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Se alquilan hombres

El mundo de los chaperos y gigolós se mueve a partir de 60 euros el servicio

02.09.10 - 02:15 -
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Fernando es el dueño de la cara, los músculos y los rizos que se anuncian en una web de chaperos. Es brasileño, tiene 22 años y se hace pasar por prostituto para ocultar su verdadero trabajo: investigador criminal. Así se lee en la placa que muestra a V junto a una pistola. Desde hace un año, se ha paseado por el lúgubre panorama de la explotación sexual masculina en España. Según su testimonio, la red desarticulada por la Policía española que obligaba a jóvenes brasileños a prostituirse con otros hombres no es una anécdota, «sucede muy a menudo desde hace al menos diez años».
No sólo la carne de una mujer sirve para que las mafias hagan fortuna. Esta semana, España ha vivido la primera desarticulación de un grupo mafioso de prostitución masculina, una banda que operaba en varias provincias y que traía desde Brasil a jóvenes engañados. A cambio de pagar un pasaje astronómico, les obligaban a hacer de chaperos y cubrir una deuda que, según Fernando, puede llegar a los 8.000 dólares. «Es algo bastante común en grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia», asegura el detective, que confirma cómo la mayoría de las víctimas son hacinadas en pisos. En cada uno viven más de diez, varios por habitación. Ese es su palacio y su cárcel, pues entre esas paredes deben trabajar a tiempo completo, además de las salidas a otros pisos, hoteles o habitaciones. El precio: unos 60 euros por media hora.
«Están disponibles todo el día para los clientes. No importa si están cansados: tienen que hacerlo porque no les sirve de nada quejarse. Siempre cumplen, pues los hombres que los han traído les amenazan con hacer daño a sus familiares en Brasil. Es muy duro», relata Fernando, que asegura colaborar como agente de los servicios de inteligencia de Brasil.
El régimen en el que viven es espartano. Si no hay ganas de fiesta, para algo está la viagra o la cocaína, que «suelen vender ellos mismos». El infierno del chapero comienza, según Fernando, con las promesas de un futuro mejor y un trabajito como gogó o stripper en una discoteca. Un negocio fácil. Cuando llegan a España, Portugal o Estados Unidos, los grandes centros importadores de prostitutos brasileños, el sueño se convierte en pesadilla.
El calvario dura hasta que se cubre la deuda. «Antes conseguían terminar en tres o cuatro meses, pero con la crisis, igual tardan el doble». En ese tiempo, no hay días libres. Como mucho, pueden «dar un paseo» antes del mediodía, que es la hora en la que comienza el goteo de clientes. Tampoco hay horario. Si es fin de semana, la 'fiesta' suele durar toda la noche.
2.000 euros al mes
El mercado del sexo no se acaba aquí. Alejandro es uno de cientos de prostitutos para hombres que se anuncian en la web Telechapero.com. Son los soldados rasos del sexo. «Un nenazo de 18 años al que le gusta mucho el sexo con abundantes dosis de morbo. Soy activo y pasivo, y podemos hacer lo que desees. También me desplazo». Detrás de esa leyenda se esconde un estudiante de periodismo de la Universidad Complutense de Madrid. Nació en Caracas hace 19 años y no lo trajo a España una mafia, sino una beca de estudios. «Ahora quiero sacarme un dinero extra», un sobresueldo de unos 2.000 euros mensuales.
¿Mucho? Desde luego, es un dinero rápido pese a que Alejandro no es de los que más cobran: se lleva unos 60 euros por servicio más el desplazamiento. Aunque trabaja en Madrid, se puede mover a otras ciudades. Donde pida el cliente, un varón generalmente menor de 50 años y con una situación económica aseada. De profesión, «hay de todo». Generalmente todo discurre con normalidad, aunque Alejandro admite que ha tenido que tragar quina con «algunos tipos mayores que huelen mal».
En su vida privada es homosexual, como el 22% de los hombres que venden su cuerpo en España. Una investigación de la Fundación Triángulo, realizada en 2007 en Madrid, precisa que el 30,7% de los trabajadores era heterosexual y el 46,5%, bisexual.
Alejandro está en el batallón de los que han puesto una oficina en la cama. Generalmente se anuncian por su cuenta en diversas webs o foros de páginas en las que buscan clientes, pero los que mandan en el mundo de la prostitución masculina son los 'escorts', profesionales de alto 'standing' que no trabajan por menos de 300 euros la hora y que, generalmente, colaboran con agencias de prostitución de lujo a las que pagan un dinero mensual por estar en sus catálogos. A diferencia del mundo de las prostitutas, la figura del proxeneta o chulo es residual, al margen de los casos de explotación.
«Un galán cariñoso»
Álex se define en su web como «un galán cariñoso». Es uno de los trabajadores de la prostitución de lujo para mujeres, un mercado «radicalmente distinto» al de los chaperos. En ambos se paga por el sexo, aunque las maneras son distintas, como el cliente. «Los hombres van al pim-pam-pum. Llegan, y al lío. En cambio, ellas buscan conocerte, tener una conversación, una cena, algo de cariño». Así lo explica este joven cántabro de 24 años con la espalda como un armario ropero que trabaja por encargo en toda España. No busquen entre sus sábanas el tópico de la fea que no se come un rosco y recurre a un profesional para darse un alivio. Entre las clientas de Álex abundan las mujeres profesionales de entre 35 y 45 años que «no se quieren complicar la vida en una relación» y acuden al sexo sin compromiso. «Con cariño», eso sí. ¿Mujeres de 70? Nunca le ha tocado lidiar con ninguna.
Su historia tiene algo en común con la de sus clientas. Comenzó hace dos años, después de una mala experiencia sentimental. Un rechazo, un trastorno, el ingreso en el hospital y una vida nueva sin ataduras. Tampoco se hizo prostituto de golpe: acabó la enseñanza obligatoria y se dedicó al mundo equino, como entrenador de caballos, pero desde siempre le llamaba la atención el mundo de los gogós.
Fundó su propia empresa de bailarines y strippers y una cosa llevó a la otra. «Me di cuenta de que, en ocasiones, las chicas de las despedidas de soltero pedían sexo después del baile. Por ejemplo, terminar con varias de ellas... Así empecé. Creí que se me daba bien y me dediqué a esto». Desde entonces no ha tenido que recurrir «a la milagrosa pastillita azul».
En ese tiempo no le ha ido mal. Álex cobra entre 150 y 200 euros por hora, aunque la mayoría de los servicios son de una noche entera -600 euros- o de un fin de semana completo -1.200-. «Ellas aprovechan viajes de negocios u otras ocasiones. Quedamos en una ciudad, en un hotel...». En agosto el gigoló o «acompañante de señoras», como le gusta que le llamen, cerró unas veinte citas. Él tiene sus gastos: desplazamientos, gimnasio -dos horas diarias los días de asueto- y ropa «buena», aunque lo esencial sea «la educación y el saber estar. Ellas se tienen que sentir bien contigo».
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