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TRIBUNA

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Amor...o nada
Q UÉ es el amor? ¿Por qué nos arrasa? ¿Por qué cuando nos enamoramos tenemos la sensación de volver a nacer? Las cosas cobran relieve, todo se torna nuevo, los momentos se hacen irrepetibles, marcados a fuego en nuestra memoria. ¿Qué es esta cosa extraña que fluye en contacto con la persona amada?
Desgraciadamente sucede muy poco. Los amores reales se pueden contar con los dedos de una mano y hasta nos sobran dedos. No me refiero a los amoríos, sino a ese amor rotundo, palpable, cuando todo nuestro cuerpo vibra, se deshace, se funde. Me refiero a esa intensidad que vuelve significativo hasta el último segundo, cuando sabemos que vamos a encontrar a quien amamos. Me refiero a la detención del tiempo cuando se está en presencia del amado, cuando para los demás pasan las horas, pero para los amantes sólo hay un eterno presente, un presente ubicuo, fúlgido, extático. Hablo de este amor que abre los poros, que produce vértigo en las entrañas, que resplandece sobre los enamorados como un prodigioso halo. De ese amor tan intenso que, aunque se lo oculte, salta aquí y allá, emerge, se desborda.
Insoportable amor
En nuestra sociedad no hay nada más insultante que dos personas que se aman. Todo salta hecho añicos antes ellas. Ante la luz que desprenden los enamorados, se revela la falsedad en que vivimos. La inania en la que nos sostenemos. Y resulta insoportable. Y sentimos el ansia secreta de destruir tanta claridad, tanta potencia, tanta comunicación. ¡Por los dioses, qué agravio ver a dos personas enamoradas! Pero no enamoradas al triste modo de hoy, en ese proceder de contraprestaciones utilitarias y triviales, en ese intercambio de tristes favores, sino enamoradas con el amor perenne, el amor de los viejos mitos, el amor de Helena y Paris, el de Drácula y Mina, el de Margarita Gautier y Armando Duval, ese amor con el que se pierde hasta el miedo a la muerte. Un amor que casi no existe ya en nuestra sociedad, pero que podría de nuevo aprenderse, porque basta con que nos digan que no es una entelequia para que nos abramos a su hallazgo.
Basta con tener fe en su existencia y no hacer nada. Porque las cosas verdaderas vienen a nosotros. Quien vive en la angustia de encontrar un amor jamás lo hallará. Pero quien simplemente está en disposición de acogerlo, sentirá que llaman a su puerta. Notará que es el amor porque esas llamadas sonarán de un modo diferente. Porque su cuerpo vibrará de otro modo. Porque el gong traerá ecos ancestrales. Porque no sólo reverberará su cuerpo, sino otros cuerpos, otras edades. Porque el sonido abrirá una fuente subterránea. Y porque la puerta se abrirá misteriosamente, más allá de su voluntad. Y es que la aldaba del amor es siempre un "¡ábrete, Sésamo!". Si somos nosotros quienes tenemos que abrir la puerta, no es el amor el que llama. Cuando el amor llama, la puerta se abre sola.
¿Qué es?
¿Qué es el amor entonces? ¿Por qué llega siempre a nosotros de forma inesperada? ¿Cómo algo numinoso? Dicen los expertos, quienes han meditado en la conciencia, que, más allá de nuestro pobre ego, hay un campo superior, vasto, abismal, como un universo, y que nosotros somos ese campo y no el desarrapado ego con el que nos identificamos. Y dicen que el amor abre un agujero hacia ese universo. Que somos como el casco de una nave en el que se hace una fisura y el océano comienza a anegarla. El amor abre esa fisura. Y el océano penetra en nosotros. Penetra el que somos realmente, desbordando el que creemos ser. Y entonces la dicha nos inunda. Nos inunda la plenitud. Nos inunda la consciencia. Las cosas recobran el relieve que nunca deberían haber perdido. La entidad que tuvieron en la niñez. La maravilla que desprenden para los meditadores. Ya no hay pasado ni futuro, sino un eterno presente. El mismo presente en que existe todo, porque el pasado y el futuro son un engaño de nuestros sentidos.
La amada o el amado son la puerta al más allá. Son el infinito. ¿Cómo no vibrar en su presencia? ¿Cómo no vivir sólo para el encuentro? Por eso, frente el amor, caen todas las prioridades. Palidecen la ambición, la codicia, la fama. Sólo la presencia del amado importa. Sus palabras. Sus gestos. Sus abrazos. Los ritos que ha creado el amor. Porque todo amor inaugura una nueva religión. Y no hay religión sin ritos. Los verdaderos amantes crean una iglesia.
Los amantes conocen la alegría real. Y también el sufrimiento real. En la vida cotidiana, no nos alegramos ni tampoco sufrimos realmente. Vivimos en un sucedáneo de realidad. Sin embargo, el amor confiere una dicha total. Y también una desgracia total. Con el amor, ascendemos a los confines del universo y nos hundimos en los más pavorosos infiernos. Masticamos las aristas de la existencia. Y todo, tanto el contento como la desesperación, están teñidos de una extraña belleza. Porque la euforia y el miedo de la cotidianidad son insustanciales, pero la plenitud y el desangrarse del amor son arrebatadoramente hermosos. Dejan huella. Nunca pueden olvidarse.
En el amor, somos. Y todo en nosotros está hecho para ser. Para conocernos. Para explorarnos. Para ensancharnos. Así que, en el fondo, el amor no es sino una llamada a ser nosotros mismos. Curiosa paradoja la de que aquello que nos saca de nuestros límites nos lleve precisamente a ellos. El amor rompe los límites aparentes y nos hace ver nuevos confines. El amor viene y nos dice: "Tú no eres lo que crees. ¡Eres más! ¡Mucho más!". Y nos enseña que somos el mundo entero, la galaxia, el universo, el cosmos, la materia oscura.
Amor siempre
Ojalá pudiéramos vivir siempre envueltos en el amor. Cuando se está enamorado, parece imposible haber vivido de otra manera. Y da miedo regresar a los estrechos cauces de la sensatez. Qué miseria entonces. Qué pobreza. Perder de vista a Dios para estar rodeados de muertos vivientes. Porque sin relieve, sin plenitud, todo parece un cementerio. Hasta el sol está lleno de sombras, de telarañas. Sin amor, nos arrastramos como gusanos. Las cosas intrascendentes vuelven a ocupar nuestro tiempo: el trabajo, la ambición, el dinero, los deberes, la respetabilidad... Las mismas cosas que se habían desecho como papel mojado frente al amor. Las mismas cosas ridículas que habíamos despreciado frente al amor.
El amor no tiene por qué irse. Ya sé que la sociedad occidental afirma lo contrario. Que dice que el amor dura un par de años y que después se sustituye por el desencanto, por la ternura o la familiaridad. Pero es una crasa mentira. El amor real se instala en los tuétanos y no desaparece nunca. Ya lo sabía Quevedo cuando expresó que las cenizas de quien ha amado «polvo serán, mas polvo enamorado». El amor no sólo llega hasta la muerte, sino que va más allá de ella.
¿Soy un romántico? Tal vez. Pero quienes han amado me comprenderán. Y sabrán que es cierto lo que digo.
Te deseo que ames. Que ames de verdad. Y si no, permanece solo. No te vendas. No merece la pena. O todo o nada. Pero si eliges la nada, no te quepa la menor duda: el amor vendrá a ti como un viajante que llama a tu puerta. Sólo que el timbre no sonará de la misma forma. Entonces, sólo entonces, abre.

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