Por más que los científicos miden cráneos, analizan cerebros o monitorizan la actividad mental, cada vez estamos más lejos de saber qué es la inteligencia. No reside en el tamaño del cerebro ni en su peso ni en su volumen. Las mujeres tienen el cerebro más pequeño que los hombres y, sin embargo, no sólo su inteligencia es idéntica, sino que el récord de coeficiente intelectual lo tiene una mujer, Marilyn vos Savant. ¡Pero incluso su coeficiente varía según el día en que le realizan los tests!
El coeficiente intelectual (CI) representa, por otra parte, una islita en el cerebro, el que ha sido llamado "punto G cerebral", por lo que no es ni mucho menos toda la inteligencia, sino una ínfima parte, como una mota en un océano. ¿Dónde radica pues el resto?
Sin cerebro
Las investigaciones del neurólogo británico John Lorber son revolucionarias. Quizá la más espectacular de todas provenga del estudiante que le fue remitido porque tenía la cabeza un poco más grande de lo normal. Lorber descubrió asombrado que, si bien el chico tenía un CI de 126 y era un brillante alumno de matemáticas, "virtualmente no tenía cerebro". Su cráneo estaba revestido interiormente por una delgada capa de células cerebrales de un centímetro de espesor... ¡y el resto era sólo líquido cefalorraquídeo!
Resulta inquietante el hecho de que el hombre de Flores, ese ser minúsculo que fue descubierto hace cinco años en Indonesia, tuviera un cerebro más pequeño que el de los chimpancés, pero, sin embargo, estuviese rodeado de los mismos objetos de sílex e instrumental que nuestros recientes antepasados, lo que demuestra que tenía su misma inteligencia.
Hay científicos que comienzan a considerar que la conciencia no está tan atada al cerebro como pensamos. Hoy se esgrime la teoría de que el yo es como un receptor, es decir, es capaz de conectar con una información que no es local. Esto explicaría algunas de las más inquietantes experiencias al borde de la muerte, como la que tuvo en 1991 la compositora y cantante norteamericana Pam Reynolds. Tras descubrírsele un aneurisma, fue sometida a una complicada operación en la que se le detuvo la actividad cerebral. Cuando volvió en sí, Reynolds "recordaba" no sólo quiénes la habían operado, sino con qué instrumental, qué habían dicho, que dificultades habían tenido... Lo había visto todo, hasta en sus más mínimos detalles. Y había estado sometida a unos controles tan estrictos, que el doctor Michael Sabom considera que nos encontramos ante un experimento de conciencia extracerebral que cumple todos los requisitos científicos.
Desde luego, cuanto más buceamos en el cerebro, más no topamos con la nada. Pasa lo mismo con la materia. Cuanto más lejos llegamos en su observación, más nos encontramos con el vacío, y ya se baraja la idea de que la materia es simplemente una fluctuación de la nada. En otras palabras, la realidad que creemos contante y sonante sería más parecida a una realidad virtual. El mundo no existiría. O existiría de otra manera a como lo pensamos. Y lo más parecido a la realidad última de todo sería la mente.
Si hay algo parecido a la realidad última de la materia es, pues, la conciencia. La división entre materia y espíritu comienza a antojársenos una estupidez. Ya se está considerando que hasta una piedra es inteligente, puesto que las partículas que la componen tienen inteligencia.
La inteligencia es la capacidad de elaborar mensajes y transmitirlos, o bien de recibirlos y entenderlos. Y las partículas están continuamente enviando y recibiendo mensajes. Como consecuencia, cambian, se transforman, se unen o se separan. No son, pues, un mecanismo ciego. Portan muy diversas posibilidades y las realizan imprevisiblemente y según les interesa. Ésta es una de las máximas dificultades para su estudio. Así, un protón es la suma de los quarks que lo componen ¡pero desarrollando todos a la vez sus potenciales! Hacer el cálculo de esos potenciales supone una cifra de más de diez mil trillones de números. Ni el más potente ordenador puede llevarlo a cabo.
Tras el cerebro y la materia no hay nada y, sin embargo, la inteligencia es infinita, todo lo penetra, todo lo absorbe, todo lo informa. No hay sino inteligencia por doquier. Por eso es una pamema preguntarse si hay vida más allá de nosotros. ¡Pero si todo está vivo! La materia que creemos inerte está viva, habla, se comunica, cambia, nace, evoluciona, muere de manera idéntica a como lo hacemos nosotros. También construye desde los virus a las galaxias pasando por el ser humano.
Estamos entrelazados a una gigantesca mente a la que se entrelaza también cuanto vemos... y cuanto no vemos, la materia oscura que domina secretamente el universo.
Mentira imposible
Por eso la mentira no es posible. Imaginemos a un dictador que hace comulgar a su pueblo con ruedas de molino. Imaginemos la más abrumadora publicidad que jamás haya existido, convenciéndonos de cientos de falacias. Pues bien, podrá perdurar un tiempo, pero acabará deshaciéndose como se deshace el hielo al sol. La mentira es siempre perversa, pero de corto alcance, y se disipa como se disipan las nubes tras la lluvia. Porque el mundo está conectado con la mente universal y, en ella, la mentira rebota como un boomerang, regresando al lugar del que partió y revelando su falsedad.
Por eso, en realidad, no existen los secretos. Tú puedes guardar los más inconfesables arcanos, los más turbios, los más insondables, pero éstos están en la mente universal, y a mí me basta con conectar con ella para saber lo que ocultas. Siempre lo han hecho así los poetas, filósofos y videntes. Todo está en todo. Basta con aguzar las antenas. Que las tenemos.
Así que la inteligencia no está en ninguna parte. No está en el cerebro. No está en las neuronas. No está en la materia. No tiene emplazamiento porque todo es inteligencia. No hay nada que no sea inteligencia. Y ésta brota como géiseres aquí y allá. En unos sitios, más alta. En otros, más escondida. Aquí, más deslumbrante. Allí, más soterrada. Pero todo es inteligencia. Una inteligencia que se manifiesta en millones de formas.
Éste es el paradigma que vendrá. Por eso los científicos del futuro no volverán a preguntarse en qué parte del cerebro radica la inteligencia, sino cómo se manifiesta en el universo. Nosotros somos sólo un modo de proclamarse la inteligencia entre trillones. Los científicos buscarán los caminos por los que emerge la inteligencia. Los tipos de inteligencia. Las perspectivas de la inteligencia. El lenguaje con que hablan las múltiples inteligencias. Y la fuente común de donde manan todas, la mente universal, el vacío cuántico, la nada. Un Dios, pero al revés. Poderoso no por ser, sino por no ser. No por hacer, sino por no hacer. No por pensar, sino por no pensar. Lo mismo que han buscado los místicos de todas las religiones y todos los tiempos. El vacío. La posibilidad de todas las posibilidades. El tiempo de todos los tiempos. Porque cuando estamos llenos, somos como un ladrón al que las mercancías impiden correr. Seremos sorprendidos y despojados. Pero cuando estamos vacíos, todo nos puede ser dado.
Desgraciadamente, la sociedad occidental es una sociedad llena. Por eso es una sociedad estúpida. Una sociedad a la que le falta inteligencia. También la mayor parte de los intelectuales y de los filósofos y de los sacerdotes occidentales están llenos. Y como están llenos, se encuentran ciegos a la realidad. Son impenetrables, romos, sordos. Pero la inteligencia no para. Crece en inmensas selvas, destella en algunas miradas, se abre paso en algunos libros, resuena tras las injusticias, y derrota siempre a la estupidez.
El hombre está tan pagado de su propia inteligencia, que no puede ver la inteligencia del cosmos. No llega a la altura de la más ínfima de las partículas. Menos mal que nos quedan los sueños, que son la inteligencia en estado puro, el universo y su lenguaje manifestándose en nosotros. Sólo que la mayoría de los hombres son analfabetos para entenderlo. Pero no hay que ir más lejos. No hay que ir a ninguna parte. ¿Dónde está la inteligencia? En los sueños. No sólo en nuestros sueños, sino en el Gran Sueño. Porque no hay nada, sino sólo un inmenso, maravilloso sueño. La inteligencia que se sueña a sí misma de millones de formas.