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TRIBUNAABIERTA
¿Izquierda?

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¿EXISTE la izquierda en España? Rotundamente no. Lo que aquí se llama izquierda echa un rancio tufo a santurronería. Y es que lo políticamente correcto es una forma más de clericalismo. Izquierda significa singularidad y riesgo. Y ambas cosas están proscritas desde tiempos inmemoriales en este país.

La característica fundamental de la izquierda ha sido mirar a donde la mayoría no miraba. En su época inaugural, la izquierda supo ver los fallos del inconsciente colectivo y trató de corregirlos. Aquella izquierda defendió lo que nadie defendía, lo que ni siquiera veían quienes soportaban la injusticia. Su lucha por la dignidad de los trabajadores, por la libertad de prensa, por la igualdad de hombres y mujeres, por un reparto más equitativo de la riqueza, no tienen parangón. Gran parte del bienestar que disfrutamos se debe a esa lucha.

Pero si la izquierda pierde la capacidad de ver lo que la mayoría embotada no ve, de propugnar lo que las conciencias obedientes no propugnan, entonces ya no es izquierda. Puede defender lo que la izquierda defendía en tiempos de Mari Castaña, pero entonces actúa como una derecha más. Y la izquierda, en España, se ha quedado esclerotizada en las luchas del pasado. Sigue viendo las fallas que vieron nuestros abuelos, pero está ciega para ver las fallas actuales.



ANTE la falta de ideas, esta pobre izquierda ha magnificado lo consabido, ha ampliado lo 'dejá vu' hasta la extenuación, y, por eso, muchas de las cosas que hace hoy se ven como ridículas o simplemente irrisorias. La izquierda de otro tiempo supo mirar las sombras, pero la de hoy está asombrada y es una sombría izquierda, una izquierda victimista e hipócrita hasta extremos de vodevil. Basta con pensar en la vicepresidenta del Gobierno, santamente 'horrorizada' por fotografiarse con un empresario del Níger y sus tres esposas, en una reacción semejante a la de las beatas de antaño cuando veían una falda por encima de los tobillos. O en las censoras que ha puesto la Junta de Andalucía en centros de enseñanza y otros organismos para que tachen, quiten y corrijan cualquier desviación hacia el 'lenguaje sexista'.

Una izquierda real debería, pues, mirar a las sombras. Y hay cientos en el siglo que avanza. El laicismo, por ejemplo, fue una gran conquista. Pero los laicistas a ultranza cometieron el error de confundir religión y espiritualidad. Y atacaron ambas con el mismo ímpetu, con la misma saña e indiscriminación. Como resultado, somos una sociedad con una ausencia total de valores, de un materialismo despiadado, falta de ética, sin escrúpulos, con individuos alienados por un consumismo insaciable y una degradante propaganda oficial. Sólo la reconquista de la espiritualidad podría invertir la situación. Hoy se habla en Occidente de 'inteligencia espiritual' y, en esto, la izquierda española es lerda. Se puede ser ateo y tener una alta inteligencia espiritual. No se trata, pues, de reinstaurar las religiones de estado ni el poder de los sacerdotes sobre las conciencias, pero sí de fomentar una espiritualidad interior, personal, de la que emerjan la libertad, la integridad, la creatividad y la independencia.



LA defensa de la igualdad de la mujer con el hombre fue otra gran conquista de la izquierda, que prosigue en nuestros días. Pero la izquierda española está ciega para defender la igualdad complementaria, la del hombre con la mujer. Hundida en el pasado, no ve que la falla que separa al hombre de la mujer es hoy tan abismal como en el siglo XIX era la que separaba a la mujer del varón. Los hombres, actualmente en España, están sufriendo una despiadada discriminación. En los casos de divorcio, el 99% de las mujeres se queda con la custodia de los hijos. La cifra resulta atroz. ¿No habría que instaurar medidas positivas para que la proporción de hombres con custodia se acercara al 50%? Constituye, por otra parte, un escándalo que la izquierda no luche por los miles y miles de hombres que pierden casa, hijos, y deben encima entregar su sueldo completo, abocándose a una vida miserable. También es increíble que la izquierda no se oponga a medidas que teóricamente defienden a la mujer, pero que en realidad consolidan el machismo ancestral. Que una misma acción sea delito si la ejecuta un hombre y falta si la ejecuta una mujer es machismo al cuadrado. Ya se sabe, ¿manos blancas no ofenden! Que la izquierda no se movilice contra semejante medida es un indicio de su estulticia. En cuanto al sistema paritario, es el imperio puro y duro del sexismo, ese que tanto dicen combatir. Las mujeres de izquierdas deberían ser las primeras en pedir que se abolieran las listas paritarias, exigiendo estar en todos los sitios por ellas mismas, por sus méritos, por su trabajo, y no por razón de que la ley haga obligatorio el emparejamiento.



OTRA cosa es el lenguaje. Cuando una sociedad, una organización, un individuo, se han adocenado, entonces sustituyen la lucha real por la lucha imaginaria. Y ya no se concentran en la vida, sino en el lenguaje. Y se hacen extremadamente puntillosos, pudibundos, mojigatos. Pasó en la sociedad decimonónica. Mientras una sexualidad desbocada campaba de manera oculta, se proscribieron públicamente miles de hermosas palabras, como 'embarazada', 'engendrar' o 'parir'. En su lugar había que decir 'grávida', 'ser padre', 'ser madre'... Hoy en día, la izquierda española sustituye el masculino genérico por un permanente 'todos y todas', un recurso fascistoide, porque, al crear una insufrible cantinela con los 'os' y las 'as', destruye el sentido global del discurso. El mensaje queda, pues, neutralizado. Cambian el contenido por la plegaria, el razonamiento por la reiteración, la gramática por la doctrina. Como en todos los fascismos.

No hablemos de la Enseñanza. Se trata de algo tan crucial, que debe depender únicamente del Estado. Resulta inadmisible que la izquierda no se opusiera visceralmente a la atomización de planes y contenidos en las comunidades autónomas. Las cosas importantes, como el Ejército, se las quedó el Estado, pero la Educación, ¿puaf! a trocearla. El resultado es que tenemos la peor enseñanza de Europa. También la más zafia, la más obtusa, la más demagógica. No cabe duda de que es de izquierdas defender el estudio, los contenidos, el esfuerzo, el talento, pero nuestros petimetres izquierdosos se decantan por los apuntes magros y el aprobado general.



LA izquierda está en la heterodoxia, en lo que produce ronchas, en lo que nadie ve aún o no se atreve a ver, pero que será. En ese objetivo, la izquierda debe ir acomodando continuamente sus puntos de vista. La versatilidad, el cambio, la metamorfosis, tienen que ser sus características. La izquierda debe sustanciarse por nuevos enfoques de la realidad, como el pensamiento borroso, el pensamiento lateral o el pensamiento complejo. La izquierda tiene que desembarazarse de los santurrones que la pueblan y que copan su representación en partidos e instituciones. Los verdaderos izquierdistas, que sí que existen aunque sean pocos y raros, tienen la misión de escandalizar a los izquierdistas de pega, a los 'eruditos a la violeta', a las 'preciosas ridículas'. Deben hacer que se rasguen las vestiduras, que se mesen las melenas. Tienen que echar a toda esa morralla de las filas de la izquierda. Porque con ese lastre, es imposible abandonar el pensamiento abúlico e instaurar la osadía, la búsqueda, la indagación, el hallazgo, que son lo lugares donde debe encontrarse la izquierda.

En definitiva, no es izquierda todo lo que reluce, aunque se autonombre así. También se llamaban cristianos quienes encendían las 'hogueras de la fe', y socialistas los que inmolaron en hornos crematorios a millones de judíos, y comunistas quienes instauraron las criminales purgas estalinianas. No nos dejemos engañar por el nombre. En España, no hay izquierda.

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