Hemos vivido una modernidad estúpida por arrogante. Los modernos de todas las épocas, los del siglo XV o los del siglo XVIII o los del XX, han creído encontrarse en la cima de una montaña, en lo más alto del conocimiento, y han mirado con conmiseración las épocas precedentes. Como si los hombres de otros siglos fueran inocentes o cándidos o lelos, y los listos, quienes han hallado la verdad, fueran ellos.
Nunca ha resultado esto tan patético como en los tiempos actuales, en los que la súper técnica parece traernos un conocimiento certero, profundo y total de cuanto nos rodea. Pero la única realidad es que todo se asienta en el misterio. Que por más instrumentos científicos que construyamos, por más telescopios gigantescos o kilométricos aceleradores de partículas, el misterio sigue estando ahí, espeso, impenetrable, turbio. Como un pozo sin fondo. Como un universo infinito.
Lo que la ciencia descubre se parece cada vez más a las viejas elucubraciones, a las leyendas ancestrales de los hombres que habitaron antes de la historia, a los mitos imperecederos, a los sueños arquetípicos. Qué extraño que saliéramos de la superstición por medio de la ciencia... ¿para que ésta ahora nos haga volver a ella! O al menos nos pinte un mundo que, según los parámetros mecanicistas, se nos antoja delirante, salido de la mente de un hechicero o de un novelista de ciencia ficción.
Según una reciente simulación del observatorio sueco de Uppsala, en las estelas de gas de las estrellas gigantes pueden esconderse mundos habitables como el nuestro. La NASA sugiere que Enceladus, una luna de Saturno, contiene un océano subterráneo capaz de albergar vida. Nuevas teorías precisan que es posible que no haya habido un solo big-bang, sino muchos, por lo que el universo estaría continuamente rebotando como una pelota, o expandiéndose y contrayéndose como cuando dejamos salir el aire de un globo. Hasta el punto de que la teoría del big-bang está siendo sustituida por la teoría del 'rebote'. Según el físico japonés Michio Kaku, el universo tiene dimensiones desconocidas, invisibles, microscópicas y, conforme el cosmos se expande, más se achican esas dimensiones. ¿Pero aquí viene lo inquietante! Cuando el universo que conocemos comience a contraerse, ¿las dimensiones desconocidas se irán agrandando! Y así formarán un macrouniverso totalmente distinto, mientras el nuestro se irá convirtiendo gradualmente en algo pequeño, microscópico y misterioso. Es más, la explicación a fenómenos extraños que tienen lugar en nuestro mundo, como el hecho de que una partícula pueda estar en varios sitios a la vez o que los confines más remotos del universo se comuniquen de forma inmediata, puede radicar en estas dimensiones secretas. Hoy día, por otra parte, se considera sin lugar a dudas que la mente es creadora, que influye sobre la materia, como ha demostrado el japonés Masuro Emoto con el agua. Según el pensamiento que le dirigimos -amor, odio, esperanza, nostalgia-, así cristaliza de una forma u otra. Lo mismo pasa con los experimentos subatómicos: la materia tiende a satisfacer las expectativas del investigador. Hasta tal punto es así que el físico británico Fred Alan Wolf ha titulado uno de sus últimos libros 'La mente en la materia'.
¿A qué se parecen estas teorías e hipótesis, al mundo mecanicista en que hemos crecido o a las creencias de una tribu perdida del Amazonas? ¿Al soberbio siglo XX o al paleolítico? No cabe duda, volvemos a ver el cosmos como lo vieron nuestros más remotos antepasados.
TODA la aventura del hombre ha sido para erradicar el misterio. Para llevar luz y verdad allá a donde se pensaba había suposiciones y fantasía. Para demostrar que el misterio es sólo desconocimiento. Y así hicieron vacuas, lisas, sin relieve, las vidas de los hombres. Por eso la humanidad nunca ha vivido en una planicie como la del siglo XX. Como si todo fuese una inmensa máquina, y los hombres, su engranaje. Por eso, la palabra clave para el siglo XX ha sido 'consumismo'. Nunca un siglo ha sido tan imbécilmente hedonista. Puesto que no había misterio, puesto que todo era previsible, puesto que no había nada donde ahondar ni nada que descubrir, ¿compremos, rodeémonos de objetos, finjamos que vivimos lo mejor posible, comamos, bebamos, hagamos el amor!
Toda la historia del hombre ha sido para llegar a esto, pero, de pronto, resulta que los mismos que nos habían desvalorizado el mundo, los mismos que nos lo habían llenado de tedio y aburrimiento, los mismos que habían segado las montañas y las simas y los bosques para 'facilitarnos' la vida, nos dicen ahora que lo que creían nuestros tatarabuelos era verdad; y encima nos lo demuestran matemáticamente; y hacen simulaciones en los ordenadores. Y de nuevo nos traen el misterio. Y nos traen el mito. Y nos traen la fabulación.
¿Qué más da creer que, en el cielo, las estrellas dibujan héroes que pensar que tienen vida en su interior o que hay una materia oscura con un universo paralelo? ¿Qué más da pensar que un hombre puede aojar a otro o que la mente conforma la realidad? ¿Qué más da pensar que el universo rebota una y otra vez o, como ha sostenido desde siempre el hinduismo, que se crea y se destruye permanentemente?
Volvemos a lo que dejamos. Por caminos diferentes, llegamos al lugar de donde partimos. El misterio es necesario. No es sólo que sea real, que lo es ¿y de qué forma! Es que el misterio imprime relieve, singularidad, esencia a la vida. Es que una vida sin misterio es una pobre vida. Porque necesitamos la complejidad, las selvas, las montañas, los paisajes variados, el espectáculo sublime. Porque hay algo en el ser del hombre que conecta con el misterio, que vibra en el misterio, que se identifica con el misterio. Nosotros mismos somos ese misterio. El error de los siglos ilustrados ha sido identificar al hombre con la razón. Como si en el planeta sólo existieran ciudades urbanizadas. Pero no todo es razón. La razón es una islita en un vasto océano de misterio.
NECESITAMOS el misterio en nuestras vidas. El misterio hay que vivirlo no con fe ciega, sino con espíritu de aventura; no como un turista crédulo, sino como un explorador. Hay que vivirlo como un niño. Con el asombro constante. Con la experimentación continua. Como una fuente de maravillas. Penetrar en el misterio, circular por él, dejarnos regalar por lo que depara, es el mejor viaje. Los viajes físicos son importantes, decisivos muchas veces, pero el viaje al misterio es el viaje de los viajes, y, para él, no hacen falta ni billetes ni aviones ni hoteles ni euros. Basta con abrir los ojos y aguzar los oídos. Y pensar que cuanto los científicos y los mitos dicen del universo, está también ahí, a la vuelta de la esquina, en nuestra propia casa, en nuestra propia existencia.
Para mí, no podemos ser humanos sin misterio. Debemos abrazar la aventura de indagar en lo desconocido. Por eso, gran parte de los hombres de este siglo XXI me parecen entelequias. Vivimos rodeados entelequias ahítas de publicidad y televisión. Vivimos rodeados de almas laminadas, cercenadas. Seres cuyo relieve ha sido abducido por un capitalismo feroz. Sólo el misterio nos devolverá el alma. Y volveremos a ser libres.





