Cálida mañana en la Puerta del Sol. Ajetreo festivo. Entro en una cafetería. Frente a mí, una joven pareja con un niño. Sentados en una mesa, el hombre abraza amorosamente al niño. La pareja habla tranquilamente. Dan una imagen idílica. Han salido a pasear, han merodeado por la plaza Mayor, le han comprado un juguete al niño, y ahora se toman pausadamente una cerveza. Siento envidia. Me gustaría estar en el pellejo de uno de ellos. Ésta es la verdadera felicidad. Estos momentos dichosos de los que probablemente ni siquiera son conscientes. Este "dolce far niente". Ese niño que se rebulle entre los brazos de su papá. Esa mujer que los mira admirada y amorosa. Me proyecto en ellos y, durante media hora, mientras tomo mi cerveza, soy uno de ellos. Y siento su felicidad. Su plenitud.
Pero cuando estoy a punto de pagar para seguir mi paseo, la mujer alza la voz y la escucho decirle al hombre: "¡Estoy segura de que tú no me quieres!". Siento como si me hubieran dado una puñalada. La cara del joven se ensombrece. Sigue con el niño, pero ahora es más bien una barrera, un amparo contra lo que le ha sobrevenido.
TRAGO saliva. Se me han ido las fuerzas para salir de la cafetería. ¿Cómo puede haberle dicho eso al hombre? ¡Pero si es palpable que la ama! ¡Pero si no hay que ser muy observador para ver el lazo de amor que lo une a ella! ¡Pero si son una familia en el cabal sentido de la palabra! ¡Lo tienen todo! ¡Y lo más difícil: el amor! Pero ahora hablan con una astilla de hielo en el corazón. La magia se ha volatilizado. La eternidad en la que estaban se ha hecho añicos. Y se levantan en silencio y se marchan.
El hombre sigue con el niño pero ahora su rostro pinta la desolación y la angustia. El abismo se ha abierto bajo sus pies. Salen de la cafetería. Ella es una buena mujer. Él es un buen hombre. Tienen un niño que sería un buen hombre si sus padres siguieran juntos. Pero la ruptura se ve. Un precipicio se ha abierto entre ambos. Se divorciarán en un par de años. Antes tal vez. ¡Y, sin embargo, se aman! Se aman mucho. Por eso la separación será un golpe brutal para ellos. Se condenarán a buscar en otros el amor que ya tienen. Y no lo encontrarán. Y cambiarán de pareja como se cambia de kleenex, desesperadamente, angustiosamente, tratando de sentir la totalidad que han sentido en la cafetería y que sólo existe cuando existe el amor de verdad.
El gran problema, el problema terrible, es que la mujer no se considera digna de ser amada. No es algo consciente. Lo lleva arraigado en lo más profundo. Tal vez viene de su infancia, de su adolescencia, pero, aunque ama y ama mucho, no se cree merecedora de la reciprocidad. ¡Y mira que la ama el hombre! Pero ella se inflinge la herida de no confiar en su amor. El amor del hombre es desbordante y, sin embargo, ella lo desdeña suicidamente.
EL amor es un caudal poderoso pero invisible, como las radiaciones atómicas. Si no es recibido, se vuelve como un boomerang y arrasa cuanto encuentra en torno. Negando el amor, la mujer está creando un desastroso tornado que los destruirá a los tres. Pienso lo a menudo que nos producimos heridas semejantes. Porque tenemos miedo del amor. O porque no nos consideramos dignos de él. O porque sentimos horror de darlo en la proporción en que se da el amor: de manera infinita, permanente y eterna. Y nos agarramos a amores mediocres, ciudadanos, calculadores, chiquititos, amores tipo 'do ut des' (doy para que des), amores absolutamente insatisfactorios, triviales, patéticos. Y acostumbrados a que no nos amen de verdad o a no amar de verdad, no somos capaces de reconocer el Amor cuando llega. Recelamos. Desconfiamos de él. Y le aplicamos el rasero de otras veces: «¡Tú es que no me quieres!». Y en las ocasiones en que no nos aman de verdad, el reproche funciona. Crea culpabilidad y la culpabilidad maneja a las personas. Todo amante que finge que ama se siente culpable. ¡Pero cuando el amor existe de verdad y la persona amada no cree en él, es como si te apuñalaran! ¿Tú también Bruto, hijo mío? Cuando una partícula es confinada, enloquece. Cuando el amor es desdeñado, crea un agujero negro. Si la mujer le hubiera dicho al hombre «¡sé que me amas! ¡Y siento tu amor!» no sólo habría acertado; habría vuelto a alimentar el amor. Porque cuando creemos en el amor, creamos más amor. El amor se alimenta del amor. Cuando un amante nos molesta o nos irrita o nos decepciona y le decimos «sé que me amas a pesar de lo ocurrido», el desamor se volatiliza, se volatilizan las amenazas, el diablo del desamor sale huyendo espantado, y Cupido nos cubre de nuevas y amorosas flechas. Pero el problema es que la sociedad actual no cree en el amor. Esta sociedad secularizada ha secularizado el amor. El amor de verdad tiene algo de sagrado, de misterioso, de insondable. Pero en un mundo estúpido que se recarcajea de cuanto no sea trabajar y comprar, ¿qué amor va a haber? Sólo hay espacio para un sucedáneo utilitarista. Y por eso se multiplican geométricamente las empresas de contactos. Cada vez hay más. Personas desesperadas que van de un amor a otro como los monos de la selva van de liana en liana. Personas que dejan tiradas parejas... porque no se creen dignas de ser amadas. O porque no saben lo que es el amor. Personas que aman con un debe y un haber por delante. Que miran el amor desde la lógica. Doy para que des. Personas que renuncian a la única locura que nos permite el mundo moderno: la del amor. O que nos permitía. Porque ésta tampoco se estila ya. "¡Chica no me digas que tu novio no va a recogerte al trabajo! ¡Yo lo dejaría!". "Tío, ¿qué a tu mujer siempre le duele la cabeza cuando quieres hacer el amor? ¡Sepárate!". Intereses. Balanzas. Superficialidad. Fingimiento. Victimismo. Esto es lo que supuran los tristes y descafeinados amores de hoy. A esto es a lo que apestan gran parte de los hombres y mujeres con quienes nos cruzamos en la calle. A este amor de quita y pon. A este amor que es una traición al amor y a la persona supuestamente amada.
PERO el rosario va por dentro. Por dentro van la insatisfacción, la angustia, el dolor. ¡Porque hemos nacido para amar y ser amados! No para tener un compañero o una compañera, alguien con quien aliviar la soledad, salir a tomar unas copas, hacer un viaje, sino para sentir la efervescencia del amor. Para ser asaetados, bailados, anegados por el amor. Nada es comparable a esta totalidad. Una totalidad que todos deberíamos sentir, en la que todos deberíamos sumergirnos. Pero nos la han hurtado. Nos la hemos hurtado. El consumismo, los politicastros, el feminismo de alpargata, los leguleyos, han venido a ponerse en medio del amor. Y han hecho que éste se retire a sus cuarteles de invierno. Y así, en este invierno madrileño, veo marchar cabizbajo a ese matrimonio con su hijo. Tienen el amor, pero lo ignoran. Tienen lo máximo, pero obedecen a los asesinos del amor. Sienten hambre de amor y, sin embargo, poseen en cantidades industriales el alimento que ansían. Así serán manipulados por unos y por otros. Porque dos personas que se aman son imbatibles. Pero si introducimos en ellas las astillas del recelo, de la duda, entonces las hacemos frágiles, obedientes. Allá van un hombre y una mujer que podían haber sido más poderosos que el más poderoso de la Tierra, pero que, sin embargo, se están inmolando a los devoradores del amor. Luego nos toparemos con ellos en las webs de contactos.
«Tú es que no me amas». Y, en efecto, matamos el amor con nuestra incredulidad. La única esperanza contra el fin de la civilización, la que en medio del horror mantuvieron incluso visionarios como Orwell, el descubrimiento griego que transformó Occidente, desaparece como el agua sucia entre los dedos del hombre y de la mujer insustanciales de nuestros días.