¿Por qué este desesperado empeño del presidente por acudir a Washington en lugar de mantener un silencio digno? Sencillamente porque su relegamiento le había jodido la estrategia emprendida hace unas semanas de aparecer como líder europeo de las reformas económicas. Mediante la ingenua táctica de vigilar agazapado y salir cuando el ganador se acerca a la meta, y, de esta forma, aparecer en la foto como victorioso, Zapatero se arrimó a Gordon Brown y fingió alzarse con un mérito que no le pertenecía. Y lanzó a sus ministros a proclamarlo a los cuatro vientos. Pero, claro, si era así, ¿cómo explicar que no lo hubieran invitado a Washington? De ahí los desesperados aldabonazos en la puerta del G-20, en una clara emulación de Pedro Picapiedra pidiendo a gritos que Wilma le abra la puerta.
Zapatero saldrá por fin en la foto, sí. ¿Él, que tiene tanto que aportar a la salvación del mundo! Aunque sinceramente lo siento por el mundo. España debe estar en esa cumbre, pero ¿por los cielos, Zapatero, no! Lo escuché en la pasada madrugada del 25 de octubre hablando desde Pekín y exponiendo las magníficas propuestas económicas que formula y me quedé petrificado. ¿Por los dioses, pero si no decía nada! ¿Nada en absoluto! Mucha palabrería, mucho rodeo, continuas perífrasis, abundante y engolada infatuación, pero, en el fondo, nada, todo vacío, ausente, perdido. Eso sí, buenas intenciones por doquier. Santos propósitos. Moralismo permanente. No daba una lección de economía, sino de catequesis. No parecía el presidente de un gobierno, sino un reverendo al frente de una Liga por las Buenas Costumbres.
Zapatero quiere llevar a Washington lo mismo que les ha regalado a los españoles: catecismo y demagogia. Y allá que se va con su vaticano privado, al que suele llamar «gobierno de España». Un vaticano cuyo objetivo número uno es adoctrinar a los españoles. Un equipo de seminaristas y postulantes. Y ahora irán todos a Washington, con sus rosarios de cuentas paritarias, a salvar al mundo. A proponer leyes y medidas para que seamos más buenos, pero no por convicción, sino por miedo. Como ocurre siempre que los neófitos en algo llegan al poder. Allí estarán, en Washington, blandiendo, como ha hecho siempre la España cavernaria, la espada y la cruz. El poder de la doctrina. La inmarcesible fe española. La misma que echó a los franceses. La misma que ha conseguido que los franceses nos presten una silla.
El coadjutor Zapatero avalará la pureza del orden mundial. ¿Ellos y ellas, garantía de bondad! Lo demás, ¿qué importa? ¿No ha supeditado siempre España la economía a la moral? ¿No ha sacrificado sus ciudades e hijos a la causa apostólica? Pues lo mismo va a hacer Zapatero en Washington: convertir a los errados líderes del mundo, para que comprendan de una vez que antes que lo económico está la santurronería políticamente correcta. Y que todo lo que se emprenda debe subordinarse a tan pío catecismo. Y veremos lo bien que nos va.
El mundo se ha salvado de pura chiripa. ¿Porque Zapatero ha estado a punto de no ir! Pero finalmente va. A Dios gracias. Y los curas y monjas gubernamentales volean en éxtasis sus incensarios. Y toda España es una inmensa catedral donde la jerarquía zapateril celebra el milagro.





