Si bien esa frase publicitaria de comienzos de los 60 tuvo probado éxito, y retrataba bien acertadamente la realidad turística y sociológica de aquella España de paredes encaladas y camisa blanca, me temo que habría que ponerla en cuestión cuando se tratara de aplicarla a otros ámbitos, y, sobretodo, a cuestiones o problemas serios.
La historia española está repleta de significativos ejemplos que, bien explícitamente, hablan de nuestra singular, cuando no extravagante, conducta para enfrentarlos y resolverlos. Por ejemplo: ¿cómo resolvimos problemas de convivencia en el paso del siglo XV al XVI? Pues con la expulsión de los judíos, aunque ello conllevara inmediata decadencia económica para el Estado. ¿Cómo conciliaron los Monarcas absolutistas las serias responsabilidades de gobernación del reino con el placentero ocio al que, sin duda, tenían derecho? Pues con la célebre institución hispánica de los 'validos'. ¿Cómo se hizo frente a la invasión napoleónica, cuyo bicentenario conmemoramos en estos días? ¿Se esperaba el genial Napoleón Bonaparte que, en lugar de las autoridades, tomaran las riendas de la defensa del Estado los desarrapados y militares de baja graduación? ¿No! Y, sin embargo, la fórmula sabemos ya que tuvo fortuna. Las gestas de los españoles de 1808 causaron, indiscutiblemente, el inicio del ocaso de la estrella del emperador. Pero sigamos: ¿cómo se gobernó la España de la Ilustración y bien entrado el siglo XIX? Pues con bailes de políticos que, cada cierto tiempo, tenían necesidad de exiliarse en el extranjero, generalmente en Francia, para, poco más tarde, regresar a Madrid triunfantes por haberse podrido la situación o haber ganado las elecciones su partido o haber triunfado el militar de turno dando el españolísimo 'cuartelazo'. Precisamente, este término es de cuño español, como su compañero el de 'asona'.
En fin, dado que la lista sería interminable, ¿cómo resolvimos la crisis de la primera República? Sencillamente, yéndonos a Italia y endosándole la Corona de España a un jóven príncipe de la casa ducal de Aosta, don Amadeo de Saboya, que ingenuamente la aceptó. Así de sencillo. Por cierto que, según cuenta Ramón Tamames, prestigioso economista que gusta de publicar estudios históricos, a mi juicio, de indudable interés y amenidad, cuando el sorprendido en su ingenuidad príncipe italiano, a la vista de cómo se las gastaban los españoles de la época -magnicidios, revueltas populares, permanentes crisis de gobierno, inestabilidades políticas y económicas-, decidió renunciar a la Corona de España- ya estaría harto de alucinar, el hombre- y tomó el tren que le llevó a Lisboa, al bajarse comentó a sus acompañantes que «tenía la misma impresión que regresar de un viaje a la Luna». Sólo tres años le bastaron al sacrificado príncipe para terminar con su vocación de monarca ejerciente.
Y así... podemos seguir. Incluso hoy en día. Un sólo ejemplo más, cercano a nosotros: ¿cómo resolvimos -es un decir- los españoles, todos, de cualquier facción, los graves problemas políticos, sociales, económicos y tambien religiosos de las tres primeras décadas del pasado siglo XX? Pues nada menos que con lo peor que el género humano tiene a su alcance y que nunca debió ocurrir: una cruenta y salvaje guerra civil. Así nos las gastamos.
Todos los razonamientos anteriores vienen a cuento de lo que hoy está sucediendo en España en el plano del modelo de Estado y de la crucial -y delicadísima- cuestión de la organización territorial del Estado. Son dos materias que, junto con problemas de identidad nacional, constituyen un peligroso 'combinado' a punto de ser servido para ser consumido por los ciudadanos españoles aunque no lo deseen.
Cuando, tras la aprobación de la Constitución de 1978, que establece un generosísimo modelo descentralizado de Estado, respetuoso al máximo con todas las peculiaridades españolas, todos creíamos -yo entre los incautos- que se había alcanzado un modelo político duradero capaz de generar serenidad para que los españoles viviéramos en libertad y bienestar, han surgido formaciones políticas y voces significadas que, no sólo piden grandes alteraciones del sistema político de la Transición, lo cual es admisible si se hace por los cauces legales y preestablecidos, sino que, y éste es el distinto modo de comportase del español, quieren alcanzarlo 'de facto' (piénsese en las recientes reformas estatutarias, que contradicen a la Constitución) o claramente defendiendo el cambio del actual Estado autonómico por el federal (tesis defendida en el recientísimo 11º congreso del Partido Socialista de Cataluña).
Y yo me pregunto: ¿estaremos los españoles, una vez más en la Historia, ante un precipicio de tensiones innecesarias? ¿Resolveremos este, al parecer, artificial problema de manera diferente como es nuestro sino histórico? ¿Cómo? ¿Resucitando, otra vez, el vetusto 'Spain is different'? Por el momento, nos hemos trazado un camino al revés: somos un Estado unitario que quiere dejar de serlo y desgajarse en partes para constituir un Estado federal. Al revés de como nace, al menos en la teoría política, un Estado federal.





