ESTUDIANTE de secundaria, qué malos tiempos te han tocado. Cuando yo tenía tu edad, el curso comenzaba en octubre. Había unas vacaciones largas, inmensas, maravillosas. Un tiempo para sentirse uno mismo, para buscar, para perderse, para descubrir. Sin haber dejado el instituto, me harté de viajar por España y Europa. Trabajé un par de veranos de camarero. Y como extra en una película. Y escribí relatos. Y comencé una novela. Y leí mucho. Y verás, se aprendía lo mismo que hoy o más.
Los políticos han rebajado los conocimientos hasta tal punto que hoy estudiar y no estudiar significan casi lo mismo. ¡Y tú necesitas aprender, sentir, anegarte en lo nuevo! Sin embargo, cualquier documental de televisión te da más que un mes en el instituto.
Los políticos han rebajado a los profesores hasta tal punto, les han metido tanto miedo en el cuerpo, les han hecho rellenar tantos formularios abstrusos, les han puesto tantas triviales reuniones, que ya no tienes delante a hombres ni mujeres, sino a sombras chinescas, seres angustiados e impotentes cuyos objetivos se reducen a uno sólo: salvar el pellejo. ¡Y tú necesitas personas de carne y hueso, asentadas en la vida, sin miedo, osadas, perspicaces, heterodoxas! Cualquier vagabundo te puede ofrecer más que estos profesores.
Y ahora quieren ir a por ti. El conocimiento está ya en prisión, porque, con tantos debes y abstentes, no puede levantar las alas. Los profesores están ya en prisión, porque, con tan ruin marcaje, no pueden ser ellos mismos. Y ahora te quieren meter a ti también en la cárcel. De hecho, tienes ya un mes menos de vacaciones que los estudiantes de hace diez años. Quieren quitarte tu tiempo libre para darte esos sucedáneos de conocimiento que se imparten en las aulas españolas. Como no enseñan nada, creen que ampliando los días lectivos tal vez aprendas más. Confunden la cantidad con la calidad. Como ilusamente confunden las leyes con la transformación social.
Por supuesto, tu aprendizaje será igual de exiguo que hasta ahora, pero ya tampoco tendrás tiempo para aprender de la vida; para perderte en el ocio amplio, profundo, creativo.
Le tienen miedo a tu ocio. A que pienses. Le tienen miedo a tu libertad. Por eso te han quitado los conocimientos. Por eso te han quitado a los profesores. Y por eso te quitan ahora las vacaciones. Y, sin embargo, tal y como estaban las cosas, eres de los estudiantes de Europa que más tiempo pasan en las aulas. Ahora todavía pasarás más. Y estarás más harto. Y tus profesores estarán más cansados, más llenos de miedo, más inconscientemente irritados.
Van a por ti. Quieren sajarte de la aventura y convertirte en ese ser plano, obediente, sumiso y estrecho mental al que ellos llaman «buen ciudadano». Quieren esposarte. Y emplearán, como han hecho con el conocimiento y con los profesores, las leyes y el miedo. Para que no seas tú, sino uno más. Para que no pienses por ti mismo, sino como hay que pensar. Para que no te pierdas por originales derroteros, sino en el inofensivo botellón. Para que, en lugar de leer o investigar, veas televisión o bebas litronas. Como los proletarios hartos de rutina.
Quieren matar el ocio fecundo. E instaurar el ocio breve y reglado. Para eso vas a clase, ¿no? Es lo único que desean: que seas previsible. Por eso te apresan.