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Aires porteños en un jardín granadino

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Aires porteños en un jardín granadino

El Ballet Argentino de Eleonora Cassano mostró en el Generalife la azarosa historia del tango

08.07.10 - 02:13 -
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A falta de una obra escénica, representada con toda su escenografía, en el programa de este año, bien está esta historia teatralizada del tango. Se suple así la gran ausencia que viene siendo habitual, esa deuda pendiente de nuestro festival con el género escénico. La comedia musical, opereta, ópera o como queramos llamarla, aparece y desaparece en los programas de las distintas ediciones, sin estabilidad genérica ni continuidad anual, constituyendo el baldón más opaco que arrastra nuestra muestra internacional.
El Ballet Argentino de Eleonora Cassano, que hereda y blande el nombre de Julio Bocca, nos escenificó anoche una historia del tango, desde sus oscuros inicios, en los ejidos habitados por inmigrantes europeos que habían llegado a la próspera Argentina, hasta las salones de baile o las mixturas a las tan proclives de nuestra época.
Como la historia es la historia, el guionista Elio Marcho ha creído oportuno incluir un vals, un par de aires rockeros y algo de tecno en el espectáculo, al parecer para describir el desdén de la juventud argentina a su género nacional en favor de la globalización musical. Con ello se pierde parte de la esencia misma del tango como meollo del espectáculo, aunque por suerte no se cargan tanto las tintas en lo sociológico como para que desmerezca lo puramente coreográfico.
Aires porteños en un jardín granadino. Buenos Aires en el Generalife. Y otros aires, con rugido de tormenta veraniega, agitando el arbolado y haciendo danzar las bambalinas en otro tango que distrajo a los timoratos. Pero la compañía superó todas las adversidades de la noche, apoyada por la alegría general del público por una victoria deportiva que acababa de suceder también en el hemisferio sur, desde cuya mitad del planeta recibimos el tango en Europa.
El tango es un remolino triste, una osadía cercana, un abrazo con intención. El tango no es ni indiferente ni inocente. Su compás de dos por cuatro ya habla del dos como exigencia rotunda, como bastidor para la urdimbre de la danza y del apego. No obstante, Eleonora Cassano nos muestra tangos en trío y en quinteto: el de hombres de la primera parte fue de lo mejor de la noche. Tango es abrazo sensual y piernas indicadoras del deseo. Tango es pelo recogido, moño prieto en la mujer y pelo corto abrillantado en el hombre. Tango es tacón alto y falda roja como en la pequeña apoteosis del final. Pantalón ajustado y falda vaporosa porque el cuerpo lo es todo en el tango. Tango es amor y desamor a partes iguales, sin remilgos ni medias tintas, siempre en las fronteras del pavoneo y el malandar.
Todo eso y mucho más está contenido en este espectáculo, de bella estampa aunque de reducido elenco. Un jirón de danza clásica al principio, unos aires americanos en medio, la voz de Elvis hacia el final, son pretextos para que el cuerpo de baile luzca sus habilidades. Parejas algo dispares en calidad pero armoniosas en conjunto.
El espectáculo está bien hilvanado, aunque el final resulta sosito, y a falta de una apoteosis dramática se limita a repetir dos de los mejores bailes de la noche. Sin embargo, la línea argumental se adorna de bellas coreografías e ilustra sobre las peripecias del género, desde su época de anónimos hasta que aparecieron nombres como Valentino, Gardel y, por supuesto, Astor Piazzola.
La palabra tango tiene que ver con tambor y atabal, pero el Ballet Argentino moduló la percusión a esos golpes de bandoneón que caracterizan todo tango que se precie. Música mitad grabada y mitad interpretada en directo, ésta siempre preferible. La orquestina China Cruel acompañó y por momentos protagonizó lo mejor del espectáculo, sin inmutarse por el incidente del contrabajo roto. Y mención aparte merece la cantante Karina Levine, con su presencia deslumbrante del negro al rojo y el momento cumbre de la noche, cuando cantó, con sentimiento y casi con rabia, la 'Balada del loco', de Piazzola, logrando acallar a Eolo que comenzaba a soplar molesto y exorcizar al dios de la lluvia que hizo su aparición fugaz.
Todo salpimentado con un vestuario de Renata Schussheim que evoca y no distrae de la danza con colorines ni rarezas fantásticas. Y una iluminación de Omar Possemato que tuvo en cuenta el verde vegetal y coronó de cenitales cada final de estampa. Ana María Stekelman cuidó que la coreografía fuese comprensible y nos ofreció una puesta en escena creativa y horizontal forzada por la presencia impertérrita de los cipreses del Generalife.
Noche de fiesta deportiva y amago de tormenta. Noche de aire fresco y mirada a Buenos Aires. Justo la noche en la que se cumplían 150 años del nacimiento en Bohemia de ese otro genio de la música llamado Gustav Mahler, algo olvidado en el programa del festival de este año.
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