PARA Encarnación Gálvez, los veraneos de siempre en La Mamola eran como una estampa que el paso del tiempo no puede dejar descolorida, pues durante toda la vida permanece radiante y fija en un recuerdo que también lleva impregnado el olor salobre de un mar que hace años rompía muy cerca de las viviendas. «Las fiestas eran fiestas», decía Encarnación. Ahora también lo son, aunque todo cambie y aquellos grupúsculos de jóvenes que no tenían mucho donde divertirse en 'El Pueblecillo', allá por los Ochenta, suplían las carencias de ocio con las conversaciones bajo las estrellas hasta las tantas de la madrugada, los escarceos por una playa entonces oscura, los cigarrillos a escondidas y la mar de sensaciones.
Hoy no es así, pero La Mamola no pierde su noción de espacio perdido en ninguna parte, de ser huérfana de cercanas ciudades, bullicio y centros comerciales. Aquí manda el tú a tú. «¡No digas el nombre, di solo el pueblecillo!». Es el típico comentario que nadie te aclara, pero que es más frecuente fuera que dentro del pueblo que se come al mar a empellones y no viceversa. Una playa de picos que se adentran en las aguas, de espigonado perfil y festoneada de palmeras saluda al visitante cuando la observa despacio desde la nacional 340, la carretera de toda la vida que en esta zona se baja al nivel del mar y regala encuentros preciosos e insólitos. De arenas muy oscuras, cierto, pero también atractiva y visiblemente grande. No obstante, las obras de regeneración y acrecentamiento de la línea litoral concluyeron hace un par de años y prácticamente crearon una playa nueva y distinta. El proyecto de reordenación y mejora del paseo marítimo que ejecutó el ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino en este pueblo de la Costa oriental le dejó a sus habitantes una playa diez veces más grande que la inicial, con calas de hasta 100 metros de anchura. Las obras, que comenzaron en diciembre de 2008, transformaron el sistema de defensa de la playa, con espigones de principios de los Ochenta que hacían una playa pequeña y estrecha. Al final, las ocho calas pequeñitas se transformaron en cinco calas grandes regeneradas con 186.000 metros cúbicos de arena llegados de las ramblas cercanas a La Mamola. Un cambio que, lógicamente y a lo largo de los dos años y pico que duró la actuación, mantuvo en vilo a todo el mundo y convirtió la playa en tema recurrente de conversación, mientras los más mayores miraban al horizonte con cierto interrogante.
Pero todos, en La Mamola, están curados de espanto. El pueblo ha sabido engullir y encajar en su fisonomía de pueblito marino los grandes bloques de viviendas que escoltan la población por su zona más oriental y que por su cara norte parecen comerse la carretera nacional 340 que sigue negándose a que su protagonismo lo desplace una futura autovía que nunca llega.
La Mamola saluda en su entrada más al oeste. Su nombre se despoja de prejuicios y se convierte en un señuelo físico adornado con plantas: La Mamola. Así, sin más.
El turismo es cien por cien familiar; los edificios del pueblos son prácticamente una colonia de visitantes capitalinos que buscan aislarse de los ruidosos centros turísticos y saborear una caña de cerveza a pie de playa en la recoleta y especialísima hostelería que ofrece la localidad como una extensión más de su carácter íntimo y familiarísimo pues, además, su paseo marítimo es un enclave cómodo, que invita a pasear y que lo tiene todo al alcance de la mano. Sus arenas están cuidadas, se cuenta con los servicios básicos y llegar allí es fácil, más fácil que a ningún otro lugar de la Costa. Como reza el dicho... «Aquí, parada y fonda» y a ser posible un rato de pensamiento a solas cuando la noche lo oculta todo y las orillas de las calas de La Mamola son un encuentro con lo inesperado bajo un cielo cuajado de estrellas.