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Las heridas de las guerras se vuelven a abrir

CULTURA

Las heridas de las guerras se vuelven a abrir

Una antología de Armand Gatti y un relato de Atiq Rahimi devuelven el horror de la memoria

23.03.10 - 01:45 -
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Comparten el horror de ver la tierra quebrada por guerras que las hirieron de muerte. A pesar de los años que les distancian, ambos conocen bien el significado de una huida temprana.
El primero, Armand Gatti, nació en Mónaco en 1924 y, antes de cumplir los 18, fue condenado a muerte, sentencia que no se cumplió por ser menor de edad, aunque siendo prisionero en un campo de concentración, el de Lindemann (Hamburgo), bien podría haber sido ése su final precipitado. Su delito: enrolarse en la resistencia contra el nazismo. Deportado a Alemania, el escritor recorrió 1.500 kilómetros en una huida a pie.
El segundo, Atiq Rahimi, nació en el 62 y la guerra en su ciudad, Kabul, le obligó en el 84 a refugiarse en Pakistán, desde donde pidió y obtuvo asilo político en Francia.
Quebrados, el dolor del recuerdo se hace visible en los dos libros que ahora edita Demipage: 'Antología' de Gatti y 'El regreso imaginario' de Rahimi.
«Esta tierra destripada. Este día que nacía cada mañana, acribillado de balas» es, mucho más que un verso del monegasco, el modo de suscitar preguntas que arrastren al lector a una toma de conciencia.
Armand Gatti huyó, pero jamás abandonó su causa más pura: buscar la verdadera revolución, la de la palabra, de la que sigue siendo un fiel militante.
El campo de concentración ha marcado algo más que su persona, su obra poética, la teatral y hasta su primer largometraje, 'El cercado', premiado en el Festival de Cannes en 1960.
Trabajó como reportero de guerra, pero abandonó la profesión para dedicarse a escribir y crear lenguajes diferentes que combatiesen el pensamiento único.
'La pasión del general Franco', recientemente traducida al español por el profesor de Filología Francesa de la Universidad de Oviedo Miguel Ángel López Vázquez y su mujer, Ángeles González Fuentes, fue escrita con el fin de recaudar fondos para la resistencia minera asturiana.
Podemos imaginar lo que sucedió cuando se representó en Chaillot en 1968: desencadenó una crisis diplomática entre España y Francia, motivo por el que se convirtió en la primera obra teatral censurada en Francia, cuando Andrè Malraux era ministro de Cultura. Ante esto, Gatti abandonó el país cuyo gobierno le concederá, en 1988, el Premio Nacional de Teatro, y más tarde en 2004, la medalla de mayor prestigio nacional que le llevó a declarar: «Esta medalla debes entregarla a mis muertos en el campo de concentración, porque ellos me han dado todas las palabras que escribo».
Ya en Francia, más concretamente en Montreuil, Gatti sigue en activo, dedicado al noble oficio de escribir y a su espacio 'La parole errante', un lugar de creación que él mismo define como «una universidad para los desheredados, para aquellos que tienen una cultura por inventar».
Reencuentro con el dolor
«Cuando en 2002, un mes después de la caída talibán, regresé a Kabul tras 18 años de exilio para escribir, fotografiar y filmar mi retorno buscaba mi propia mirada. Quería fotografiar las heridas, reencontrarme con mis cicatrices, mi dolor», afirma Rahimi antes de contarnos cómo fue el proceso de 'El regreso imaginario'.
Le habían propuesto documentar esa vuelta, a través de imágenes, pero las cámaras de última generación no mostraban la realidad que él veía y menos reflejaban su verdadera identidad.
Fue entonces cuando encontró a Maqsoud, un 'akasse fawri-zarouri', es decir, un fotógrafo inmediato urgente de los que, en las esquinas de Kabul, retratan a los ciudadanos con sus viejas y pesadas cámaras de placas.
«Le propuse a Maqsoud retratar la ciudad con su cámara. Me vestí como un afgano, pero aunque estaba en mi país y hablaba el idioma, los niños se reían de mí e incluso me insultaban», recuerda.
Fruto de esta labor nacieron las instantáneas que acompañan su relato, contando de otro modo una realidad que le pareció más una pesadilla. Unas fotografías anacrónicas y oníricas que dejan que se transluzca el desencanto sufrido por Rahimi, que pensaba que encontraría a una población harta de la guerra, del fundamentalismo y con afán de libertad, pero que se encontró con un país arrasado por el «terror negro de la guerra, devastado y deprimido» tras 30 años de contiendas.
«Heridas, eso fue lo que vimos: heridas en los muros, en las miradas, en las almas, heridas en la amistad y en la hostilidad, heridas en las palabras, heridas en el mismo corazón de las heridas», se duele en las páginas de su libro.
Premiado en Cannes en 2004 por su filme 'Tierra y cenizas' sobre la guerra afgano-soviética y galardonado en 2008 con el Goncourt por su deliciosa novela 'La piedra de la paciencia', en la que describe la dura realidad de la vida cotidiana en Afganistán a través de la confesión de una mujer, sus historias no le pusieron sobre aviso de lo que vería al renacer como ciudadano de una patria ya perdida. «Jamás pensé que ese pueblo pudiera caer en esta violencia tan atroz», manifiesta.
Dos generaciones perdidas en el terror y dos generaciones para que esa tierra vuelva a ser la de antes, se reafirma este exiliado que cree que, hasta que no llegue ese tiempo, la gente quizás no comprenderá que se puede vivir sin guerra y sin armas. Pero para eso están ellos, Gatti y Rahimi, para susurrarnos la desolación mientras muerden el corazón de la mayor estupidez humana, para intentar que, alguna vez y definitivamente, entendamos.
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