Sr. Director de IDEAL: Como otras veces había sido invitado a cenar en el bello porche del jardín de su casa. En la noche de verano, iluminados por las tenues luces ámbar, resaltaban los tonos pastel de flores y generación, las fragancias de 'dompedros' y 'galanes de noche'. En aquel entorno la vida era más grata y me sentía afortunado de compartir unos momentos con alguien que a su alrededor había sido capaz de crear tanta belleza. Qué poco bastaba para sentirse dichoso en la paz que la noche iba acentuando. Atrás quedaban tribulaciones y desvelos, sólo existía aquel momento de presente, el tiempo detenido en cada hoja inmóvil, en cada flor abierta, como nuestros corazones, a la vida. En aquel entorno iban naciendo nuevas sensaciones hasta entonces soterradas bajo los gestos sórdidos de una ciudad crispada y ausente de sí misma. Había otras dimensiones para explorar en el mundo de la sensibilidad, no todo era aquello.
La atmósfera que se había dispuesto, los colores de la noche, necesitaban la vibración de una voz que la acompañara y se fundiera en las sutiles acuarelas... y como un milagro, surgiendo de aquello, entre las ramas y flores de tan cuidada vegetación la voz de Rosa Lazar emergió inevitablemente como cosecha ineludible y bella. La calidez de su timbre, sus envolventes registros y la afirmación serena de sus letras fueron como el mar en el que pudo reflejarse con nitidez el jardín inmóvil. Aquella noche supimos que para nosotros había nacido otra estrella, no provenía de lejanas latitudes, no necesita el sello de foráneos jardines, para traernos melodías de otros tiempos y países. Rosa era del jardín de nuestra tierra.