Eso es también lo que he querido hacer con esta travesía, explorar no sólo la tierra sino a los nepalíes, sus costumbres su sentir, convivir con ellos en algunos pueblos aislados incluso, compartir algunos días o algunas horas de camino con ellos, con otros exploradores». Y lo hizo, de Chaimpur a Ghumsa «con un 20% de satisfacción y disfrute y un 80% de sufrimiento, ese porcentaje es suficiente para que haya merecido la pena». Hace cuatro años una empresa de cooperación holandesa se inventó la conexión de senderos en Nepal para dar un impulso turístico a un país sin recursos explotados. Javier estaba allí y cogió la idea madurándola hasta que la hizo realidad, «pero necesitaba patrocinadores y no los encontré, así que los 20.000 euros que me ha costado la travesía los puse yo, aunque el material -he llevado lo mejor y más moderno-, me lo han proporcionado algunas marcas de montaña a modo de prueba porque es material que aún no está en el mercado». Su objetivo a corto plazo es recuperar la inversión dando conferencias, publicando un libro que ha escrito sobre la experiencia y distribuyendo documentales filmados. El National Geographic ya le ha dado fecha para una conferencia, otros organismos también, en Bruselas, en distintas capitales, «siempre de fuera y eso me da pena porque aquí vienen a contarte en plan exclusivo lo que han hecho alpinistas vascos, catalanes, franceses, americanos... pero nada se dice de los andaluces, que cubren objetivos históricos sin que nadie se entere».
Fueron diez o doce horas de camino diario con nieve hasta la cintura en un Himalaya medieval. Momentos duros en casi tres meses de aún más dura marcha. En una ocasión estuvo cinco días comiendo exclusivamente barras de huesitos «sí, esos que venden en las tiendas de chuches y que compré en un pueblo donde no tenían más que eso o comida para cocinar. En otra ocasión estuve unas horas con un nepalí que iba a recorrer cientos de kilómetros hasta su pueblo y llevaba una hogaza de pan, chili picante y una botella de cerveza de arroz, eso era todo. Ya los últimos 40 días fueron de suplicio y vértigo porque tosiendo, sí tosiendo, se fisuró dos costillas «porque las condiciones en las que está el cuerpo son extremas y un golpe de tos me hizo pasar los 40 días más extenuantes de la expedición, con terribles dolores y un peso excesivo del que me arrepentí». Y es que llevaba una mochila con 28 kilos de peso. Aún pervive el recuerdo de haber estado en otro mundo cuando ya piensa en bajar en kayac un río desde el ártico canadiense, un recorrido de miles de kilómetro entre bosques, saltos de agua, fuertes corrientes cascadas y tres meses de duración. Hay que llevar en la sangre el espíritu aventurero, o explorador, como Javier prefiere. En su página www.tierrasdeaventura.net habla del viaje, reflexiona sobre él, detalla paso a paso el recorrido... y saca sus más íntimos sentimiento como cuando dice que «cruzaba el último puente colgante y entraba en Ghunsa con algo de dolor, pero también con una infinita sensación de paz por haber traído al mundo de lo real, algo que durante años, perteneció al mundo de los sueños. Definitivamente, la Tierra Prometida existe. Os lo puedo jurar. He estado allí...»


