Uno de sus grandes errores ha sido la venta del 25% del oro del Banco de España. Esa lumbrera que es Solbes alegó hace un año que «el oro ya no es rentable», añadiendo con preclara inteligencia que «se pretende, vendiendo oro, activo no rentable, convertirlo en bonos de renta fija, que sí tienen rentabilidad». ¿Pero qué genio!
Mientras tanto, los del Vaticano, tan criticados ellos por nuestros curas y monjas laicos, actuaban al contrario: vendiendo sus inversiones en bonos y comprando oro. El resultado es que ahora pueden afrontar la crisis, mientras España tirita.
He aquí la diferencia entre estar gobernados por personas eficaces o por propagandistas. El gobierno de Zapatero es un gobierno que ha sido elegido como si fuera a representar una película y no a dirigir un país: por el sexo o edad de sus representantes, por la imagen que podían aportar, por el brillo que podían añadir al estrellato presidencial, pero jamás por sus capacidades. Es un gobierno que, como máximo, sirve para representar una zarzuela. ¿Ay con Zapatero, que quería ser Azaña y se ha quedado en don Hilarión!
Zapatero ha vendido el oro de España, quizá para remedar a Negrín, que se incautó de las dos terceras partes de los lingotes patrios para depositarlos en Moscú, donde se volatilizaron, sustituidos por unos cuantos y arcaicos artefactos de guerra.
Pobre Zapatero. No tiene suerte. Un día dice que, en el terrorismo, «hoy estamos mejor que hace un año», y que «dentro de un año estaremos aún mejor», y al día siguiente le estalla un coche bomba en el aeropuerto de Barajas. Divide el país asimétricamente, haciendo españoles de primera y de segunda, y luego se inventa ese título pomposo e hilarante de «Gobierno de España». Extiende la inseguridad jurídica sobre la mitad de la población -los hombres-, haciéndolos reos de cualquier delirio o venganza o provecho misántropo, y no sólo no acaba con la violencia machista sino que la acrecienta. Tiene permanentemente la palabra 'justicia' en la boca, pero, durante su mandato, la Justicia ha llegado a la mayor inoperancia de la España contemporánea. ¿Y encima ha vendido el oro cuando la crisis financiera lo anegaba todo!
Zapatero es más cura que el Papa. Éste acaba de decir que la bancarrota actual demuestra que los valores materiales no son nada, que lo único que permanece es la palabra de Dios. Así lo ha debido de creer a pie juntillas Zapatero, deshaciéndose de nuestro oro, y concediéndonos a cambio su iluminada palabra.
Zapatero tiene la ambición de Azaña, pero la perspicacia de un Julio Rodríguez, aquel ministro de finales del franquismo que, entre otras disparatadas medidas, decidió que los cursos académicos comenzaran el 1 de enero. Zapatero no ha comprendido aún que los españoles no desean que les imparta religión, aunque sea laica, sino que gobierne los asuntos mundanos. Y debería comenzar por devolver el oro malamente mercado. ¿Pero los oros de Moscú no regresan nunca! Tampoco regresa nunca la inteligencia vendida a cambio de doctrina y egolatría.





