Que lo mental es real fue una de las aseveraciones más revolucionarias de Freud. Las investigaciones posteriores nos han llevado aún más lejos. «El universo está compuesto de materia mental», dijo el astrofísico Sir Arthur Eddington. Actualmente las corrientes más innovadoras no distinguen entre mente y materia, sino que consideran que todo es mental. Nuestro cuerpo parece sólido, como las paredes o las rocas, pero, por lo visto, es una ficción. Si no atravesamos los muros es porque los átomos que nos conforman son de la misma carga y, por tanto, se repelen; de otra forma, pasaríamos como fantasmas a través de las cosas.
Si atraemos lo que soñamos, entonces es necesario desarrollar la imaginación. Con ella, todo es posible. Lo que podemos fabular no tiene límites, como el universo, y es tan realidad como las estrellas o las galaxias.
Nuestro cuerpo es fruto de lo que hemos pensado. Intervienen las hormonas, los genes, la comida, pero, sobre todo, interviene el pensamiento. El joven que piensa que ha crecido lo suficiente no crece más. A quien cree que le falla la memoria, le falla la memoria. Dime lo que temes y te diré lo que te ocurrirá. Ha sido Paulo Coelho quien nos ha avisado de que tengamos cuidado con lo que deseamos, porque cuando se tiene un deseo ferviente, todo el universo conspira para que se cumpla.
Que la imaginación lo es todo lo han sabido las mentes más preclaras desde el inicio de los tiempos. Es a esto a lo que Rhonda Byrne ha llamado 'El Secreto'. Creía que era una invención suya, pero hace poco cayó en mis manos un poema de Amado Nervo, 'Busca dentro de ti', y me quedé pasmado. ¿Habla de lo mismo que Byrne, pero 90 años antes! Dice Nervo: «Aún para abrirte camino en la selva virgen,/ aún para levantar un muro,/ aún para tender un puente,/ has de buscar antes, en ti, el secreto». O sea, que en nuestra imaginación más profunda podemos encontrar la solución de los más inextricables problemas.
La imaginación es, pues, un arma potentísima. Somos imaginación. Por eso hay que fantasear, dejar volar la mente por lo que amamos, por lo que más dicha nos produce, por lo que nos gustaría que ocurriera, por lo que desearíamos atraer a nuestra vida. Si lo mental es real, esos momentos son reales. Tan reales como la más sólida de las montañas.
Los libros fomentan la imaginación. Lo excesivamente visible, la apabulla. Vivimos en una época con muy poca imaginación. Ésta ha quedado relegada para los poetas y los científicos. El común de los mortales imagina poco. Abrumados por los problemas cotidianos, por la hipoteca, por la falta de amor, por la precariedad laboral, la gente vive envuelta en el miedo. Algunos luchan desesperadamente por quitárselo de encima, pero como convocamos aquello que tememos, sólo logran atraer a sus vidas más miedo y desesperación.
Las fábulas, las quimeras, los símbolos, podrían aportar mucho a nuestra civilización. La solución siempre ha convivido con nosotros. Imaginemos para ser mejores. Cultivemos una imaginación desbocada contra un mundo desbocado por la falta de imaginación.





