Toda una vida fuera de Granada y con un gran sueño: volver a la tierra que le vio nacer. A Pablo Martínez, como a otros tantos, la situación laboral de Andalucía le envío hace décadas a Cataluña. Allí ha vivido durante 35 años y hace dos regresó a Baza, su pueblo natal. Hasta los 48 años no conoció el paro. Trabajó sin descanso hasta el 7 de noviembre de 2007, como minuciosamente recuerda. Momento en el que la crisis también le alcanzó y le incluyó dentro de la millonaria lista de demandantes de empleo de España.
Las centrales nucleares han sido su vida. Le han llevado a trabajar por Europa y América durante muchísimos años, pero eso ahora, ya son sólo recuerdos. En 2008 volvió a Baza y buscaba trabajo. «Pero allí no había nada y pensé en probar por la capital». Lo que le condujo hasta Granada. Se inscribió en el Servicio Andaluz de Empleo, buscó un trabajo como loco y, sin mucha fortuna, acudió el IMFE. «Allí tenía una cita semanal con la coordinadora laboral, para que me ayudara a encontrar un puesto y hacer cosas». Necesitaba un empleo en plena época de crisis y él puso toda la carne en el asador. «Acudía a menudo a usar los ordenadores del IMFE para buscar ofertas y enviar currículums». Comenzó acudiendo a la oficina que este servicio tiene en el Zaidín y después a la que posee en Divina Pastora, junto a la Plaza del Triunfo.
«Me apunté a todos los cursos que salían». Lo que llevó a realizar uno de carretillero, otro de limpieza profesional de inmuebles y, por último, uno de organización y gestión de grandes almacenes. La llave que hizo realidad su segunda parte del sueño y ser uno de los más afortunados del momento: trabajar. Además con un contrato indefinido. A raíz de las prácticas del curso en Bricodepot le hicieron dos contratos temporales y finalmente, llegó la lotería definitiva, contrato indefinido desde el 1 de diciembre del pasado año.
«En total ya llevo cerca de 14 meses aquí y estoy contentísimo. Se vive como en una familia y el hecho de que yo sea de los más mayores de la plantilla no me ha supuesto ningún problema. Todos me han ayudado mucho en este trabajo, que era nuevo para mí». Relata Pablo desbordando entusiasmo. Asegura que para él fue un cambio radical después estar más de un año buscando trabajo. Desde entonces, puede dormir. En su situación anterior, ni siquiera eso hacía. Estar en paro le mantenía en vela. Se despertaba temprano cada día para patearse cada rincón, cada polígono, en busca de una oportunidad. «Acostarte y poder pensar que mañana a te tienes que levantar porque tienes que trabajar es muy bonito», continúa Pablo.
Ahora vive uno de los mejores momentos de su vida y ha conseguido realizar su sueño. «Yo no me quería morir en Cataluña, siempre pensé en volver». Y aquí está, ganándose la vida. Encontró la aguja del pajar que tantos miles de granadinos siguen buscando. No es de extrañar que las horas de trabajo sean de felicidad.