Bajo el gobierno de Zapatero, un pazguato moralismo lo ha invadido todo. España se ha convertido en el país modelo de lo políticamente correcto, con todo lo que de gazmoñería, estrechez mental, puntillosidad y victimismo conlleva esto. El presidente y su cohorte de pudibundos y pudibundas se han dedicado a fijar, limpiar y dar esplendor... a lo nimio, a penalizar lo intrascendente, a convertir en delito de lesa majestad lo baladí, a ordenar chorradas, mientras el país se les iba de las manos. Creían llevarnos hacia la más rabiosa modernidad, pero en verdad nos conducían hacia el más pacato confesionalismo; se decían modernos, pero utilizaban como los antiguos clérigos el arma de la culpabilidad. Nunca como ahora los españoles nos hemos sentido tan culpables... por nada. Han emprendido, como los franquistas de antaño, una cruzada por su 'renovadoras' ideas, amenazando con la excomunión a quien no las acate; imponiendo penas de cárcel hasta por pisar a alguien en el autobús; zahiriendo el Derecho y la Justicia en nombre de sus sagradas convicciones.
El gobierno de Zapatero ha sido y es eso: clerigalla. Clérigos y monjas de los de sotana y hábito, aunque su religión no sea la católica, sino la laica. ¿Qué más da la doctrina? Los clérigos siempre son clérigos, estén donde estén. ¿Y éstos son los que, en su santa iluminación, creían que iban a acabar con ETA? Si los asistían los principios divinos, ¿cómo no iba a ser así? El clérigo piensa que su santidad lo va a defender de las balas. Y esto es lo que han logrado. Un terrorismo fortalecido. Como han fortalecido aquellas cosas contra las que decían luchar: el sexismo, el machismo, la injusticia, la desigualdad entre españoles...
Los gobiernos clericales siempre son nefastos. Un clérigo con ambición, pero sin base, acaba llamándose Torquemada. Ve lo que persigue en todas partes. Y, al perseguirlo, lo crea. La España de Zapatero es una caricatura de su ambición.





