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AHORA eligen a mujeres y a jóvenes. Con ellos, quieren parecer los adalides de la modernidad. Van por ahí hablando del tanto por ciento de mujeres y de la edad media de sus listas, de sus órganos, de sus gobiernos, y quieren con ello significar su avance, su apertura, su renovación. Pero las cosas nunca son lo que parecen. Tras ello late un perverso mecanismo. No son lo modernos que quieren aparentar, sino los mismos refractarios de siempre. ¿Por qué? La mayoría de esas mujeres y esos jóvenes no están ahí por sus méritos. No están por ser insustituibles, por ser los mejores, por habérselo ganado a pulso. Están simplemente para cubrir una cuota. No están por ser, sino por parecer. No están por sus cualidades, sino por su sexo, por su edad. Han sido puestos por la soberana decisión de un hombre. Es una cortesía. Un gesto. Una magnificencia. Todo ello merma no sólo su independencia, sino que les resta la fuerza que viene de estar por uno y no por gracia real. Ahora tendrán que responder a las expectativas del caballerete que les ha abierto la casa. Tendrán que defender sus intereses. ¿Y ay de ellos como se farríen!

Esta moda, pues, de colocar a mujeres y jóvenes donde antes había hombres maduros les ha venido como anillo al dedo a algunos varones poderosos. Los hombres, aunque suelen defender a su grupo, pueden rebelarse. Son peligrosos. Como el mundo ha sido masculino durante siglos, todos ellos están ahí por alguna capacidad, por algún mérito, por alguna aptitud. Aunque los jerarcas designan siempre a los más inútiles, a los más untuosos, a los más dóciles, el nombramiento deriva del sistema y no la de la gracia. Lo que significa que estos hombres conservan una cierta dignidad, una cierta autonomía, y, por tanto, pueden sublevarse en cualquier momento. Por eso, los gobernantes de todo el mundo vivían siempre en una permanente sospecha y vértigo. Pero ahora pueden ya prescindir de los hombres y evitar el peligro. Ahora pueden hacerse los caballeretes o los papás y poner en su lugar a mujeres y jóvenes. Es una concesión. Y todo cuanto llega en forma de concesión está lastrado, imposibilitado. Estos jóvenes y mujeres son maleables, obedientes, asentidores. Están para defender los intereses del jerarca que los ha designado. Gracias a la argucia, éste vive ahora más confortablemente que nunca. Se ha quitado a los competidores y ha puesto en su lugar a sombras chinescas. A caballo regalado no se le mira el diente. Por eso, la conflictividad en órganos de gobierno, partidos políticos, consejos es cada vez menor. Y por eso la dictadura sobre nuestras cabezas es cada vez mayor. Porque donde no hay disensión, hay dictadura.

Otra cosa ocurre con las mujeres y jóvenes que han llegado por sí mismos. Los que han llegado por su esfuerzo, por su valía, y no para cubrir una cuota. No se deben a nadie, sino a ellos mismos, y son mucho más íntegros y, por tanto, conflictivos, que los hombres maduros. Hay está Rosa Díez, una gran y valiente mujer. O Esperanza Aguirre, que también es un pedazo de mujer, a pesar de que la caricaturicen a diestro y siniestro. O la alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, lúcida, sincera, audaz, que no sigue caminos trillados. O Teresa Jiménez, consejera de Educación, política de raza, trabajadora infatigable, que ha osado tomar en sus manos la más difícil papeleta de Andalucía. O el joven Albert Rivera, de Ciutadans, que está llevando la dignidad y la cordura a la insania nacionalista. Pero no es el caso de muchas de las actuales ministras de Zapatero. No es el caso de gran parte de las consejeras y delegadas autonómicas a lo largo y ancho del país. O de los jóvenes integrados en ejecutivas y órganos decisorios. ¿Se ha rebelado alguno? ¿Ha sacado los pies del tiesto? Si alguien te cede el asiento, te callas, aunque esté caliente. Y eso es lo que hacen. Así que los jerarcas lo tienen a huevo. ¿Son modernos? No. Están buscando ovejitas. Están buscando ser servidos, obedecidos ciegamente. Perpetúan así el machismo ancestral, pero elevado al cubo. Por ello, y en contra de lo que parece, no estamos en una sociedad más igualitaria, sino todo lo contrario. Por ello, la verdadera lucha de las mujeres y jóvenes de nuestro tiempo sería movilizarse en contra de las cuotas y a favor de que el mérito y la valía primen en todas partes, independientemente del sexo o edad. Que quien llegue a algo, llegue con la fuerza de la justicia y no del regalo o la generosidad. Que se alcance un puesto como fruta madura, no como un postizo y forzado injerto. Sólo así podrá haber más democracia y menos correa de transmisión.

Por eso, en cuanto un partido político o institución o empresa comience a hablarnos de sus famosas estadísticas de mujeres y jóvenes, debemos sospechar inmediatamente. Debemos pensar que quienes mandan son los hombres de siempre. Y que no desean tener sombra, sino plastilina. Y que venderían a quien fuera por seguir ahí. Y que nombrarán a esquimales cuanto esto les dé argumentos para continuar. Y que nombrarán a vagabundos cuando esto les dé argumentos para continuar. Y nombrarán, si es necesario, a místicos, o a santones, o a fundamentalistas, si esto se lleva y les da así argumentos para continuar.

Pero cuando veáis que en algún lugar hay mujeres y jóvenes y nadie alardea de ello. Cuando veáis que no hay cuotas, sino currículos. Cuando observéis que allí hay mujeres o jóvenes díscolos y que son tan temidos y amados como los hombres maduros, entonces sabed que aquí sí existe algo que se inclina hacia la igualdad; que éste es el camino, y que no hay otro. Pero lamentablemente no es el caso de los partidos políticos ni de las instituciones oficiales españoles, tan falsos como siempre, pero mucho más aún en nuestros días.

Maleable. Gente maleable es la que quieren. Y han encontrado un filón en las mujeres y en los jóvenes. Antes de que conquisten por sí mismos las instituciones y representen un peligro, les han hecho un hueco, les han dado una bicoca, han repartido aparentemente la tarta. Y los han callado. «¿Pero cómo no se nos habrá ocurrido antes!», pensarán ante el éxito apabullante de su táctica.

España ha sido siempre el país de la impostura. Y lo sigue siendo. ¿O acaso creemos que se puede pasar alegremente de ser el país más anticuado de Europa a la modernidad más radical? Debemos pensar que, en los países más igualitarios, no existen cuotas ni leyes paritarias. Son la gran estupidez, y así se verá con el paso del tiempo. Ni siquiera sirven para corregir provisionalmente una injusticia histórica -que la ha habido, y grande, con las mujeres y los jóvenes-, y representan un grave insulto a quienes realmente luchan por la igualdad. Como aquí no hay feminismo de verdad ni jóvenes concienciados, todos han callado ante las cuotas, los tantos por ciento y las sexistas leyes paritarias. Aquí existe la mentalidad de que es papá quien nos lo proporciona todo, no nosotros mismos. Semejante proceder representa una iniquidad añadida para aquellas mujeres y jóvenes que han llegado por sus méritos a los puestos que ostentan, ya que extienden la sospecha de cuota sobre unos y otros. Es, en suma, una bofetada a la sociedad.

Yo personalmente me siento vejado en nombre de las mujeres y de los jóvenes. Me siento vejado en nombre del mérito como valor. Y me asquea la condescendencia de estos machos que nos confunden mientras se uncen con uñas y dientes al poder.

Las cuotas son un insulto. Y quienes las esgrimen insultan a todos mientras, en secreto, se relamen porque ahora están más seguros que nunca. ¿Pero qué moldeables son las personas cuando les regalamos lo que, de otra forma, les pertenecería por derecho!

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