Los órganos de dos bebés y un adolescente fallecidos en Granada salvan seis vidas

Personal de la UCI pediátrica de Granada y de la Coordinadora de Trasplantes participaron en los tres protocolos para realizar las donaciones. / Alfredo Aguilar

La solidaridad de esas tres familias que autorizaron que sus hijos fueran donantes permite seis trasplantes en el mes de enero | En la provincia normalmente se producen dos donaciones pediátricas al año, pero 2018 ha arrancado batiendo récords

Ángeles Peñalver
ÁNGELES PEÑALVERGRANADA

Lo peor para una familia se convierte en la tabla de salvación para otra. En Granada, en enero, se activó tres veces el protocolo para realizar donaciones pediátricas de órganos. Esto es, tres niños -dos bebés y un adolescente- llegaron por distintos motivos a una situación de muerte encefálica, un estado irreversible que implica el fallecimiento en cuestión de días. El dolor y la generosidad de las familias afectadas se sumó a la congoja y al buen hacer de los sanitarios de la UCI pediátrica del Maternal y de la Coordinadora de Trasplantes. Juntos sacaron adelante las tres donaciones.

Mientras en Granada se vivía con angustia, profesionalidad y estrés esta situación, en diferentes puntos de España varias familias respiraron aliviadas y esperanzadas cuando recibieron la noticia de que por fin había un órgano sano para sus pequeños enfermos. Al otro lado de esa cadena de solidaridad, los médicos que hicieron los trasplantes y las familias receptoras -seis niños beneficiados con diez órganos distintos, como corazón, pulmones, riñones...- sintieron seguro una bocanada de vida y agradecimiento. «Le salvas la vida igual a un niño con un nuevo corazón que con un riñón que funcione bien», apostilla Esther Ocete, doctora de la UCI pediátrica del Maternal. «A la vez, esos padres que reciben la llamada para acudir al hospital se sienten culpables, porque ha llegado un órgano que va a salvar a sus hijos, pero eso implica que en algún sitio ha fallecido otro niño», reconoce José Miguel Pérez Villares, coordinador sectorial de trasplantes de Granada y Jaén.

El año 2018 ha arrancado en Granada con mucha intensidad, ya que lo habitual es que sólo se produzcan un par de donaciones pediátricas en la provincia al cabo del año. Y esa situación, además del vacío dejado en las familias donantes, también ha hecho mella en los profesionales tanto de la UCI como de la Coordinadora de Trasplantes.

Las lágrimas de los sanitarios

No se suele hablar de las lágrimas de los sanitarios, pero todos los que han hecho declaraciones para este reportaje sobre las tres donaciones pediátricas del último mes reconocen estar afectados anímicamente.

Tanto la pediatra Esther Ocete como el intensivista Pérez Villares aseguran que el coste emocional de afrontar tres muertes de pacientes infantiles en un mes es muy alto. «Para qué lo vamos a ocultar, lloramos, nos alejamos de los compañeros, nos recomponemos y seguimos con la tarea. Y luego te lo llevas a tu casa para muchos días», explica ella. «En esos momentos de dar la información a las familias o de ir a un quirófano para proceder a una donación de órganos de un niño te agarras a la profesionalidad y crees en tu trabajo, pero lo haces con dolor, sufrimiento y desgarrado, para qué engañarnos», apostilla él.

Al mismo tiempo, los equipos de la UCI pediátrica y de la Coordinadora de Trasplantes de Granada se esmeran al máximo para que todo salga perfecto desde el punto de vista técnico, porque al otro lado del teléfono -en cualquier punto del país- ya hay varias familias con niños pequeños que se aferran a la vida gracias a esos órganos recién extraídos. «En España, ahora mismo, hay tres niños más sanos, con un corazón latiendo, gracias a las donaciones de esos tres menores de Granada. Eso es lo positivo», abundan los miembros del equipo de trasplantes, quienes a los tres o cuatro meses de que se hayan producido los fallecimientos informan a las familias donantes de cómo se encuentra el receptor del órgano de su hijo.

«Los padres reciben una carta de agradecimiento con algunos datos -anónimos- sobre el estado de salud de los pacientes pediátricos que se beneficiaron de su donación. Eso para ellos es un pequeño bastón y una ayuda en el tremendo duelo que deben hacer después de un evento tan traumático como la muerte de un hijo», explican los miembros de la Coordinadora de Trasplantes.

Pese a lo duro de todo el proceso, los datos siguen hablando por sí solos: el porcentaje general de familias que aceptan la donación de órganos de sus seres queridos en Granada es un 85% y esa cifra se eleva hasta el 99% de respuestas afirmativas cuando quienes deben tomar la decisión de donar son los padres de un niño fallecido. «Al final, parece que donar es la única manera -si es que la hay- de justificar el fallecimiento de un menor. Ellos saben mejor que nadie qué sienten esos otros padres que tienen a sus hijos en riesgo de muerte a la espera de un órgano», se descubre la intensivista pediátrica Esther Ocete.

No hay un término

«Fíjate si es duro esto que no existen ni palabras en castellano para designar a unos padres que pierden a un hijo... hay viudos, huérfanos... pero esa realidad de perder a un hijo no se designa ni en el lenguaje... aunque al final nosotros nos aferramos a que con nuestro trabajo tratamos de evitar que muera otro niño en algún hospital», reflexiona Blas Baquedano, del equipo de trasplantes.

Pasados los meses -explica Esther Ocete- se les ofrece a los progenitores del menor fallecido la posibilidad de realizar un sesión hospitalaria para revisar junto a los médicos el caso y recibir todas las explicaciones de qué pasó y de por qué falleció su hijo. «Muchas veces vuelven y nos sentamos con ellos», abunda la pediatra.

Los equipos sanitarios de UCI y trasplantes -que en estos casos trabajan especialmente coordinados y compenetrados- insisten en una idea: «Si el bebé o el menor está en muerte encefálica, eso es una muerte sin marcha atrás, un proceso irreversible: la alternativa a eso sólo sería mantener el corazón latiendo un tiempo breve hasta que se parase. Entrar en coma -sin embargo- es una enfermedad y nosotros en un coma esperamos una mejoría del paciente y aplicamos un tratamiento. Aún así, con los niños somos especialmente escrupulosos cuando se produce una situación de muerte encefálica y hacemos absolutamente todas las pruebas existentes para comprobarla, además de dejar un tiempo prudencial antes de que el cuerpo empiece un deterioro irreversible», se despiden.

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