¡QUE queremos estar seguros, vaya! No existe una sociedad que, como la nuestra, busque tanto la seguridad. Seguridad a todo precio. Hasta el punto de preferir seguridad a libertad. Por eso la gente va a la cárcel por conducir con una copa de más, aunque puedes ser un súper corrupto económico y lo más probable es que salgas indemne.
También buscamos la seguridad emocional. Me enamoro de alguien y quiero atarlo y bien atarlo. Entonces vienen los familiares, las obligaciones, los contratos. Y ya el amor no es algo gratuito, que se prodiga por pasión, o por devoción, o por belleza, sino una ciudad con rígidas leyes, en las que, como yerres lo más mínimo, acabas ante un tribunal. Y, a veces, hasta sin errar. Todo para que quienes se «esposan» se sientan seguros. Por miedo a la incertidumbre, al vacío, a la vejez. Porque la gente no vive en la juventud, en la que podría permanecer más tiempo del que cree, sino en la vejez, obsesionada por la vejez, hipotecando su presente a la vejez.
Te sientes seguro, pero, a cambio, vives cercado de barrotes. Estás seguro a condición de asesinar la aventura. Puedes vivir en un edificio seguro, en una ciudad segura, pero, como garantía, debes llenarla de cámaras, de vecinos chivatos, de policías cotillas, de leyes restrictivas. En realidad, la llenas de muerte. Porque sólo la muerte confiere seguridad.
Por eso ves a esos altos cargos, a los que tienen profesiones con excelente nivel de ingresos, a los que son reconocidos y amparados socialmente, a los que ostentan dignidades, y, sin embargo, a pesar de todo, están muertos. Una larvada tristeza te invade cuando estás juntos a ellos. El tedio, la falta de relieve, la insustancialidad te agarrotan. No ven. Tienen muros en sus pupilas. No sienten. Llevan guantes compactos en la piel. Se matan escrupulosamente para no ser matados por el riesgo. Se amputan con precisión de cirujano para no ser amputados por el azar. Tienen tanto miedo de lo desconocido que ellos mismos se infligen las heridas que tal vez lo desconocido no les produciría.
Las sociedades que buscan seguridad a todo precio apestan a cadáver. Nuestra sociedad que tanto lo ata todo con contratos, con deberes, con obligaciones, con castigos, es una sociedad inane, y la más insegura de todas: porque a cambio de las barreras que nos hacen sentirnos seguros, nos hurta lo único que es realmente seguro: la vida.
El amor es como internarse en una selva: nos esperan maravillas y horrores; hay paraísos y fieras. Y si queremos sentir lo sublime, no podemos renunciar ni a unos ni a otras. Las ciudades son también una selva: todo lo bueno y todo lo malo está al alcance. No puede existir una ciudad sin ambos extremos. Y nosotros mismos somos también una selva: el santo y el asesino viven en nosotros; el solidario y el egoísta; el hombre y la mujer. Y no podemos renunciar al uno sin renunciar al otro.
Los victimistas, los buscadores de seguridad, los leguleyos, los ciudadanos probos, los políticos píos, están muertos. Y sólo extienden la muerte por doquier. Y asesinan una y otra vez a los que quieren vivir. Porque no se conforman con sus sepulcros personales. Salen de ellos para atenazar a los que viven, acosarlos y sorberles la sangre. ¡Crímenes cometidos para que nos sintamos seguros! O sea, para que descansemos en paz.