La Alhambra olvidada

El castillo del Mauror fotografiado por J. Laurent/
El castillo del Mauror fotografiado por J. Laurent
Historias de @LaHemeroteca

Hace unos días la Alhambra presentó los trabajos de restauración de las Torres Bermejas, una joya del patrimonio que ha permanecido injustamente olvidada

AMANDA MARTÍNEZ

El collado que forma el extremo occidental de la loma de Ahabul comprende el antiguo barrio del Mauror, uno de los primeros núcleos de la ciudad, la Garnatha al-Yahud, el barrio de los judíos, habitado por una colonia de sefardíes durante el largo periodo de dominación musulmana. Flanqueado por la Antequeruela, por la calle Damasqueros y Cementerio de Santa Escolástica hasta Pavaneras y por la recoleta calleja de las Monjas del Carmen y Cuchilleros hasta “donde el Darro moja la base de la colina” (Enrique Villar Yebra. 'El del Mauror. Agradable y pintoresco, con su viejo castillo árabe' Ideal, 11 de septiembre de 1966), en su punto más alto se recorta el perfil de los vetustos torreones del castillo del Mauror, las Torres Bermejas, uno de los más antiguos restos musulmanes de Granada.

Conocer la estructura original de esta construcción es uno de los retos de los trabajos arqueológicos que se están realizando en la actualidad y que se presentaron el pasado lunes con la presencia del consejero de Cultura Miguel Ángel Vázquez. Y es que el edificio ha sufrido continuas reformas a lo largo de su historia hasta transformar la fortaleza en la construcción que hoy conocemos. Las Bermejas son tres torres, la central es la más voluminosa, “la auténtica torre Bermeja por la fuerte rojez que toma su paredón orientado hacia el lado de la ciudad, cuando el sol de la tarde lo ilumina de lleno”, la describe el periodista y dibujante granadino Enrique Villar Yebra que dedicó al barrio y a la atalaya, varias de sus estampas y plumillas. Esta torre central tiene tres pisos separados por techos de madera construidos en una reforma de la estructura acometida en el siglo XVI. “Los arábigos muros, explica Gómez Moreno en su Guía de Granada, son de argamasa de color rojo intenso por la mucha tierra que entra en su composición, a diferencia de los de la Alhambra que serían de color blancos si no los hubieran teñido con la misma tierra”. La torre de la izquierda, es de dos pisos con, continúa Gómez Moreno, “habitaciones abovedadas y, al restaurarlas en tiempo de los cristianos, revistieron sus muros con lajas de piedra, sacadas de las sepulturas árabes”.

La entrada a la atalaya roja se efectuaba por una puerta de arco de herradura abierta en un muro, de almenas rectangulares construido en aquella reforma del siglo XVI. Yebra recuerda en una de sus plumillas la garita que había junto a esta puerta, siempre custodiada por unsoldado. El dibujante aprovecha las páginas del diario para denunciar, allá por los años sesenta, la destrucción de este lienzo, un añadido que guardaba fielmente el estilo de la construcción. El tercer torreón, el más pequeño, solo tenía un aposento. Delante de las torres hay un baluarte en forma de curva, patio de armas, caballerizas y un aljibe.

Poco se sabe de su construcción, Antonio Gallego Burín, en su ‘Guía de Granada’ explica que sus más antiguos restos parecen corresponder a los años finales del siglo VIII o primeros del IX, “después fueron reedificadas por Alahmar y por su hijo Mohammed II”. Gómez Moreno asegura que “se ve que fue levantado sobre las ruinas de otro, no fenicio ni romano, sino árabe, quizás del siglo IX como la primitiva Alhambra, al que pertenecía gran parte del lienzo exterior de la torre central”. Ángel Rodríguez, responsable del equipo de arqueólogos que está trabajando en el recinto apunta que estas fechas "no se pueden demostrar. Hay fases nazaríes muy claras, pero no se puede determinar si son del XIII o del XIV. Me inclino más por lo segundo. Pero, quizás, si hay restos del XIII, aún está por demostrar". Y añade: "lo más importante es el enorme valor que tiene como reliquia bien conservada de aquellas construcciones que hicieron los Reyes Católicos inmediatamente después de la conquista, para defenderse de una ciudad hostil, un programa edilicio muy ambicioso e innovador que ha sido poco valorado y en el que se experimentaron las soluciones arquitectónicas que luego se desarrollaron por toda Europa y América, también en las plazas del norte de África en poder de portugueses y castellanos, con la artillería como protagonista"

Torres de la Alhambra

Desde la Reconquista el ejército la ha utilizado en diferentes cometidos, según época y circunstancias: bastión avanzado de la fortaleza, fue almacén de la Capitanía del Mar hasta convertirse, una vez perdida su importancia militar en el último tercio del siglo XIX en sede de dependencias de la Comisaría de Guerra, depósito de los presidios de África y prisioneros militares. Al ministerio del Ejército pertenecía cuando, en 1962, se cede a la Alhambra que la incorpora a su patrimonio. Entonces se hablo de construir un ascensor en la torre central, para que los “visitantes de piernas débiles, no se pierdan la mejor pincelada de la ciudad, que parece dormida sobre el jardín de su vega” y de recuperar el camino a través de la muralla desde las Torres Bermejas hasta la plaza de los Aljibes.

Sin embargo, las 'torres Infortunadas', como las llamaba Villar Yebra, estuvieron años sin destino. Escribía en este diario Manuel Orozo que “en ellas parecen haberse posado las musas con la insistente tenacidad que a veces tienen las cosas inefables” (Manuel Orozco. 'La lenta muerte de las Torres Bermejas. Ideal, 21 de diciembre de 1976). Contaba esto en el año 1976 y continuaba siendo entonces patrimonio cerrado: “ya no se oyen tras los muros las toses dramáticas de las noches de invierno, cuando a los presos desvelados les atenazaban la garganta el insomnio y las nostalgias. Ya no existe la vieja bombilla mugrienta cuartelera del rastrillo, ni el temblor del miedo escala las murallas”. Volvían a ser ruina y escombros, como lo eran cuando, a finales del siglo XIX, ocupaban las cuevas colindantes tabernas de mala reputación.

En 1984 se adjudicó al arquitecto Joaquín Prieto Moreno unas obras de consolidación y refuerzo y el mismo arquitecto manifestó la imposibilidad de hacer una restauración completa debido a la “gran cantidad de puntos difíciles y misteriosos por las transformaciones y usos que han sufrido las distintas dependencias”. En 1988, el Patronato de la Alhambra cedió las Torres Bermejas a la Fundación Juan March que ubicaría en ellas su sede. La propia Fundación se encargaría de su completa restauración, rehabilitación y acondicionamiento para instalar en ellas un museo de arte contemporáneo, incluso se efectuó el acto protocolario de cesión con la firma, en el Palacio de Carlos V, entre José Rodríguez de la Borbolla, presidente de la Junta y Juan March Delgado, el máximo responsable de la fundación cultural. Un proyecto que no se materializó.

Con una nueva restauración en 2011 comenzó la cuenta atrás para su reapertura al público. Y ahí continúan. Un pedazo de Alhambra, mágica, misteriosa… y olvidada. Las Torres Infortunadas.

Inspiradoras

Es difícil evadirse al encanto de estas torres. Los viajeros románticos se fijaron en ellas y dejaron impreso su imponente perfil en grabados y dibujos.

Tampoco es difícil imaginarse a poetas y escritores buscando inspiración por las callejas del viejo barrio que sube al castillo del Mauror. “Hay en Granada un palacio misterioso. Todo el mundo habla de él y nadie lo ha visto. Tiene un precioso nombre: Torres Bermejas”. Así comienza y termina Emilio García Gómez uno de los artículos de “Silla del Moro”. También aparece en el viejo y conocido romance de Abenamar, en el que dicho noble mahometano va describiendo a Juan II, a raíz de su intento de reconquista, los diferentes puntos destacados de las posibles defensas de la ciudad.

Washington Irving habla de ellas en “Historia del gobernador manco y el soldado”, donde el protagonista del cuento, encerrado en la torre Bermeja, se fuga misteriosamente de su prisión.

Isaac Albéniz esboza su encanto en una sugestiva pieza musical como también lo hizo Joaquín Rodrígo con ‘A la sombre de Torres Bermejas’

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