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Escultores de rostros

SOCIEDAD

Escultores de rostros

Justino acaba de recibir su nueva nariz y Mari Paz estrena ojo. Gracias a la Anaplastología tienen una cara normal. Entramos en la única unidad pública de España que obra estos milagros

03.10.10 - 03:20 -
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A Justino Acebes le caerán pronto 79 otoños a las espaldas. A su edad uno ya es un superviviente y a él la longevidad le ha costado mucho. Desde que le diagnosticaron un cáncer cutáneo facial, factura de toda una vida en el campo, bajo la solanera, este vecino de La Pedraja de Portillo (Valladolid) lleva casi 20 años trampeando a la parca. Dos décadas batallando y ganando al cáncer a cambio, eso sí, de un alto tributo: varias visitas al quirófano -«ocho al menos, ya hemos perdido la cuenta», afirma su hija Pilar- y una nariz.
Nadie lo diría al verle. Erguido, juncal, sonriente, hace gesto como de sonarse y ¡hop!, fuera apéndice nasal. Parecía suyo, natural, pero no lo es. Una nariz de pega que da el pego total. Y eso que la que aún lleva, silicona de alta calidad, ha perdido adherencia y se ha saturado de pigmentos y maquillaje con los que se iguala al tono de lapiel. Fatiga de los materiales. «Se degradan con el tiempo y el uso. Esta prótesis lleva muchos retoques encima», aclara Enrique Damborenea, el anaplastólogo que elabora estos días una nueva nariz para Justino, la tercera desde que la propia sucumbió al bisturí. Una prótesis anclada al hueso con pernos de titanio e imanes que la mantienen ajustada y camuflan la sima abierta por el cáncer en mitad del rostro del anciano. Una nariz normal en una cara normal. Un pasaporte al anonimato.
Ése es nuestro objetivo «que el paciente pueda pasar desapercibido», abunda el cirujano plástico José Mª Díaz Torres, responsable de la unidad de Anaplastología del Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Junto a Damborenea forma desde hace 20 años un tándem único en la sanidad española. «Las dos ruedas de una bicicleta», bromea Díaz Torres, también presidente de la Sociedad Española de Rehabilitación, Prótesis Maxilofacial y Anaplastología (SERPMA). La suya es la única unidad de estas características en todo el sistema público de salud; un equipo modesto pero integral a donde llegan pacientes de toda España «y del extranjero», apunta Díaz Torres. Entre 500 y 700 al año, de media, que buscan aquí recomponer su fisonomía. Por la consulta, y las de otros pocos especialistas que ejercen de forma aislada en distintas comunidades, pasan enfermos a los que un cáncer o un accidente ha borrado parte de la cara; gente torturada por malformaciones faciales congénitas. También, aunque menos, hay cocainómanos que han sacrificado tabiques nasales y hasta paladares a la 'farlopa'. Y de un tiempo a esta parte les llega desde Latinoamérica algún que otro 'encarguito' de corte mafioso; una oreja o una nariz cortadas en ajustes de cuentas, o por no haber atendido a tiempo pagos o extorsiones. «Te dicen que ha sido un accidente, claro», recalca Díaz Torres.
La Anaplastología, «la escultura aplicada a la cirugía», es multidisciplinar -cirujanos, protésicos, ortodoncistas, odontólogos, oftalmólogos.- y entra en juego cuando se apaga la luz del quirófano. Retiradas las suturas, cicatrizadas las heridas, toca evaluar pérdidas, tomar medidas, volúmenes, hacer moldes y fabricar con mimo artesano las piezas de la cara que faltan; un ojo, un paladar, un maxilar, orejas, narices como la de Justino... En los casos más extremos, más de media cara. En los 90 Enrique Damborenea esculpió en silicona, rasgo a rasgo, el rostro de una paciente empotrada contra el salpicadero del coche. Sólo salvó la frente; el resto desapareció en el impacto.
Estética, psique y función
«No era sólo dotarle de una cara, sino darle movilidad, cierta expresión», explica. Una prótesis debe ir ajustada al milímetro. Están en juego la estética y la psique del paciente -«todo lo que es estético es psicológico», sentencia Díaz Torres- y, según cada caso, funciones básicas como respirar, comer, hablar, parpadear, o el mismo sostén de los músculos faciales, alterado por la amputación. Su reto es doble, ser verosímil, hiperrealista más bien, y funcional al máximo. La cirugía reconstructiva tiene sus límites y las operaciones de vanguardia, como los últimos trasplantes de cara, no son para todos los pacientes, aunque el futuro pase por ahí y por la regeneración tisular con células madre.
Mª José Martínez Burgos tenía 28 años y una flamante carrera de abogado cuando un adenocarcinoma atípico se cruzó en su camino. «Siete médicos consultados me dieron tres meses de vida». Contaban con que el tumor se le 'comiera' el cerebelo. Hoy ha cumplido 53 años y de aquel trance su peor recuerdo es el año y medio posterior a la salida del quirófano. Maxilectomía total. Perdió el paladar y el área orbital del ojo derecho. «No hablaba, sólo emitía sonidos con el diafragma, me costaba respirar, no podía comer ni beber. Se me salía todo por la nariz, aun estando en posición vertical; es curioso pero es así».
Su milagro se llama Tomás Escuin, estomatólogo y vicepresidente de la SERPMA. Él fue el artífice de su prótesis doble, un obturador que le permite deglutir con normalidad y sellar la cavidad buconasal. Y hablar a toda velocidad, sin trabas. Por teléfono su risa suena cantarina y nada sugiere que percute en una bóveda de silicona.
Zaragozana afincada en Barcelona, Mª José cuenta su caso con voluntad pedagógica. En los pacientes de cáncer facial, cuando hay que detener el avance tumoral, la Anaplastología debe entrar en juego mucho antes de rebanar en el quirófano. Y con un enfoque multidisciplinar, insiste. «Si no esto no funciona». «Los mismos cirujanos, antes de cortar, debían reclamar la intervención de los anaplastólogos, sean protésicos, oculistas, los de maxilofacial, dentistas. fuera protagonismos, e informar al paciente para que sepa y calibre todo el proceso y los riesgos», argumenta. «Yo estuve muy perdida. Si hubieran hecho moldes (de la cara) desde el principio...».
El doctor Díaz Torres coincide. «Si te llevas bien con el cirujano o conoces a alguien del equipo quirúrgico te avisan antes de meter al paciente en el quirófano para estudiarlo, tomar medidas, ver qué van a quitar, pero otras veces no es así».
La descoordinación, como la inexistencia de más unidades de Anaplastología en hospitales públicos (aparte de la del Ramón y Cajal) nace en origen. Los especialistas son pocos y llegan desde distintos campos a falta de una titulación específica en España, ni casi en Europa, por cierto. Díaz Torres, cirujano plástico de prestigio, se formó en el Instituto Karolinska de Estocolmo. Enrique Damborenea obtuvo su diplomatura en el Reino Unido, único país con la especialidad homologada y reconocida. Los dos tienen, además de la inquietud médica, una importante vena artística de la que se benefician sus pacientes.
Las orejas ni se notan
En las dos décadas que llevan trabajando juntos ambos han visto evolucionar técnicas y materiales. La primera nariz de Justino Acebes al salir del hospital se la hizo su hija con un bote de gel Nelia «así rosita», ríe Pilar. Las prótesis actuales gastan lo último en siliconas, cauchos, pigmentos, fibras naturales para las pestañas, el titanio de los implantes... Las orejas postizas ni se notan. Hay que tocar para creer. La nueva nariz de Justino tendrá pintadas las mismas venillas que surcan su rostro. El ojo artificial de Mª Paz Deza, otra de las pacientes de Damborenea, es invisible salvo que ella decida contarlo. ¿Y el dinero? Según. Cada prótesis es una escultura a medida. Lo peor son los tiempos de espera si uno recurre a la vía pública, limitada al Ramón y Cajal. Quien puede permitírselo opta por las consultas privadas. Pero hay un consenso general. La Anaplastología cambia vidas. La nariz de Justino es «una bendición» y eso no tiene precio.
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