Ideal

El último alcalde de Alfonso XIII

Retrato de Fermín Garrido Quintana.
Retrato de Fermín Garrido Quintana. / Ideal
  • efemérides

  • Hace 85 años Fermín Garrido ocupó la alcaldía de la capital. Dos meses y dieciséis días después se proclamó la II República

La vida de Fermín Garrido fue tan intensa, que ochenta días al frente de la alcaldía habrían supuesto casi una anécdota si no hubieran tenido lugar en uno de los momentos más importantes de la historia de este país: la caída de la Monarquía y la proclamación de la II República. Tenía entonces 63 años y una merecida fama de sabio.

Don Fermín era muy respetado y querido en particular entre las gentes humildes a las que dicen que no solía cobrar la consulta. Cuenta Seco de Lucena en sus ‘Memorias de Granada’, que corría de boca en boca por la ciudad una coplilla: «No se apure usted, que llega don Fermín con su cirugía y su botiquín».

Nacido en Logroño en 1868 pronto su familia se trasladó a Granada donde su padre se hizo cargo de la Cátedra de Griego de la Facultad de Filosofía y Letras. Estudió en el Padre Suárez y con veinte años ya tenía la carrera de Medicina terminada. Fue cirujano de la Beneficencia Provincial, catedrático de Patología Quirúrgica, rector de la Universidad de Granada (1924-1930), presidente del Colegio de Médicos, concejal y alcalde.

¡Quítese el bigote!

La presencia de don Fermín transformaba la inquietud y zozobra de enfermos y familiares en una seguridad en que la salvación del doliente estaba próxima. José Acosta Medina en su sección ‘Figuras de mi época’, publicada en IDEAL (20 de mayo de 1973), recuerda algunas anécdotas, que contadas ahora, serían bien utilizadas en la consulta del doctor House. En una ocasión, con la sala de espera de la clínica repleta de pacientes, salió por dónde menos se le esperaba y se aproximó a uno de los enfermos al que gritó : «¡Quítese usted el bigote!». Al parecer el hombre se lo había teñido y al ponerlo en contacto con los labios iba absorbiendo aquella mezcla que le producía los trastornos abdominales para los que acudía a pedir cura.

Otras veces, salía el médico con una jeringuilla cargada con agua destilada y la clavaba en el brazo del más desprevenido que volvía a su casa completamente recuperado.

A don Fermín le gustaba el cine y la música. Solía frecuentar el palco del Cervantes al que acudía con su esposa Mercedes Márquez con quien tuvo doce hijos. Tocaba la guitarra y era amigo de Andrés Segovia a quien, apunta José Luis Entrala en el artículo ‘El alcalde del ‘ojo clínico’ (IDEAL, 12 de marzo de 1989), le regaló su primer instrumento.

Un doctor en la alcaldía

El 30 de enero de 1931, sucede en la alcaldía a Joaquín Ramírez Antrás que le deja una ciudad en pleno proceso de transformación. Estaba en obras el Camino de Ronda y se trabajaban en los proyectos de la nueva Casa de Correos y la cárcel. Urgía un plan de saneamiento y la construcción del Hospital Clínico se retrasaba una y otra vez : «no solamente tenemos que hacer una ciudad habitable, sino una ciudad hermosa y que corresponda a su importancia y vitalidad», apuntaba ‘El Defensor’ en un editorial de la época (31 de enero de 1931) que continúa, «esta es la desgracia de Granada y este es el síntoma que recogemos: infecundidad».

Silueta del nuevo alcalde, por Constancio, en la portada de El Defensor.

Silueta del nuevo alcalde, por Constancio, en la portada de El Defensor.

Fermín Garrido es posiblemente una de las figuras científicas que más caló en la sociedad granadina pero, como político declarado de derechas y de Primo de Rivera, también contaba con notorios enemigos: «no sé si los que consideramos a Fermín Garrido como algo nuestro muy hondo y estimado, debemos o no alegrarnos de verlo sentado en el sillón presidencial del excelentísimo Ayuntamiento» escribe Miguel Álvarez Salamanca en su columna ‘Deber de Granadinismo’ de ‘El Defensor’. «No sabemos si será la persona que en estos momentos necesita Granada para resolver sus problemas», se lee en el editorial de este periódico. «No es un hombre que remata sus obras», escribió Luis Fajardo.

En su breve mandato al frente de la alcaldía tuvo poco tiempo para hacer realidad ningún proyecto. Las elecciones del 12 de abril dieron la victoria a los partidos republicanos. El rey Alfonso XIII se marchó al exilio y se proclamaba la II República.

Portada de 'El Defensor' del 15 de abril de 1931

Portada de 'El Defensor' del 15 de abril de 1931

Aquel 14 de abril, Garrido se resistía a abandonar al alcaldía. ‘El Defensor’ reproduce el diálogo que mantuvo con Alejandro Otero, concejal socialista electo, en el salón de plenos antes de que el primer alcalde republicano, Martín Barrales, tomara posesión del cargo:

– Fermín Garrido: «¿Quiénes vienen a tomar posesión del Ayuntamiento»

–Alejandro Otero: «Somos los concejales elegidos por voluntad del pueblo y venimos a dialogar con el alcalde»

– F.G «Como concejal elegido también por la voluntad popular creo que han debido tener la cortesía de avisarme ya que además soy el alcalde actual»

– A.O: «Nosotros le reconocemos por compañero y será respetado en todo momento por su caballerosidad. Por supuesto puede quedarse aquí porque ésta es también su casa».

Murió en Granada el 29 de enero de 1936, hace ochenta años.

Los monos de don Fermín

En una de sus añoradas ‘Puertas Reales’, Andrés Cárdenas encontró el origen de un dicho popular granadino. Si uno va mal vestido o sucio, se dice aquello de que ‘parece un mono de don Fermín’. Resulta que el eminente galeno tenía en el jardín de su casa de la esquina de Avenida de Andaluces con Constitución (entonces de Alfonso XIII) varios monos en una jaula. Todos pensaban que los simios servía para las prácticas clínicas del doctor, sin embargo, los animales eran un regalo de un paciente agradecido que vivía en un país africano. El enfermo estaba seguro de que, si eran buenos cogiendo dátiles, también podrían serlo con las aceitunas así que el propietario de los monos se ahorraría buenos jornales de mano de obra. Soltaron a los simios en un olivar de Jayena pero los micos se dedicaron a destrozar los árboles ignorando completamente el fruto. Alguien pensó en eliminarlos, pero el bueno de don Fermín no lo consintió y murieron todos de viejos en el jardín de su domicilio familiar .