Veneno

Relato con el que el etarra Iván Apaolaza Sancho ha ganado el primer premio del XII concurso literario de la cárcel de Albolote

La primera vez que entré en la cárcel, la canción de Los Chunguitos me hacía reír. Los colegas nos juntábamos en el patio y la cantábamos a voz en grito, ¡nos creíamos indestructibles!

El veneno circulaba por nuestras venas, por nuestro cuerpo, libremente. No pensábamos en las consecuencias, no las conocíamos, y si las conociéramos tampoco nos importaría; nos sentíamos guerreros, nada ni nadie nos podía parar, ni siquiera la cárcel. Pensábamos que el veneno nos libraba del encierro.

Muy a mi pesar, con el paso de los años, me fui dando cuenta que era justamente lo contrario: que aun estando fuera de la cárcel, el encierro lo llevaba conmigo.

Para cuando entré por segunda vez en la cárcel, algunos de los colegas que cantaban la canción de Los Chunguitos conmigo ya habían muerto, el veneno se los había llevado allí donde ya nuestros cantos no los alcanzarían. Desde entonces, muchos los han acompañado.

Cuando poso mi mirada en las esquinas del patio, ya casi no reconozco a nadie, ni siquiera me reconozco a mí mismo. Me miro en el espejo del chabolo y quisiera gritarle a mi reflejo: «¡No, tú no eres yo! ¡Tú que me miras con esos ojos sin vida, sin alegría, me has robado la vida!» Y quisiera atravesar el espejo y atrapar mi reflejo, estrangularlo, matarlo, robarle la vida que él me quitó primero.

Pero no puedo, no tengo fuerzas, me siento derrotado, me he cansado de luchar. Apenas me queda luz en mi interior.

La primera luz que se apagó fue la de mi madre. Murió de pena al ver a su hijo pudrirse en la cárcel, pudrirse a causa del veneno. La segunda, mi padre. La apagué yo, mi orgullo fue el culpable; no quise escuchar sus verdades. La tercera, mi mujer; se apagó como una vela, corroída por el mismo veneno que a mí me atenaza.

Sólo me queda una luz, un ancla que me sujeta a esta vida, a este cuerpo. Mi niño. Mi niño que siempre me perdona; mi niño, que siempre me ha querido y me quiere… Mi niño, el cual todavía ilumina esos oscuros locutorios.

En estos días donde todavía el veneno corre libremente por el patio, yo lloro. Lloro por dentro, lloro por fuera. Mi reflejo mortuorio me acompaña. Vaya donde vaya, no consigo esconderme ni en el rincón más oscuro de la cárcel. Intento apartarlo de mí agarrándome al pequeño haz de luz que sigue conmigo. Pero siento que esa luz se escapa, se escapa, se escapa…

¡Y no quiero morir!

¡Quiero vivir!

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