Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Opinión

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Zafiedad que mueve al mundo
PUDIERA ser que se deba a una visión particular de la realidad, pero todo parece indicar que a medida que más oportunidades se presentan para poner en práctica el pensamiento libre, más encorsetado se encuentra éste. Y a ello contribuyen, sin duda, los mensajes directos y subliminales que ofrecen a diario los poderes mediáticos, que para mí tengo lo hacen siempre de manera programada y arbitraria, por algún interés inconfesable pero evidente.

Pero no están solos en ese viaje los hacedores del márketing mediático, porque hace ya tiempo que los líderes políticos dejaron de prestar atención al interés público y su comportamiento ya viene siendo similar al que muestra cualquier chiquilicuatro que aparece por televisión. Y eso sí que es preocupante. Al tiempo que los grandes medios de masas, que alejados de mostrar conceptos profundos y pensantes de la realidad, ya ni disimulan en tratar al individuo como un mero consumidor ciego de la bazofia televisiva y mediática, y si algún hueco catódico hubiera que rellenar se hace con insultantes programas y concursos, que rayan en el cinismo y el mal gusto. Y, claro, el individuo sensato, al que aún no le han arrebatado cierta ética y buen gusto, se ve amenazado por todo esto cada día.

Sin embargo lo peor de todo no es la existencia de este mundo fútil y acartonado, algo que viene existiendo desde casi siempre; lo peor, sin duda, es la eliminación de lugares en los que refugiarse de tanta estulticia y banalidad que ahoga a quienes deseamos una convivencia dinámica, pero no el imperativo de una insultante e impuesta manera de ver el mundo, que parece ya inclinarse del lado más ramplón y vacuo. Y, obviamente, parecerá este un artículo -e igual lo es- uno más de esos que escriben tipos que pretenden mostrar un forma más exquisita de ver el mundo, consumiendo sólo libros de filosofía y eventualmente documentales de la dos. Pero no, créanme, no se trata de nada de eso. Quienes escribimos en los medios, lógicamente también estamos en el mundo, como cualquier hijo de vecino; pero ocurre que es tan asfixiante ya la vulgaridad que no hay hacia dónde mirar y aquellos lugares de refugio están cada vez más expoliados.

El individuo sensato -atributo cada vez más en desuso- asiste a un vergonzoso espectáculo que danza a su alrededor sin que parezca posible encontrar la tranca que detenga ese descerebrado carrusel. Por tanto, no tiene más remedio que pensar que ante toda esa puesta en escena de programación rosa, vergonzante actuación política, despilfarro de la cosa pública, corrupción, privilegios, tratos de favor, exaltación de la zafiedad y demás podredumbre intelectual que cada día asoma por la pantalla o por la vida misma, decía, ante toda esa procesión de insensateces no tiene más remedio que pensar que todo está perfectamente engarzado y sostenido por determinadas manos invisibles que desean que así sea, que desean que así se trate al individuo y que, aunque lo intente, no pueda escapar de un mundo que no deja de lanzar asuntos intranscendentes e inútiles. Asimismo, el individuo sensato, comprueba que en ocasiones también están contaminados de chabacanería sus lugares propios, aquellos a los que acude cuando la carga de estulticia es amplia y desea retirarse a sus particulares cuarteles de invierno.

Por su parte, al contrario, existen muchos individuos que asisten gustosos a todo este carrusel zafio y, es más, en él obtienen enormes ganancias materiales, de lo contrario no sería posible comprender el porqué de la existencia de determinados programas y concursos de televisión donde el personal asiste a vaciar su alma a cambio de dinero, gloria y fama, al tiempo que esos jugosos beneficios le evitarán en el futuro tener que apostar por preparar una oposición o cumplir los rigores de un trabajo remunerado y mal pagado pero que le permita no poner en venta esa quebradiza alma. Pero para que este tipo de individuos sobrevivan y obtengan grandes royalties se ha de consumir con fruición y frecuencia su indecente propuesta y, quizá, eso sea lo más descorazonador.

Ahora bien, estos personajes de farándula siempre han existido y existirán en el futuro. Lo más preocupante tal vez sea contemplar -insisto- como personajes públicos, personajes del mundo de la cultura, del deporte de élite, del teatro, buscando -probablemente- no descolgarse de su estatus anterior acaben protagonizando programas televisivos vergonzantes y exhibiéndose igual que aquellos que venden barata su alma. Es entonces cuando comprendes que no existen límites para la zafiedad.

Vocento
SarenetRSS