La agresividad no es instintiva, se adquiere y aprende. Las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de la vida, se cultivan y desarrollan durante la infancia y comienzan a dar sus frutos más dañinos en la adolescencia. Sus raíces se alimentan y crecen estimuladas por los ingredientes del medio, hasta convertirse en una parte inseparable del carácter adulto. Indudablemente, adquirimos rasgos genéticos influyentes en nuestro carácter, pero los complejísimos comportamientos, desde el sadismo al altruismo, son el producto de un largo proceso de socialización transmitido por nuestro entorno y la cultura en su sentido más amplio. La agresión se produce, sobre todo, en situaciones de cautiverio, cuando la víctima incapaz de escapar de su verdugo es dominada por fuerzas físicas o psicológicas superiores.
Esta condición se da con frecuencia dentro del recinto de la familia. De hecho, los seres humanos tenemos una alta probabilidad de ser torturados física y emocionalmente en la esfera del hogar, por esa persona que supuestamente más nos quiere.
En el seno familiar, que debe ser el recinto más cálido y cercano, mujeres y niños son víctimas tradicionales de las agresiones más despiadadas. Su menor fortaleza física les hace objeto de explotación y abuso. A lo largo de los siglos, muchos principios culturales han impuesto la subyugación casi absoluta de la mujer al hombre y de los pequeños a sus mayores. A todo ello, hay que añadir factores emocionales, donde existen dos situaciones que evidencian de forma sorprendente cómo amor y odio se entrelazan en el corazón humano. Son los celos y la ruptura de la relación de pareja. Nuestra cultura está impregnada de la agresividad que inunda los cuentos infantiles, incluyendo la violencia más terrorífica.
La crueldad como espectáculo no ha desaparecido, a pesar del progreso. Así, aunque estamos en el tercer milenio, no nos encontramos psicológicamente muy lejos de los patricios romanos o de las multitudes entusiasmadas que asistían a las torturas y ejecuciones públicas. El sustituto moderno del circo o del patíbulo son las escenas del cine y la televisión que muestran toda la gama de violencia posible. Vivimos en una cultura de fascinación por lo violento. La agresión ha sido justificada con todo tipo de razonamientos biológicos, psicológicos, sociales, económicos, culturales, filosóficos, militares, religiosos , hasta una hipoglucemia puede justificarla.
El ser humano es la criatura más cruel que hay sobre la tierra, pero también es el ser con la mayor capacidad de altruismo, empatía y entrega a los demás. Todos nacemos con el potencial para ser violentos, pero también nacemos con la capacidad para la compasión, la generosidad, la abnegación y la empatía.
En definitiva, la violencia se aprende y se aprende a fondo. Estudios realizados muestran que antes de cumplir catorce años, los niños presencian a la semana 670 homicidios, 420 tiroteos, 8 suicidios y 20 torturas en la televisión; unos 100.000 mutilaciones, apuñalamientos y matanzas al año.
¿Cabe imaginar mejor abono para la plantación de la violencia? Entre la necesaria denuncia pública y el regodeo morboso, hay una barrera que hemos sobrepasado con creces. ¿Somos de verdad inocentes en esta fascinación por lo violento? ¿Sabemos cortar a tiempo palabras, actitudes, comportamientos ante los hijos?
Hay que aprender a decir '¿basta!'; sólo en nuestras manos está la esperanza para neutralizar las fuerzas desestabilizadoras, alimentando una cultura que fomente el crecimiento y desarrollo saludable de los niños; que impulse la igualdad entre los sexos y promueva la dignidad de la persona y el valor de la vida; que busque construir una convivencia más justa, generosa, participativa, ejemplarizante y esperanzadora.





