Susurros de invierno

Humedal de La Laguna de Padul./J. E. GÓMEZ
Humedal de La Laguna de Padul. / J. E. GÓMEZ
Postales en Navidad

Tenues sonidos muestran la vida que late al borde de los senderos

JUAN ENRIQUE GÓMEZ y MERCHE S. CALLEGranada

Las hojas cayeron para tapizar los senderos con una densa capa vegetal mimetizada con la tierra. Los álamos se dejan mecer por el viento que extrae un suave canto de la flexibilidad de sus largas ramas expuestas al frío y la soledad del invierno. Es un mínimo rasgueo que emana desde las largas varas en las que al paso de solo unas semanas aparecerán pequeños brotes verdes. El sonido cambia, se matiza, emite sensaciones, a veces dulces, que pueden tornarse tenebrosas y agresivas al influjo del ánimo de la brisa. Un suave silbido, casi imperceptible, llega desde los entrenudos del viejo árbol. Desvela la presencia de una pequeña ave de color amarillo, de cabeza negra y una larga corbata que le adorna el pecho, que con su fino pico busca larvas ocultas entre las cortezas semidesprendidas, un carbonero, el ave de los mil cantos, que desde el alba al crepúsculo llenará el sendero de matices sonoros. Más abajo, el viento hace vibrar los finos tallos de los carrizos ocres y secos del invierno, coronados por dorados penachos de vilanos dispuestos a expandir sus semillas. Suenan a crepitar de fuego de hogar, un canto que se matiza ante el sonido agudo, corto y seco que llega desde el interior del carrizal, un nervioso piar que delata la presencia de mosquiteros, aves llegadas desde tierras del norte para pasar el invierno en humedales, riberas y junto a los caminos del sur.

A lo lejos un sonido gutural, rajado y cortante, un graznido que llega con el viento que mueve los sauces que jalonan las riberas, las garzas reales se ocultan entre las ramas secas de los árboles muertos que emergen entre las aguas de la turbera, donde un enérgico tableteo cuenta como los cormoranes baten sus enormes alas para secarlas.

Sobre los densos zarzales se alzan largos jopos de aneas desde las que emana un cadencioso trino que precede el vuelo del minúsculo moscón, el ave más pequeña de la fauna europea, que habita las lagunas y hace sus nidos con las nubes de semillas de las aneas.

Y entre los laureles que bordean el manantial desde el que el agua emerge para unirse a la laguna del Aguadero, en Padul, junto al 'Ojo oscuro' que comunica sus aguas con las profundidades de la Tierra, una voz de tenor, potente y rigurosa, rompe la quietud para mostrar la presencia inequívoca del ruiseñor bastardo, habitante permanente de las riberas de turberas nacidas de los grandes lagos encerrados entre las cordilleras emergidas de un ancestral mar, un humedal en el que se reproduce año tras año el ciclo de la existencia.

Son los susurros del paisaje, el canto del invierno, los signos que muestran la vida que se oculta y late al borde de los senderos, donde no existe el silencio para quien quiere oír.

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