dónde si tuve complicaciones fue en el grupo socialista. Había partidarios del caballo pero también había quien ‘relinchaba’, no diré que lanzaban coces, pero sí relinchaban y, por supuesto estaba el grupo de la oposición, el Partido Popular, que hizo todo lo posible por enturbiar ese proceso». En 2003 había elecciones municipales y el tema del caballo adelantó la campaña. Se abrió un debate político, que no estético ni artístico, que privó a la ciudad de la posibilidad de disfrutar del proceso creativo de esta obra de arte. «Cuando supe que se había terminado el caballo, fui a verlo y me quedé impresionado. Eran las seis de la tarde, llamamos a Molina Olea y a las 12 de la noche montamos al caballo en una grúa quitamos la iluminación de la calle Recogidas y por ahí subió» recuerda Moratalla. La Plataforma ‘Y Granada ¿qué?’ había convocado una protesta en la plaza del Carmen en contra de la intervención y «pusimos el caballo el viernes, reconozco que fue un acto de soberbia personal. Pero quería que se viera y que entonces, se valorara», concluye el alcalde. «Teníamos todo preparado», recuerda Megías, «y con la cara quemada de tantas horas respirando ácido de dar la pátina, nos fuimos a colocar la escultura». A la 1 y cinco de la madrugada el polémico caballo ya coronaba la fachada de la casa de los granadinos. «Verlo arriba fue una sensación vital, nos miramos y no podíamos contener la alegría. Aunque fuera de noche y no se hubiera podido hacer una inauguración como era debido y como se merecía aquel trabajo», se lamenta el escultor.

«José Antonio Aparicio y Pepe Moratalla, creyeron en el proyecto desde el principio y ellos al final eran los que tenían más responsabilidad política, si cualquiera de los dos hubiera dicho que no se pone, no se hubiera puesto». Concluye Asunción Jódar, que reconoce que lo pasó muy mal: «me preocupaba que mis colegas de profesión lo rechazaran, pero eso no ocurrió nunca. Era una obra de arte bonita, estábamos incorporando nuevo patrimonio para la ciudad, pero lo pasé tan mal en la defensa de este proyecto…me dolió mucho porque no entendía el rechazo: se ennoblecía una fachada que era pobre y no se destruyó nada porque era un edificio sin catalogar. No era más que una cuestión política y el arte no debería ser utilizaro como arma política, pero se utilizó».

Este homenaje ecuestre a la felicidad, a una felicidad que hay que aprovechar porque es frágil, parece que ha encontrado su sitio. El lugar es inusitado y eso precisamente es lo que hace singular a esta obra, «pero en Granada las esculturas tienen ‘piernas’ y está preparada para contemplarse desde una distancia más corta», apunta Ramiro Megías.

José Moratalla insistió en su momento en que el monumento era reversible, ahora, quince años después, reconoce que «al tiempo quita o da la razón. En Granada siempre hay un pulso tremendo ante todo lo que sea innovar o el cambio. El granadino ha ido aceptando el caballo, haciéndolo suyo y cuando el granadino hace suyo algo de la ciudad, ya es intocable».

Y aunque hayamos vuelto la mirada hacia el pasado con este recuerdo, hagan suyo el verso de Antonio Carvajal que rodea el reloj, otra de las aportaciones de aquella reforma: «feliz quien ve sus horas en dorado presente».

La fachada del ayuntamiento de Granda, antes y después / Alfredo Aguilar y González Molero

Fotos

Vídeos