Tras la pista de Edgardo: el misterioso italiano de la habitación 304

Habitación 304, donde vivía Edgardo. / Alfredo Aguilar

El hombre cuyo cadáver nadie ha reclamado en un año decía ser profesor y pagaba 360 euros al mes por vivir en una pensión

Yenalia Huertas
YENALIA HUERTASGranada

La habitación de Edgardo Priori era la 304, un cuarto con una decoración austera y mobiliario antiguo, pero con mucha luz. Por ella pagaba 360 euros al mes. Pese a tener una cuenta con cinco cifras, el italiano no vivía rodeado de lujo alguno. Tras el levantamiento del cadáver, la Policía llevó al juzgado la citada maleta verde con algunas de sus cosas, pero sus ropas se quedaron allí, en bolsas. Los agentes indicaron a los dueños del hostal que si en tres meses no recibían otras instrucciones del juzgado, las donaran o les diesen el destino que considerasen.

Edgardo comía y cenaba siempre en el mismo sitio desde hacía años. Acudía a diario a un restaurante de la calle Martínez de la Rosa llamado Casa Braulio; era un hombre de costumbres. «Yo entonces trabajaba de noches y él venía todos los días a las ocho a cenar», narró ayer a IDEAL Trini Heredia, que lleva un año trabajando en el establecimiento y conocía al italiano. «Nos contaba pocas cosas, porque no se le entendía bien... hablaba en italiano. Hablaba mucho de Dios y era muy creyente», agregó, al tiempo que sonrió al recordar que «siempre nos traía unos paquetillos de jamón y de lomo y nos los regalaba. Era muy bueno».

Esta camarera nunca escuchó a Edgardo hablar de su familia, pero sabe que «era soltero». Con la dueña del restaurante, Luz Romero, también conversaba a veces, pero sobre todo con su marido y su hijo. Llevaba «nueve o diez años» de cliente y era «un hombre muy formal, muy apañado, muy educado y muy correcto», comentó Luz.

Priori gastaba de vez en cuando bromas, pero no contaba mucho de su vida. «Solamente hablaba del día a día, de la comida... era un hombre que llegaba todos los días muy temprano», rememora la hostelera, que cuando pasaron dos o tres días sin verle se acercó a la pensión a interesarse por él. Allí le dieron la triste noticia. Edgardo no comentó nunca en el restaurante que tuviera dinero, solo que vino a Granada, le gustó y se quedó. «Me dijo que había sido profesor, que era de Milán, pero ya está; tampoco hablaba mucho de su vida personal», añadió Luz. Últimamente solo pedía sopa y carne a la plancha para comer. No se encontraba bien.

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