La gran riqueza del planeta es la vida y el gran valor de la vida es su diversidad. Por eso es tan hiriente el proceso de degradación medioambiental en el que hemos entrado desde hace un tiempo, por causas como la explotación incontrolada de los recursos naturales o la explosión demográfica. Así amenazamos una larga e irrepetible historia, que ha tardado cientos de millones de años en formarse, la extraordinaria complejidad, variedad y riqueza de los seres vivos, que puede ir desde la resistencia de las bacterias hasta la aparición de la conciencia humana.
Cuando, en vez de contemplar este planeta, nos dirigimos hacia el resto del Universo, cuando lanzamos una mirada fuera de nuestra pequeña morada, lo que sorprende es la vastedad del firmamento, como le sucedía a Kant, pero también el vacío, lo insólita y extraña que es la vida. Quizás no estemos solos en el Universo, pero parece que la vida es un acontecimiento singularmente raro. Por eso hay un inconmensurable valor, a muy distintos niveles, en la biodiversidad. Como dice el eminente biólogo Edward O. Wilson: «La biodiversidad es nuestro recurso más valioso pero menos apreciado».
En la práctica, ésta es importante en campos tan diferentes como la agricultura o medicina. Así, por ejemplo, muchas industrias farmacéuticas están buscando remedios en fórmulas usadas por los aborígenes de las selvas tropicales, que poseen un gran conocimiento de su entorno. De hecho, en el descubrimiento de fármacos verdaderamente nuevos es raro que se proceda de modo directo a partir de la investigación pura en biología celular y molecular, y la mitad de las medicinas habitualmente utilizadas en los países desarrollados tienen su origen en productos naturales. En el terreno económico, en contra lo que puede parecer, no debiera existir una colisión entre los intereses humanos y los intereses ecológicos. Pensar así es considerar las cosas sólo a corto plazo o dar más importancia a la parte que al todo. Cuando permitimos que se tale un bosque primario para que se venda su madera o para utilizarlo como tierra de cultivo, sin preocuparnos del valor de lo que estamos destruyendo, por lo general de manera irreversible, estamos haciendo trampa con nuestra contabilidad, pues anotamos los ingresos pero no los costes. Y estos, incluso en términos puramente crematísticos, no son precisamente irrelevantes, a pesar de la poca seriedad con la que muchos países, comenzando por los EE UU, se toman los acuerdos como el Protocolo de Kioto.
En términos éticos, la responsabilidad hacia la Naturaleza es también una responsabilidad hacia nosotros mismos, y viceversa. La ética medioambiental pretende que transmitamos a las generaciones futuras el mejor mundo natural posible y les enseñemos su valor. Entre sus principios destacan, siguiendo al biólogo conservacionista Richard Primack, los siguientes: (1) Cada especie posee un valor intrínseco y tiene derecho a existir. (2) La humanidad tiene la responsabilidad de actuar como guardián de la Tierra. (3) Los auténticos intereses humanos son compatibles con la diversidad biológica. (4) La Naturaleza posee un valor en sí misma más allá de la importancia económica que tenga para nosotros.
Además, como dice el paleontólogo Niles Eldredge, puede que el aspecto más valioso de la biodiversidad sea la posibilidad de que nuestra especie continúe viviendo sobre el planeta.
En el plano teórico, conocer a las demás especies es en buena parte conocernos a nosotros mismos habida cuenta de la profunda unidad de la vida. La comprensión de las relaciones de los ecosistemas naturales, y de la Tierra como casa de todos ellos, también pasa por el estudio de la biodiversidad. Como consecuencia de lo dicho, nos encontramos con lo que algunos estudiosos han llamado la conciencia cósmica, la comprensión profunda de que somos una parte del Cosmos, y de que éste en cierto sentido este es parte nuestra. Otros, como Wilson, llaman biofilia a esta intuición cuando se refiere a la vida. Estriba en la tendencia innata a centrarnos en la vida y sus formas, y en algunos casos a empatizar con ellas. Desde luego es con los animales con los que más poseemos ese sentimiento de comunicación.
La biodiversidad es, pues, el mayor tesoro del planeta. Se trata además de un tesoro extremadamente frágil. Dado el elevado nivel de interdependencia de la trama de la vida, que en la actualidad los expertos están comenzando tan sólo a vislumbrar, cualquier alteración significativa de una parte de un ecosistema puede tener consecuencias insospechadas en los más diversos eslabones de la cadena de los seres vivos, y desde luego la desaparición de algo más de la cuarta parte de las especies animales de la Tierra lo es de una manera salvaje, terrible y brutal.





