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Respirar las cenizas del volcán es nocivo pero los campesinos saben muy bien que lo peor para la salud es quedarse sin cosechas ni ganado

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Parece un mundo a medio hacer, como si un creador perezoso se hubiese echado a dormir después de aplicar unos cuantos toques de color verde. Pero, en realidad, se trata más bien de un mundo a medio destruir: los indonesios que viven alrededor del monte Merapi tratan de acostumbrarse estos días a la nueva apariencia de sus paisajes, esa fantasmal escala de grises que ha ido creando el volcán con sus sucesivas erupciones. Del gigantesco cenicero emergen las formas de las plantas de maíz, de las motocicletas abandonadas, de las estatuas de Buda, de los cadáveres. La cuenta de los fallecidos ya va por 151 y la de los desplazados asciende a 320.000, pero muchos de estos supervivientes entablan un peligroso juego con el volcán: cada vez que cesa una erupción, se aventuran hasta sus huertos y sus cuadras para ver qué les queda, exponiéndose a que el Merapi despierte de pronto y les convierta en un elemento más de la naturaleza muerta.
Los expertos alertan de que respirar esta ceniza es nocivo, pero los campesinos saben muy bien que lo peor para la salud es quedarse sin cosechas ni ganado, así que intentan salvar lo que pueden. Los científicos dicen también que, paradójicamente, este depósito de material volcánico beneficiará a largo plazo a los agricultores, porque actúa como un fertilizante. Pero eso, como las tímidas pinceladas verdes de la foto, no basta para dar esperanza a nadie.

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