El muñequito se parece a Ned Flanders, el vecino de los Simpsons. Pinchas sobre cualquiera de los elementos de su rostro -pelo, cejas, ojos, nariz, boca, orejas, mejillas, mentón...- y el ordenador devuelve una paleta llena de posibilidades. Parece un juego para construir un avatar, pero la aparente simplicidad de Facette, el programa informático que usa el Grupo de Estudios Fisonómicos de la Sección de Antropología Forense de la Policía Nacional, es sólo eso, apariencia. «Si una víctima o testigo de un crimen nos hace una descripción rápida, el resultado es poco fiable», comenta uno de los inspectores de este departamento. «Las dudas, los matices, contribuyen a elaborar un retrato robot que se acerca más a la realidad. Si describir a personas con las que convivimos es complicado, mucho más a alguien que vemos durante unos segundos y en una situación límite».
El proceso suele durar más de una hora. Un vez elegidos los diferentes segmentos faciales, hay una opción de dibujo para hacer las modificaciones pertinentes. A no ser, claro, que se recurra a Google para coger prestado el pelo a alguien, como ha ocurrido con el diputado de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, cuya fotografía sirvió de base al FBI para elaborar la imagen envejecida del líder de la organización terrorista Al Qaeda, Osama Bin Laden. «Eso es una auténtica chapuza. Con los ordenadores que tenemos actualmente, ningún investigador serio partiría de imágenes previas».
El retrato robot es una de las técnicas más antiguas empleadas por la Policía Científica, pero ni siquiera los sofisticados métodos de análisis de huellas y de ADN lo han condenado al museo del crimen. De hecho, es el comodín final, el recurso del que se echa mano cuando no hay nada a qué agarrarse. Lejos quedan los tiempos del pionero Alphonse Bertillon, investigador francés que a finales del siglo XIX aplicó la antropometría a las pesquisas policiales.
Los primeros sistemas «manuales» de retratos robot consistían en láminas transparentes que se superponían o en dibujos al carboncillo elaborados por agentes-artistas siguiendo las pistas que ofrecían los testigos. Todos lo hemos visto en las películas. Después llegaron los 'identi-kit' o 'foto-kit', basados en hojas de plástico con fotografías de rasgos faciales. Hasta que la tecnología convirtió en realidad lo que hace unos pocos años parecía ciencia ficción.
«Me habéis pillado»
«El recuerdo de la víctima y la interpretación del experto son subjetivos», apunta otro investigador. «Pocas veces podemos rozar la perfección». Pero hay casos. Los agentes todavía recuerdan aquella ocasión en la que, con el retrato a medias, un policía de una pequeña ciudad reveló la filiación completa del delincuente. Se presentaron en su casa y allí estaba. «Me habéis pillado y no entiendo cómo», les soltó a los agentes.
En una urbe tan populosa como Madrid, con la misma herramienta, dar con él habría sido una quimera. El azar se cruza en el camino de los investigadores, pero no es menos cierto que la sensación de impunidad provoca que algunos 'malos' no se cambien ni la raya del pelo.
La Policía centra sus retratos en un puñado de tipos penales: las agresiones sexuales, los atracos a bancos y los homicidios. «Se me quedó mirando a los ojos y, por un momento, pensé que iba a descerrajarme un tiro en la cabeza, pero siguió caminando y pude verlo con claridad». Horacio fue testigo de un homicidio en Talavera de la Reina, un ajuste de cuentas sin que mediara ni una palabra. El autor salió del lugar del crimen como el que pasea por el parque. Pocas veces se puede contar con un testigo tan privilegiado, que aún temblaba días después al recordar la mirada de hielo de un asesino. Clavó la descripción.
Para una mujer violada, lograr esa precisión es más complicado. «Con los agresores sexuales múltiples encontramos a veces divergencias absolutas entre las víctimas, que describen al individuo con pelo moreno o rubio, ojos oscuros o claros. En esos casos sólo han apreciado una imagen distorsionada... o definitivamente no han podido ver nada. Esos testimonios dificultan el trabajo más que ayudan», apostilla uno de los policías.
Porque el técnico, además de poseer conocimientos de dibujo y de fisonomía, deberá ser un buen psicólogo y armarse de paciencia, crear un clima de confianza y saber escuchar. El trabajo se realiza habitualmente en la comisaría o en el domicilio de la víctima o testigo, al que se trasladan los expertos con el ordenador portátil. El programa empieza con un boceto, al que se añaden los diferentes elementos sin un orden establecido, ya que se suelen recordar primero rasgos significativos: un lunar, una nariz prominente, unas cejas pobladas... Una vez construido el rostro, pueden perfeccionarse sus detalles mediante editores de imágenes como Photoshop y similares, que permiten introducir las huellas del envejecimiento o el consumo de drogas, por ejemplo. «Si quedan 'huecos' importantes por rellenar, lo mejor es no seguir adelante, porque la Policía Judicial buscará a alguien que no existe».
Resultados positivos
Desde la implantación de sistemas informáticos en 1992, el equipo -formado en la actualidad por media docena de especialistas- ha realizado 271 retratos robot. El pasado año se elaboraron diez, todos de hombres; dos de ellos dieron resultados positivos y permitieron la detención de sendos agresores sexuales en Valladolid y Castellón.
Los retratos robot no son una prueba de cargo, sino una diligencia de investigación que sirve para poner cara a un sospechoso. Los agentes de Estudios Fisonómicos consumen la mayoría de sus horas en realizar estudios cráneo-fisonómicos de lo más variopintos. El rostro centra el análisis principal, pero luego se van sumando elementos corporales que rellenarán el puzle: complexión del sujeto, altura, posición corporal, rasgos significativos (un labio leporino, un hundimiento frontal característico, una nariz de boxeador...).
En estos casos, el investigador no parte de la nada, sino de un material gráfico dispar -la grabación de la cámara de un banco, de un supermercado, una foto antigua, un DNI- que se coteja con una serie de candidatos, registrados en bases policiales, sobre todo de delincuentes. Unas 300 comparativas, fotograma a fotograma, pasaron el año pasado por las manos del grupo. Claro que no les pusieron nombre a todos. «Un tercio de los que nos llegan salen resueltos para bien o para mal; determinamos con certeza si el tipo es o no. Los dos restantes les llamamos aproximativos o imposibles».