Mañana vuelve a respirar el niño. El niño que jamás ha muerto. Es el niño que siempre va conmigo, el que indaga, el que descubre, el que juega, el que trae alegría a la tristeza y dicha a la alegría. El niño que no teme, que transgrede fronteras, que molesta, que causa risa, que escandaliza, que enloquece. El niño que saca a los adultos de sus casillas, que irrita a los instalados, que rompe etiquetas, que hace refunfuñar a los que están muertos, el niño que enamora, el niño que se burla, el niño que ama.
El niño que se pondrá morado en la cena de nochebuena y con el que subiré a las Tomasas, para que participe en la ceremonia que oficia el padre Cañavate. ¡Porque el niño no se duerme cuando está rodeado de belleza! Y tampoco se duerme cuando se entera de que ha nacido otro niño.
El niño que se extasiará con el rito del gallo y que escuchará a las hermanas cantar, y que luego irá a hablar con ellas y a paladear sus amorosos dulces. El niño que les hablará y les hará preguntas comprometidas y querrá saber continuamente y no se saciará nunca de sus respuestas.
El niño. Mi niño. El niño que siente la magia de lo aparentemente anodino, para el que nada es trivial, que se apasiona por bagatelas, que se entusiasma ante lo más nimio, que ve las cosas siempre por primera vez, el que recuerda sin bruma, para el que las luces tienen más luz y las sombras más sombras, para el que la belleza es más belleza, y los amigos más amigos. Allí estará, con sus queridos Emilio Atienza, con Nicolás Palma, con Fernando de Villena, rebulléndose entre ellos, pronunciando la dicha de estar frente a las rejas que lo separan de las hermanas, el niño que sabe que el poeta está también allí, el niño que lloró cuando le contaron su asesinato y que, a veces, recita sus versos.
Revive el niño, toma oxígeno, se alimenta y absorbe energía para todo un año. El niño que no crece, porque para los niños todo es un eterno presente, el niño que sabe que un minuto dura para siempre y que él nunca será joven ni viejo. El niño al que le debo cuanta curiosidad siento, cuanto escribo, cuanto me maravilla, cuanto me arrebata. Este niño que no es Peter Pan, sino el niño habitando en mí, el niño abrigado en mi morada madura, en el que soy sin querer ser otro ni tener otra edad que la tengo, pero el que me arrastra, el que me sorprende, el que me embarga. El niño que, en todo caso, es el niño Jesús, al que rezaba de pequeño, al que veía sonreír en el Belén, en el que me reconocía, el niño que nacía una y otra vez como nace en mí. El niño que enciende el corazón, el que conecta con lo ignoto, el que te impele a autoconocerte, el niño que siempre quiso que yo fuera un hombre, y que no fuera unidimensional, y que fuera libre, y que fuera fiel a mi mismo, y que fuera complejo, y que no temiera a la estupidez ni a la mentira, y que hiciera oro del sufrimiento y riqueza de la carencia.
El niño que vive para que yo pueda amar. Gracias, niño, por el amor que siento.