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Francia echa un capote

SOCIEDAD

Francia echa un capote

La lidia en Céret arranca con 'Els Segadors', la plaza se llena de 'senyeras' y la banda toca sardanas. Estamos en Cataluña... norte

28.07.10 - 01:53 -
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Muchos vecinos de Céret, municipio francés del departamento de Pyrénées Orientales, tienen claras al menos dos cosas: se sienten profundamente catalanes y aman las corridas de toros. El pueblecito se acuesta en la montaña, a diez kilómetros de la frontera, apenas tiene 8.000 habitantes, vive de la cereza («la mejor de Francia», proclama su Oficina de Turismo) y muestra con orgullo su propio capítulo en la historia del arte. No se trata de la habitual hipérbole localista: en 1911, caminando por las calles de Céret, Pablo Picasso y George Braque decidieron inventar el cubismo y cambiar el rumbo entero de la pintura universal.
Además de hermosos cerezos, plazas coquetas y bosques apretados, en Céret hay un museo de arte contemporáneo y una vieja plaza de toros. Quienes crean que la lidia es una cosa racial de mantilla, peineta y pasodoble y que, por lo tanto, se aviene mal con la tradición cultural catalana, tal vez deban asistir a una corrida en Céret. Los areneros desfilan vestidos de payeses y tocados con la barretina, los festejos taurinos empiezan al ritmo de 'Els Segadors' y las 'senyeras' ocupan toda la plaza: desde el palco de la presidencia hasta las banderillas que se clavan en el lomo del toro. Es cierto que la agrupación 'Cobla Mil.lenaria', de Perpignan, encargada de la ambientación musical, hace concesiones al repertorio tradicional y alguna vez se permite el 'España Cañí', pero jamás olvida tocar 'L'Estaca', el himno de libertad que compuso Lluis Llach en 1968, y siempre, antes del último toro, ataca los compases de 'La Santa Espina', acaso la sardana más popular. Por si al visitante le queda alguna duda, una pancarta colocada en lo alto del coso grita a los cuatro vientos: 'Catalans i aficionados'. Desde 1988, la plaza está gestionada por ADAC (Association Des Aficionados Cérétans), una agrupación de treinta ciudadanos de la localidad pirenaica que se definen, según su presidente, Jean-Louis Fourquet, «catalanistas y pro-corrida».
Si el Parlament de Catalunya decide hoy, en una votación histórica e impredecible, prohibir la lidia en todo el territorio autonómico, Céret se convertirá para los taurinos de Barcelona, Gerona, Lérida y Tarragona en lo que ya fue Perpignan en los tiempos de la censura cinematográfica: la válvula de escape más cercana.
«Una gran mentira»
Los aficionados de Céret, como los de Collioure, Millas o Bourg-Madame, las otras poblaciones oficialmente 'taurinas' del departamento de Pyrénées Orientales, miran ahora a sus vecinos sureños con suspicacia y desánimo. «Contemplan la prohibición como una gran mentira», explica el exmatador André Viard, presidente del Observatorio Francés de las Culturas Taurinas y editor de la revista 'Terres taurines'. «Si dentro de la sociedad catalana ha calado tan hondo la tauromaquia, no ha sido por imposición sino por gusto», sentencia Viard. «Y también porque despierta en el subconsciente muchas reminiscencias de la cultura mediterránea», apostilla.
La sospecha de que en la posible prohibición de los toros en Cataluña vayan a pesar más los motivos nacionalistas que los ecológicos indigna especialmente en la región francesa del Rousillon. «Lo que defendemos en Cataluña norte es la continuidad de nuestras tradiciones populares», explica Christian Bourquin, presidente del Consejo General del departamento de Pyrénées Orientales, máxima institución de la provincia. Bourquin expuso sus convicciones en Barcelona, en la propia sede del Parlament, ante los diputados que hoy deben decidir si prohíben o no las corridas. «Sé que la decisión es difícil y que rebasa la tradicional brecha ideológica -les dijo-, pero esas tradiciones forman parte de nuestra historia, de una herencia que hemos recibido y que conviene transmitir a las generaciones futuras». Los responsables de la plaza de Céret van aún más lejos y piensan que, bajo la hojarasca verbal de los abolicionistas, late «una confusión» entre las corridas y el franquismo.
La fascinación de Francia por los toros es antigua, como en todo el arco Mediterráneo. El Ayuntamiento de Céret reconoce que la primera corrida documentada en el municipio pirenaico tuvo lugar en 1577, todavía bajo dominación española. Algunas fuentes aluden a la influencia de la emperatriz andaluza Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, como principal responsable del reverdecimiento de la pasión taurina en el mediodía francés. Sea como fuere, los toros están permitidos en las cuatro regiones meridionales y prohibidos en las dieciocho restantes: «Aquí, tanto los vascos como los gascones, los provenzales o los catalanes los hemos hecho nuestros desde hace ya mucho tiempo», explica André Viard. Para defender su derecho a la «excepción cultural» y marcar territorio, las ciudades de Francia en las que se organizan espectáculos taurinos decidieron hace ya 40 años unirse en una asociación.
De Bayona a Nimes
Si hubiera que trazar una geografía taurina del país vecino, Nimes, Arles y la Camarga ocuparían quizá el puesto más preeminente con sus apoteósicos coliseos de factura romana, sus ferias de relumbrón, sus propias dinastías de toreros y su antigua devoción por la crianza ganadera. En la otra orilla del Hexágono, en las tierras de Aquitania, Bayona y Dax respiran una paralela pasión por las corridas y no es raro ver en cualquier escaparate (incluso en los más insólitos, como en farmacias o inmobiliarias) banderillas, carteles y otros motivos taurinos. Finalmente, en la esquina catalana del Languedoc-Rousillon, Céret se precia de abanderar el respeto purista por el toro íntegro, hasta el punto que algunos entusiastas la definen como «la Pamplona francesa».
Perpignan, la capital del departamento de Pyrénées Orientales, también cuenta con un club taurino, pero la ciudad se quedó sin plaza de toros durante la dominación nazi y nadie se vio con arrestos para reconstruirla. A cambio, un pueblecito vecino, Millas, a 15 kilómetros, sí organiza novilladas, como también Bourg-Madame, justo al lado de Puigcerdá, y Collioure, la villa marinera en la que fue a morir Antonio Machado. Los tres son municipios pequeños, que, pese a su entusiasmo, no pueden competir con las sólidas y respetadas dimensiones de la feria de Céret, que se celebra a mitad de julio. En Francia, no conviene olvidarlo, hay numerosas instituciones que luchan contra las corridas de toros, pero también hay aficionados singulares, como el presidente de la República, Nicolas Sarkozy. No sabemos aún qué piensa sobre el asunto su nueva esposa, Carla Bruni, pero el político conservador se solía dejar ver en el callejón de varias plazas con su primera mujer, Cecilia Ciganer-Albeniz, nieta del compositor español.
El Parlament de Catalunya decide hoy, a partir de las 10.00 horas, si acaba o no con las corridas de toros. Si opta por abolirlas, seguirá la senda que abrió, hace ya dieciocho años, Canarias. Será una votación pública y las dos formaciones políticas más importantes, CiU y PSC, han dejado libertad de decisión a sus diputados, lo que asegura el suspense. Los aficionados del departamento de Pyrénées Orientales seguirán el escrutinio con una mueca de disgusto. «Si atendemos al hecho cultural -concluye Bourquin-, sólo los Pirineos separan la Cataluña norte de la Cataluña sur. Esperemos que no surja una nueva división entre la Cataluña tolerante y la que no lo es».
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