Así fue la primera noche en el metro

. El metro pasa por La Caleta de madrugada hacia Albolote. / RAMÓN L. PÉREZ

La primera jornada nocturna de circulación del metropolitano de Granada se llena de besos, chistes, bailes, palmas, cansancio y esperanzas

Javier F. Barrera
JAVIER F. BARRERA

El metro grazna de noche. Chirrían sus mecánicas escaleras que llevan a su vientre fecundo preñado de cientos de vidas, besos, lágrimas, bailes, esperanzas. Son personas de ida y vuelta entre las paradas que median entre Armilla y Albolote esta noche que noche nochera última de verano y primera de otoño. Será una madrugada que cuando cierren las persianas de las bocas del Camino de Ronda dejará descansar una noche de historias bajo tierra y estrellas

Este jueves pasado se estrenó el metropolitano de Granada tras una década de retrasos pero con éxito arrollador de crítica y público, sobre todo de público. El viernes completó por primera vez en la historia chica de Granada su primer servicio completo: veinte horas veinte entre las seis de la mañana del viernes día 22 de septiembre y las dos de la madrugada del sábado día 23.

La jornada va a transcurrir tranquila entre las ocho de la tarde y las once de la noche y con unos vagones abarrotados de granadinos. Pero, y según la hora bruja acaricie los relojes, la medianoche despertará personajes que hasta ayer eran propios de otras ciudades con metropolitanos como el que ahora surca la vieja tripa de la ciudad de la Alhambra. Recorremos la línea completa ahora y contamos cómo fue esta primera jornada nocturna del metropolitano de Granada.

La cabeza del metro atraviesa el anochecer de Granada. / RAMÓN L. PÉREZ

20.00 horas: El trabajo de los responsables

Es la historia de Chari, que lleva el Twitter del metropolitano de Granada y está entre maravillada y superada por todas las vicisitudes que comparte la peña con la etiqueta #MetroGranada, que dan para una nueva versión del mítico ‘Todo es posible en Granada’.

Y es también la vida de Alberto, un ingeniero que quitó la primera piedra para poner el primer metro del metro y que en la noche del viernes explicaba con un entusiasmo propio de las grandes estrenos en la estacion subterránea de Alcázar Genil que "la obra ha permitido desvelar el ADN de siglos de la ciudad de Granada, al poder apreciar los estratos, los ladrillos de dos siglos atrás de cimientos de edificios ya perdidos y canalizaciones árabes con un buen puñado de siglos", explica señalando con su brazo uno a uno los elementos que permiten reconstruir el latido antiguo y rico de la ciudad.

Jesús baila mientras espera el metro en Alcázar Genil. / J. F. BARRERA

21.00 horas: El ritmo de la estación

La noche se abre según se espera en la estación y se cierra según se llega a la parada. En el andén Jesús Reina Pareja baila conectado a sus auriculares de forma desenfrenada, trotando sobre el anden con el ritmo de la estación. Suena en su dispositivo ‘For eyes about You’, banda sonora de sus vidas de catorce años que pertenecen a un estilo que él mismo explica que se llama ‘Cutting Shape’. Puede que no sea la modernidad, pero el siglo XXI vive bajo tierra con el metropolitano lleno de juventud y esperanza

Jesús está acompañado de su pandilla, compuesta por Álvaro Segovia Pérez y Darwing Vargas Salas. Es la primera vez que van a viajar en el metro y van hacia la Caleta el primero y a Maracena los otros dos. Están flipados con la estación y aseguran que les encanta. “Lo han llenado todo de luces LED y para nuestras fotos y los vídeos le dan una iluminación espectacular”, explican mientras muestran en sus teléfonos los vídeos recién grabados bailando a todo meter en Alcázar Genil.

Una 'selva' de brazos refleja el llenazo del metro por la noche. / J. F. BARRERA

22.00 horas: Como el camarote de los Hermanos Marx

¡Ale Hop! Suena un rugido como de una marea brava que bate contra el rompeolas y todos alargan el cuello para cerciorarse de que el metropolitano no es un sueño. Se detiene y todos bajan y todos suben. Hay sonrisas, expectación y un barullo inconmensurable, tal cual el camarote de los Hermanos Marx. Y al igual que en la gran película, todos sonríen. El metro en su arranque está generando endorfinas.

Las palmas resuenan en el vagón entre Armilla y Albolote. / J. F. BARRERA

23.00 horas: Palmas desde el Albaicín

La dirección es hacia Armilla. Son las once y es noche cerrada y al llegar al Zaidín desde el subsuelo, será estrellada. Las paradas se sucende con orden disciplinado. El personal del metropolitano se adivina motivado y muy eficiente. Se agradece su disposición, porque lo están dando todo, en frase hecha popular.

Uno de los hitos de este metropolitano aparece ahora cual Leviatán en la Vega: el centro comercial Nevada. Todo Granada parece que espera en esta parada para subir a los vagones. Y se suben. Misteriosamente, entran todos. Un éxito. Ya solo queda llegar hasta la parada final de Armilla. Y vuelta a empezar.

La noche recibe al pasaje en la localidad armillera con un concierto de música de banda en la plaza del Ayuntamiento y las terrazas repletas de vecinos que pegan la hebra displicentes y alegres. El metro proponía un salto al futuro y la gente lo acepta por el momento con los brazos abiertos. No se habla de otra cosa. No existen siquiera en las conversaciones los coletazos del minuto 94 del Betis al Madrid. Es significativo.

Desde Armilla repta sinuoso de nuevo el metro hacia Albolote. En primera fila del vagón de cabeza viajan Antonio, Mari y su sobrina, Rosa. Es el Albaicín de pura raza que recorre la ciudad. La madre de él es María La Canastera y la sobrina de Mari es Marina Heredia. El arte viaja en metro y Antonio comienza con las palmas y anima a su mujer y a su sobrina “con una copla para el viajesito”.

Suena entonces el sonido inconfundible y el silencio arropa las palmas con respeto. En el metro se sigue sucediendo por Granada y la vida que encierra. La magia y el alma se rompe con la nueva parada y el cascabeleo que sale de la bocina de la máquina tractora. Habrá que devolver visita al Albaicín y seguir la juerguita.

Una joven descansa sober un banco mientras espera que llegue el metro. / J. F. BARRERA

24.00 horas: La hora bruja acaricia el reloj

El metro vuelve a pasar por Alcázar Genil y sigue hacia Recogidas y Méndez Núñez. Es ya medianoche cumplida y uno se acuerda de las sardinas en lata de la merienda de antaño, cuando mozo. No hay mejor metáfora de esta hipérbole de realidad que en 48 horas desmiente el desafecto que había generado las promesas incumplidas y los retrasos acumulados en una infraestructura que pareciera que no iba a terminar nunca.

Va a tope y ya es medianoche. Lo explica con sencillez una muchacha de Albolote. “En el pueblo todos los chavales le han pillado el punto. Los fines de semana les dejan salir con hora limitada y para ir al Centro y al Nevada lo de los fines de semana hasta las dos de la mañana les viene de perlas. Están encantados”.

No todo el mundo puede ser feliz. Y no lo es. Una mujer que se ha bajado en la estación ‘Fernando de los Ríos’ y que quiere llegar a Armilla se da cuenta de que en realidad vuelve al Centro de Granada. Se queja, se lamenta, grita y se pone nerviosa. El operario del metro le explica con franqueza lo que sucede y con educación le brinda una solución tan sencilla como bajarse en la próxima y volverse a subir en el sentido correcto. La mujer se enjuaga las cuatro lágrimas fruto del contratiempo y ya, más calmada, acepta el consejo. El metro sigue su curso Todo en orden de nuevo.

Una pareja se despide tal llegar a la parada que les separa. / J. F. BARRERA

01.00 horas: Entre chistes, besos y el cansancio

Es la una de la mañana y el vaivén metropolitano sigue su curso. Los vagones que por la Carretera de Jaén embocan hacia Albolote están llenos. El que se cruza y vuelve a Granada lleva un cuarto de pasaje. Pero las anécdotas, al contrario, crecen. Los hay que se lo toman todo a cachondeo y hacen bromas imposibles con los nombres de las paradas del metropolitano. Es un sumun de malafollá granaína.

“Esta es la parada Luis Salvador”, suelta uno que casi se deja la cabeza en la puerta automática mientras hace la gracia menos graciosa de sacar la testa y aguantarla hasta el último segundo antes de que cierre. Los pasajeros le afean el gesto y él en vez de encararse explica “que pasar del burro al metro tiene su aprendizaje”, y refrenda que él está precisamente en eso, justo cuando el vagón para en la estación denominada ‘Jaén’: “Anda, ya nos hemos pasado hasta de ciudad”. Y la gente se despelota de risa. Por cierto, que no se llama la parada ‘’Luis Salvador’, como el líder de Ciudadanos, sino ‘Luis Amador’.

Las caras ya pintan cansancio, combinado con las que han roto en risas tras algunas cañas bien tomadas. El pasaje vuelve a su casa y ya, es la una y media de la madrugada. La jornada se ha hecho larga para los que madrugaron el día anterior, viernes. Es sábado y aunque comienza el fin de semana muchos llevan trabajo de toda la semana en su mochila y en su regazo. Los hay que siquiera quieren separarse. Una pareja de jóvenes se acurruca en un asiento y entrelazan dedos y miradas. Llega la parada y toca despedirse con un beso que de repente se multiplica apresurado. Siempre hay tiempo hasta que se cierren las puertas.

La boca del metro de Alcázar Genil cierra su persiana. / J. F. BARRERA

02.00 horas: Los últimos de la noche

Queda poner fin a la jornada y dejarlo todo listo para la que viene. Serán entonces las dos largas de la mañana. El tren que llegó hasta Albolote duerme ya en las cocheras de Cerrillo de Maracena. Pero el que llegó hasta Armilla tiene ahora que desandar el camino prácticamente entero, ya vacío. Las tres estaciones subterráneas -Méndez Núñez, Recogidas y Alcázar Genil-, se disponen a apagan las velas.

Guillermo es el encargado de echar la llave en la estacion de Alcázar Genil. Lleva a pie de andén toda la jornada y no se le ha borrado la sonrisa. Atiende ahora a un grupo de tres mujeres que ha bajado a ver la estación y que no deja de hacerse ‘selfies’. Flanqueado por el guardia de seguridad, explica que ya ha pasado el último tren que va hacia Albolote y que luego se dirigirá a cocheras en Cerrillo de Maracena y que está a la espera de que pase el que viene de Armilla, ya vacío, también para dormir. Son las dos y media de la madrugada.

Guillermo se encargará ahora de cerrar, al igual que sus otros compañeros en las estaciones subterráneas de Recogidas y Méndez Núñez, las persianas de las bocas del metropolitano y los ascensores. Se hace pulsando un mando a distancia y despacito, la persiana hace de pestaña cansada que busca dormir en cuanto llegue al asfalto de la Redonda, arriba en la superficie.

Guillermo se irá a su casa y no volverá hasta el turno del sábado de las cinco de la tarde. La estación, sin embargo, no duerme. En su interior las luces siguen encendidas y el guarda de seguridad hace la ronda. La brigada de limpieza compuesta por media docena de operarios uniformados con las tipografías y logos del metro limpian la estación para que al punto de la mañana, apenas cuatro horas después, los viajeros se la encuentren como el día del estreno.

Limpian los cristales de las bocas y limpian los suelos y las escaleras mecánicas. Emplearán el resto de la madrugada hasta que reabra para prestar su tercer día de servicio. No son los únicos que dan vida al metro. El personal de mantenimiento recorre estaciones, vías y túneles comprobando el estado de orden de la infraestructura. La noche es larga en el metropolitano.

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