A las seis de la tarde el trasiego es impresionante. Hombres de todas las edades saltan desde la borda con una agilidad que contrasta con la torpeza de los curiosos en chanclas que resbalan, una y otra vez, en los charcos siempre frescos de la Lonja de Motril.
El murmullo es ensordecedor y a él cuesta trabajo localizarle, hasta que aparece mostrando una amplia sonrisa que se convierte de inmediato en risotada. Es Ignacio López Cabrera, a quien el destino le colocó hace siete meses al frente de la cofradía de pescadores motrileña «con la ilusión de hacer proyectos para un sector que está abandonado».
Pero Ignacio sabe que hay poco margen para proyectos ilusionantes, aunque él piensa que todavía se puede luchar por derribar el estancamiento de esta actividad en el Puerto, por una mayor activación y modernización de la Lonja Pesquera, venta en Internet, que no se pierdan más puestos de trabajo en el sector, etc. De entrada, cuesta trabajo identificar a este hombre como el patrón mayor de la cofradía pues él es uno más de una colla humana aún numerosa (aunque cada vez menos) que cada día se las ve y se las desea para rasparle un jornal a las profundidades del Mediterráneo costero.
A primeros de julio está retostado por el sol y el salitre; pero es que el sol y el salitre le corren por las venas desde antes de nacer. «Me viene de mi padre, Ignacio, y de mis tíos, que eran todos pescadores», mientras que otra parte de la familia se dedicó al sector de la hostelería, también en la playa motrileña.
«Hay que llevarlo en la sangre y encararse cada día con la mar con ilusión y a pesar de todo lo que se puede soportar algunas veces», dice el patrón mayor, quien con todo lo que le lleva cayendo a la flota local desde hace años, son muchos los que se resisten a abandonar algo más que un medio de vida. una forma de vivir en la que se mezcla el sacrificio, el peligro, la libertad, el amor y algunas veces la muerte.
Pero en la lonja motrileña, en una tarde previa a la 'parada devocional' de la Virgen del Carmen -mañana lunes sacarán a su patrona en procesión-, se descolocan los sentidos a la vista de una captura que hoy ha podido ser abundante. Huele profundamente a entrañas de mar y pescado. En el caso de Ignacio, en su barco de arrastre, faenan cotidianamente cuatro personas. «Unos días buscamos rapes, puntillas, pescadillas otros días vamos a la gamba o la cigala», todo depende de lo inimaginable. La jornada se inicia a las seis de la mañana y termina a las seis de la tarde.
Pero no siempre la jornada fue esta. Hasta no hace tantos años, los barcos solo podían navegar con 200 o 300 caballos frente a los 1.000 actuales. «Antes nadie tenía horario y un barco llegaba a puerto a cualquier hora», relata Juan Maldonado quien curiosamente nunca se embarcó y cuyo padre, Antonio (uno de los 'sevillanos') tejió redes durante 30 años.
Juan recuerda cómo su padre «dejó morir un barco propio en la playa de las coquinas porque ninguno quería hacerse a la mar», pero Antonio vivió la mar y la llevó también en las venas. «Sin embargo esto se acaba -dice Maldonado- la gente se acoge al desguace, se quitan deudas, reparten y compensa más que un sueldo reducido».
Al desguace
De hecho, los 200 ó 300 mil euros por desguazar han ido rompiendo esa cadena que pareció inoxidable a la corrosión marina y que enlazó a generaciones enteras. Ya pocos hablan de la pesca «en el alba o la prima», dependiendo del momento de las capturas; pero lo que no se extingue es la pasión y la devoción por el azul que no deja ver el fondo. «Yo siempre he hecho la campaña fuera y ya a los veinticuatro años andaba mandando barcos en Mauritania o Senegal», dice Lázaro López quien también ha conocido la terrible realidad de los apresamientos en alta mar.
Eso significaba tirarse cuarenta y tantos días por ahí, descargando en Tenerife, en Algeciras y volviendo al hogar tres meses después. «Fue nacer mi hijo, a los cinco días me fui a las Azores y vine a los tres meses», dice hoy entre risas aunque su honesta mirada, profunda como las aguas, no puede ocultar la nostalgia de unos años en que el sacrificio personal luchaba con el amor por el mar y por el trabajo al que muchos renunciaron pero que a otros les ha dado una vida, difícil, pero una vida. «Terminas acostumbrándote a pesar de que te tirabas cuarenta días a bordo sin agua ni para asearte, solo la justa para beber. Hoy todo ha cambiado».
De no tener en el barco ni la más mínima comodidad a poder dar 'pasaje' a un equipo de biólogos del Instituto Oceanográfico. De pequeño -pues esto ya le venía de familia, de su padre- se escondía en la proa del barco familiar y se levantaba cuando el barco estaba ya faenando. El 'Nuevo Mirandilla' es el barco (un palangrero) que ahora a su vez capitanea su hijo, José Miguel López Ferrer, un mocetón de 34 años, con veinte años de faena a las espaldas, al que se ve a las claras que le gusta su trabajo y del que ya, con una hija de muy pocos meses, está conociendo el peso de las ausencias y las despedidas.
Un héroe a la vuelta
Sus campañas se están centrando ahora en las Baleares, y desde allí no se vuelve a casa cada noche. «Es muy difícil salir de la mar, pero para trabajar en ella hay que entenderla, vivirla desde crío». Para él, de pequeño, las ausencias de su padre durante dos o tres meses se suplían con la fiesta que se vivía en casa cuando volvía a puerto y se convertía en su héroe. Eran solo cinco o seis días con él y treinta días al año de convivencia, «cuando se iba era muy durillo», recuerda José Miguel.
Ahora él se va también. Ha vuelto cuatro o cinco días para el Carmen y ahora regresan a las islas, hasta septiembre. En su barco son siete tripulantes; la condición no escrita es la del entendimiento y funcionar como una familia que, dada la apretada convivencia, conlleva buenos y malos momentos como en toda casa.
«Hay hombres a bordo que llevan treinta años con mi padre y que me han criado a mí, la verdad es que nos ayudamos mucho». Los sustos en la mar no son sustos, sino «batallas ganadas», asegura este joven; desde porrazos del barco hasta temporales imprevistos, golpes de mar o una parada del motor. «a la familia le cuento lo mínimo», dice riendo quizá para disimular ese sentimiento de ausencias y paréntesis.
Fuera de los muros de la lonja, la tarde va cayendo y en la puerta del barecillo la gente fuma y comparte lo inimaginable; las voces se elevan y con el ocaso el mar huele todavía más a mar y pescado. Este es un mundo especial y único. La profundidad azul ha convertido a estas personas en protagonistas indiscutibles de un tiempo y de una forma de vida reservada exclusivamente a los valientes.