En siete de estas ocho imágenes de afectados hay un denominador común: están serenos. Pero ¿por qué? Según Cristóbal, se trata de un rasgo cultural que responde a dos factores: dado que no hay sitio en su sociedad superpoblada, el espacio privado no puede ser físico, sino mental. Además, en su ADN cultural está el mandamiento de no molestar al prójimo. «Cada uno carga con su dolor para no cargar a los demás con él». Y esa parece ser la explicación a la foto donde una mujer rompe la compostura y encuentra consuelo a su aflicción... abrazando a un perro.
Pero es la excepción. Los japoneses no son un pueblo cualquiera; son los descendientes de los samuráis y de aquellos kamikazes capaces de matarse por una orden. Son los mismos que hoy esperan las colas para hacerse con un cuenco de arroz o un vaso de agua sin saquear las tiendas, los que se quedan en casa pese a la amenaza nuclear y no se parten la cara en el aeropuerto por un billete de avión.
«Esperan a que sus líderes digan qué hay que hacer. Saben que el grupo -ya sea el país o la empresa- solo funciona si todos juegan de manera conjunta, no con cada uno por su lado. Esperan que alguien tome el control».







