Mari Carmen López del Burgo asomó ayer la cabeza entre los barrotes para ver pasar la manada por una calle de Arganda del Rey (Madrid). Con ese gesto emprendió su último minuto de vida. Una masa negra de músculos que ni siquiera había presentido derrotó contra las protecciones, la prendió de las cervicales de una puñalada seca, la sacudió contra el suelo y la mató a tres metros de las asistencias. Hubo un revuelo de chalecos, camillas, esperanzas y guantes de látex y, finalmente, la tragedia. Una vez más, las fiestas, como las lesiones de Mari Carmen, se habían hecho «incompatibles con la vida». Un pueblo roto, la noticia abriendo los informativos, un viudo y un hijo de 15 años sin madre. Es el balance terrorífico que deja el juego con la muerte, cuando gana la muerte. Sucede pocas veces, eso dice la estadística, aunque la matemática sea caprichosa y se haya equivocado en septiembre: en la última semana han muerto tres personas.
Mari Carmen, de 48 años, es el último tributo que han pagado los aficionados a los encierros y ha removido los cimientos de una tradición con raíces en la mayor parte de los pueblos de España. ¿Por qué pasó? La mala suerte no da explicaciones. La fallecida presenciaba el encierro en un vallado vertical, una hilera de tubos por la que se pueden escapar las personas, pero que no pueden franquear los toros. Quedarse entre los barrotes, de todas formas, no garantiza llegar vivo al almuerzo. Entre los metales pueden colarse las astas de los animales en una embestida y hay que dejar al menos medio metro de distancia prudencial para no ser cazado. Si se saca la cabeza, el riesgo crece. El Ayuntamiento de Arganda del Rey, la segunda ciudad con los encierros más antiguos de Madrid (la primera es San Sebastián de los Reyes) transmitió las condolencias a los familiares de la fallecida y decidió no suspender los siguientes encierros. La Comunidad de Madrid no advirtió fallos de seguridad en la organización. Todo había sido un accidente, el primero en los encierros del pueblo y el segundo taurino, pues hace 23 años murió un hombre en la plaza. Mari Carmen se convertía en la segunda mujer que se deja la vida en un encierro en España, después de que Baldomera Andrés de Baquero, de 68 años, muriese en las astas de un toro en Fuentelencina (Guadalajara), en el año 2000.
Septiembre negro
La factura de septiembre es abultada. En una semana, tres fiestas han terminado en el tanatorio. El día 6, un hombre de 50 años salió del vallado de Villaseca de la Sagra (Toledo) y echó a correr en el momento equivocado. Un toro lo alcanzó por la espalda y le partió el corazón y un pulmón de un golpe cuando el asta le entró por la espalda. Arrollado, se levantó en un impulso imposible, buscando el abrigo de la talanquer, a y se desplomó sin vida.
Al día siguiente, la mala suerte visitó La Llosa, en Castellón. Uno hombre de 70 años no tuvo tiempo de apartarse ante la arrancada de uno de los toros, que lo empotró contra los barrotes del refugio. ¿Una imprudencia? Sufría del corazón y se ayudaba de un bastón.
Y van tres. Si se echa mano de hemeroteca, los encierros se han llevado la vida de cinco personas durante este año en España, más una en Francia. Fue en Saint Drézery, cerca de Montpellier, cuando el concejal de fiestas del pueblo cruzó la calle ante la manada. Los toros se toparon con él y se rompió la cabeza contra una acera. El 1 de agosto en Godella (Castellón), otro hombre resultó cogido por un toro embolado y falleció, al igual que un joven que resultó corneado en los encierros nocturnos de Fuentesauco, en Zamora. Eran las cuatro de la mañana y el pitón le entró por el pecho.
Cada una de estas muertes pesa un quintal en las fiestas de un pueblo y supone una tragedia enorme, aunque, ante el paredón de la estadística, este año no ha sido tan malo. A la espera del final de la temporada, en 2010 han muerto la mitad de personas que el año pasado. 2009 fue de los más sangrientos, con 10 víctimas. Le sigue con 5 fallecidos 2007. En la última década han sido 39.
¿Muchos o pocos? La probabilidad dice que de los encierros se sale a pie. En 2009, se dieron en España unos 6.000 festejos populares con reses bravas por la calle. Emmanuel de Marichalar, aficionado, escritor y periodista especializado en los encierros, está seguro de que hay actividades más peligrosas y que «en la montaña muere más gente». El parisino, autor del libro de encierros 'Le souffle dans le dos' (El soplo en la espalda) y corredor habitual por toda España, concluye que «todo fallecimiento es lamentable, una tragedia y hay que minimizar los casos», aunque precisa que la muerte es «parte del juego y sin su posibilidad, nada de esto tendría sentido». La gracia está en «aproximarse a ella lo máximo sin que se llegue a consumir», dice el corredor, que da un consejo: «Los que entran tienen que tener en cuenta sus condiciones físicas y mentales» y que saber, aunque no se piense en ello, que puede morir. «Si lo piensas, no entras».