Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Opinión

PUERTA REAL

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
NI siquiera los suicidios son ya lo que eran. Los verdaderos suicidas se han despedido siempre en silencio. Como Marilyn Monroe, Alfonsina Storni, o Cesare Pavese. Aunque también ha habido otro tipo de suicidas espectaculares, de los que se suben a una azotea y amenazan con despeñarse mientras los viandantes se congregan a sus pies. Pero éstos no son suicidas, sino personas que claman desesperadamente atención, trabajo o cariño.

Ahora, sin embargo, los suicidios adolecen de la misma indecencia de programas como Gran Hermano. Ahí está ese estadounidense de 19 años que se ha quitado la vida por «odiarse a sí mismo y ser un fracasado». En directo, frente a su webcam, al tiempo que mantenía un chat con otros internautas.

La privacidad ha desaparecido. La muerte se convierte en un espectáculo. Y tan espectáculo que muchos dudan de su realidad. Pero el suicidio del joven era cierto. Y lo era porque pasaba el tiempo y el cuerpo que había caído sobre la cama no se inquietaba. Era demasiado tiempo. Y alguien llamó a la policía.

Lo que antes era una huida o una protesta o un modo de convulsionar a la sociedad se ha tornado una escena intrascendente, como quien se desnuda ante la cámara o critica a su pareja o revela obscenas intimidades. Todo trivializado. Hasta para el propio chico, su suicidio debía de tener algo de irreal, de juego, de exhibicionismo... salvo que la muerte es real y nadie ha regresado aún de la laguna Estigia.

Terrible morir adulterado por miradas indiferentes o morbosas, las mismas miradas que penetran hasta en el más mínimo resquicio de nuestras vidas, porque ahora todo es público, y vamos dejando huella de todo por todos sitios e incluso se nos puede poner una pulsera o un chip y seguir nuestros pasos hasta el último lugar de la Tierra. El Estado, los poderosos, la sociedad, se han convertido en Dios. Todo lo ve, todo lo huele, todo lo rastrea, todo lo escucha. Somos tan leves en este comienzo del siglo XXI, que incluso nosotros mismos no podemos con nuestros secretos, y los contamos a la primera de cambio bajo promesa de discreción, pero evidentemente nuestro confidente tampoco puede con la carga y se la transmite a otro y pronto es un secreto a voces.

Todo es público. Incluso la mentira es pública. Y la verdad íntima, esencial, aquello que somos, vive agazapado, enterrado, oculto para nosotros mismos. No hay secretos, pero nuestra alma es más secreta que nunca, como si la sociedad nos la hubiera robado. Por eso es trágico el mundo en que vivimos. Porque la publicidad se ha tragado el ser. Porque la ausencia de secretos ha disipado lo que somos. Y la gente vive alienada. Una sociedad de marionetas cuyos hilos manipulan los ojos del Gran Hermano, las pupilas ávidas y crueles de las multitudes, ansiosas de sufrimiento ajeno, de pasión ajena, de errores ajenos, para así no tener que mirarse a sí mismas, para escapar a su miseria, para soslayar su individualidad.

La sociedad vive suicidada. Muertos vivientes. Hombres y mujeres virtuales, sin identidad. Por eso ahora se suicidan por Internet. Porque el alma ya no ama los bosques ni las montañas ni los mares ni las alcobas, sino el ciberespacio. El alma se ha difuminado en largas cadenas de bits. Ya no hay vida, sino ceros y unos. La muerte es una mera pantalla que se apaga. ¿Qué más da? Hay millones encendidas. ¿Y todas son iguales!

Vocento
SarenetRSS