Ideal

Las flores de Bib Rambla

Paquita  vende flores en su puesto de la plaza Bib Rambla en una imagen de  finales de los años cuarenta.
Paquita vende flores en su puesto de la plaza Bib Rambla en una imagen de finales de los años cuarenta. / Cedida por la familia de Paquita
  • historias de @lahemeroteca

  • Hace unos días murió Paquita una de las más entrañables floristas de Granada. Su memoria es la excusa para viajar a los años en los que Bib Rambla era la plaza de las flores

Tilos que sois la plaza y enhebráis la plaza,

barreras entre el sueño y el toro de la vida

Sois verdes

Elena Martín Vivaldi canta en ‘El alma desvelada’ a los árboles de la plaza Bib Rambla. Eran los tilos cuyas hojas se utilizaban en infusiones para calmar los nervios en época de exámenes y cuyas sombras sofocaban el calor de aguaores, vendedores de pájaros, de cigarrillos, de patatas asadas o de flores. Las floristas han sido testigos de excepción de la vida de la que quiso ser ‘plaza mayor’ de Granada y de sus cambio,s que son una ejemplo de la evolución de esta ciudad.

Una de aquellas mujeres era Paquita. Heredó de su padre el oficio. Felipe Álvarez tenía un puesto en la plaza de las Pasiegas, antiguo mercado floral de la ciudad. Le ayudaban en el trabajo su mujer e hija que continuó con su despacho en la vecina Bib Rambla cuando, en los años cuarenta, el alcalde Gallego Burín quiso devolverle, sin conseguirlo, la fisonomía que el recinto tenía en el siglo XVI.

«La plaza de Bib Rambla estaba ocupada antes con las tiendas de hortalizas, frutas y abacerías, que la hacían parecer mezquina y de aspecto desagradable» Manuel Lafuente Alcántara, ‘El libro del viajero en Granada’ (1843).

Sobre unos mostradores de mármol la madre de Paquita, a la que la Guerra Civil dejó viuda, continuó vendiendo flores. «Mi abuela iba de madrugada con varias mujeres a las huertas de la Vega de Granada –cuenta Juan Antonio desde el mostrador de su floristería en la calle San Antón.– Iban con canastas grandes y procuraban venderlo todo en el día porque no había electricidad y conservarlas era complicado».

En el año 1948, Paquita pide al ayuntamiento la concesión de su propio quiosco. Sobre el pedestal de mármol latas vacías que desechaban el Bar Aliatar o el Café Flor servían de improvisados jarrones para conservar los claveles, alhelíes y nardos.

Años después, los diez puestos de flores, alineados frente a la acera de la ferretería Ruiz Pozo, desde el palacio Arzobispal a la calle Zacatín, se giraron y se colocaron mirando a la plaza, dando la espalda a lo que, en el siglo XVII fue la ‘acera de los valientes’ «centro de la picaresca al amparo de las cercanas mancebías viejas que llegaban hasta la torre de la iglesia de las Magdalena». (’Guía de Granada’. Antonio Gallego Burín).

Las flores de Bib Rambla

«Mi madre ya empezó a comprar flores en Motril y las traía en la Alsina –continúa Juan Antonio.– Hacían canastos tipo barco, las liaban en papel húmedo del Ideal y ataban unas cuerdas a las cestas. Yo mismo iba a por ellas a la estación en mi bicicleta». Los puestos se repartieron rodeando la plaza y las sombrillas se convirtieron en toldos.

Las estaciones de Bib Rambla

«Esta plaza de las flores de hoy, escenario de tantas vicisitudes históricas, en otro tiempo rodeada de pescaderías, libreros, zacatines, alcaicerías y mesones, es la más coqueta y divertida de la ciudad porque se pone todos los disfraces posibles según las fiestas del almanaque: terminaba el año con los belenes y las zambombas, luego aparecían los altaricos y las velas, después la veías adornada de carocas con sabor a Corpus y olor a chocolate con churros, para meterse en el otoño con el suelo tapizado de coronas de flores en el día de los santos; de nuevo juguetes y carrañacas y siempre estampada de flores» ‘La plaza de las Flores. José Luis Delgado. Ideal 22 de octubre de 2006.

Con el paso de las estaciones cambiaba el carácter de la plaza. En otoño, los crisantemos que se cultivaban en el Sacromonte y la Carretera de la Sierra. «En los Santos mi madre no venía a dormir a casa en una semana. Había que recibir las flores y, por las noches, se hacían los trabajos para tenerlos listos por la mañana». A la ciudad llegaban ‘los piratas’, como se llamaban a los taxis de los pueblos, que cargaban maleteros y bacas con flores cortadas, coronas, cruces y almohadones .

Invierno. Navidad, flores de pascua, abetos y pinos que traían de la sierra. Se podía comprar musgo y corcho para decorar los belenes y las figuritas también se vendían en la plaza junto a zambombas, panderetas, pavos y juguetes. Cuatro quioscos de obra hacía las delicias de los más pequeños. Dos vendían pan, tortas y dulces otros dos juguetes. «Los juguetes se compraban en Bib Rambla, nada de centros comerciales» –recuerda Juan Antonio–. En los Almacenes El Águila había fuertes, indios y vaqueros de plástico; en los Almacenes el 95, muñecas de cartón y juguetes de lata, como en la Juguetería Bibrambla, la última en desaparecer. El frío que calaba los huesos se mitigaba con improvisados braseros hechos con viejas latas que llenaban de picón.

«A mi madre todos la conocían. – dice Juan Antonio– el 14 de febrero los novios regalaban rosas a sus enamoradas, luego mi madre les hizo el ramo de la novia y les mandó flores cuando tuvieron sus hijos».

Las flores de Bib Rambla

Primavera. «Un alcalde quiso convertir el día de la Cruz en el día del clavel y pidió ayuda a las floristas –continúa el hijo de Paquita– Mi madre se colocó un mantón de manila y decoró el puesto con cacharros de cobre». Altares para el Corpus, guirnaldas y luces que engalanaban las noches de los festivales y que se mojaban en el chocolate con churros del café Bib-Rambla. En una de aquellas veladas de verano Paquita, se vistió con falda alpujarreña y, con una canasta, y se fue a vender ramitos de flores a la puerta del Carmen de los Mártires. Uno de aquellos ramilletes lo prendió del ojal del mismísimo Andrés Segovia.

A la caída de la tarde las flores se agrupaban en tono al puesto y se tapaban con telas. Así pasaban la noche y nadie las tocaba.

En el año 1976 las floristas se mudaron por unos meses a la plaza de la Pescadería. Cuando volvieron tenían nuevos quioscos, se suprimió el tráfico de vehículos y se eliminaron los urinarios.

En 1996, los puestos se sustituyeron por otros de aluminio oscuro «un modelo entre londinense y parisino» según opiniones de la época un cambio que tampoco estuvo exento de crítica.

La jubilación de algunos propietarios y los avatares de la crisis fueron cerrando los negocios, poco a poco, como caen los pétalos de una flor.

La nieta de Paquita continuará con el oficio familiar pero en Bib Rambla solo queda la floristería Ana.

Sois la plaza.

Ahí estáis.

Bajo los tilos –hermosamente tristes–

se ha quedado esperando,

solitario, un sollozo. Elena Martín Vivaldi

Más información

La plaza Bib Rambla y su entorno. Guía didáctica. Gabinete pedagógico de Bellas Artes. Manuel Ruiz, Vicenta Barborsa y Pablo Ruiz. Consejería de Educación y Cultura, 2008

Bib Rambla, el rastro de Granada

"Ahora, ¡hasta hay que estudiar para hacer ramos de novias!". Entrevista con Paquita Álvarez. Andrés Cárdenas. Ideal, 17 de mayo de 2009

A Bib Rambla solo le queda un pétalo. Daniel Olivares, IDEAL, 19 de septiembre de 2013

Recuerdos del corazón de Granada, Inés Gallastegui. Ideal, 19 de febrero de 2009