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Como Qin Shi, primer emperador de China, quería vivir eternamente, tomaba una poción de la inmortalidad. Sin embargo, fue esa misma poción la que lo llevó a la tumba cuando aún no había cumplido 50 años. El brebaje contenía mercurio, un veneno progresivo y letal. Obseso con las fuerzas espirituales, con la juventud, con el más allá, este hombre no supo ver lo obvio: que era su ansia desmedida de existencia la que le arrebataba la existencia.
Así nuestra sociedad, esta pobre sociedad española, herida de culpa, avergonzada de su pasado. Tanto, que inconscientemente lo calca. Esta sociedad que nos habla de leyes, de igualdad, de educación, de ciudadanía, y que conculca sistemáticamente la ley, la igualdad, la educación y la ciudadanía. Una sociedad que quiere denodadamente ser santa pero que justo por ello se torna perversa. Una sociedad a la que le está ocurriendo como al emperador de China: que agoniza por envenenamiento. Y los envenenadores no son sólo los políticos. Es también la incultura del pueblo, su ceguera, la intolerancia hipócrita de quienes exigen sin cumplir. Es la falta de visión, la falta de profundidad, la falta de matices. Cuanto más énfasis, mayor el error.
Les ocurre hasta a los considerados sabios. Le ocurrió a Darwin. Concebía la vida como un mecanismo en el que los engranajes más eficaces hacen extinguirse a los obsoletos. El pensamiento, la voluntad, el inconsciente, no ejercían papel alguno en su esquema. Y, sin embargo, él sufrió una larga y extraña enfermedad que lo hizo estar literalmente preso en casa durante veinte años. Se decía que el origen estaba en la picadura de un mosquito de la Pampa. Y, sin duda, esa picadura le había afectado las defensas. Pero la verdadera enfermedad de Darwin era mental, una enfermedad del alma. Padecía por el secreto que guardaba. Había descubierto que todo lo que vive evoluciona, pero no se atrevía a proclamarlo. Tenía miedo. Sólo cuando, espoleado porque otro científico había llegado a ideas semejantes, publicó 'El origen de las especies', su enfermedad desapareció de la noche a la mañana. Y pudo abandonar su encierro y vivir a pleno pulmón.
La enfermedad de Darwin era psíquica. Y, sin embargo, nunca contó con el psiquismo como otro de los pilares de la evolución. Jamás sospechó que la materia pudiera ser inteligente, como ha demostrado la física cuántica. Nunca pensó que la materia fuese, en el fondo, algo mental, según expresó sir Arthur Eddington: «El universo está compuesto de materia mental».
Terrible que no veamos lo que tenemos ante nuestros propios ojos. Tal vez debamos cerrarlos para comenzar a entender. El pecado de nuestra sociedad se llama insomnio. Tenemos los ojos demasiado abiertos y durante demasiado tiempo. Estamos permanentemente en alerta. Usamos en exceso la voluntad. Le damos completa entidad a lo que vemos y ninguna a nuestros sueños. Por eso la sociedad occidental está enferma. Como el emperador de China. Como Darwin. Una sociedad que se ignora a sí misma, ciega para vislumbrar que lo que busca está ya aquí, al alcance de la mano, y que no hay que luchar por nada. Todo cuanto merece la pena es siempre regalado.

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