Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Opinión

TRIBUNAABIERTA
Mojigatos de hoy

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
PARECEN prudentes, pero son tibios. Se muestran comprensivos, pero lo ven todo a la luz de sus prejuicios. Se ofrecen para prestarte ayuda, pero, cuando vuelves la esquina, te clavan alfileres. Dicen ser libres, pero son esclavos del poder. Claman su modernidad, pero están anclados en los tiempos de Mari Castaña. Se dicen valientes y respetuosos, pero están llenos de miedo y desprecio. Son los nuevos mojigatos, los mojigatos de toda la vida, salvo que el contenido de su santurronería cambia con los tiempos. Un mojigato del siglo XVIII se escandalizaba de cuanto tuviera que ver con el sexo; abominaba de las malas palabras; defendía a machamartillo la decencia y vestía incluso las patas desnudas de las mesas; se ufanaba de sus amistades clericales y naturalmente iba todas las semanas a misa; se consideraba una persona íntegra y blandía esta integridad contra los singulares, los raros y los heterodoxos.

El mojigato del siglo XXI es el mismo, pero se ha disfrazado para mejor ostentar su pusilanimidad. El mojigato del siglo XXI se declara agnóstico y sospecha hasta de la ciencia si ésta lo saca de sus limitadas casillas. El mojigato del siglo XXI se manifiesta de izquierdas ¿no faltaría más! y defiende a la izquierda con la misma ceguera y estulticia que en el siglo XVIII defendía a la derecha. El nuevo mojigato es feminista ¿por supuesto! aunque su feminismo es una versión aumentada e hipercorregida de la caballerosidad machista de antaño. El mojigato moderno abriga el mismo miedo y el mismo desdén por los demás que el del siglo XVIII, y, por eso, en nombre de la justicia, consagra sistemáticamente la injusticia. Y es que bajo la férula del mojigato siempre pierden los débiles, sean quienes sean o vengan de donde vengan.



LOS mojigatos modernos tienen en las reuniones, consejos y asambleas una de sus formidables armas. Nunca se posicionan por ellos mismos y siempre se remiten al posicionamiento colectivo, amparando así su tibieza, su pensamiento acomodaticio, su terror a significarse. Ni qué decir tiene que imponen mediante el amiguismo, el vasallaje o la presión sus puntos de vista, pero siempre tienen como excusa la decisión grupal.

El mojigato ha copado los centros de poder, desde el nazismo o el estalinismo, pasando por el franquismo, hasta nuestra pusilánime democracia. Eran quienes, cuando veían los horrores de la Inquisición o de las SS o de la trituradora estalinista, tragaban saliva, consideraban que las cosas no podían ser de otra forma y, como «no iba con ellos», miraban a otra parte. Hoy hacen lo mismo, aunque, en lugar de Inquisición, habría que poner nacionalismos, inmigración, feminismo de Estado Les castañetearían los dientes si se plantearan siquiera enfrentarse a algo que esté mínimamente relacionado con el poder.

Son blandengues, olvidadizos, traidores, injustos, reaccionarios, y lastran con sus asentimientos, con sus silencios cómplices, con su aquiescencia ambigua, cualquier causa a la que se unen. Son por ello una rémora permanente.

Hay que echarse a temblar cuando una causa triunfa, porque el mojigato siempre la hará suya. Cuando dentro de unos años el caos educativo de la España de hoy dé paso a una educación en varios idiomas (y no autonómicos, precisamente) desde la Primaria, menos y más importantes asignaturas, y uniforme en todo el territorio español, el mojigato habrá pensado de toda la vida que era eso lo que había que hacer. ¿Él ya lo sabía! ¿Los jóvenes no recibían la enseñanza adecuada y él fue de los primeros en señalarlo! Y que no venga entonces una asociación de padres o una comunidad autónoma pidiéndole algo porque, con su miedo, los condenará a la hoguera como en otro tiempo condenó a los otros.



EL hombre y la mujer mojigatos están al frente de las empresas, de los hospitales, de la educación, de los partidos, de los congresos y ministerios. Son esos hombres y mujeres que siempre andan con paños calientes, que se curan en salud ante el más mínimo contratiempo, que recelan de lo nuevo y optan por el 'dejá vu', que no dan un paso sin adulterar la verdad y luego exponerla a sus superiores para, habiendo recibido el 'nihil obstat', quedar libres de culpa; son esos que dicen que nunca van contra las personas, sino que siempre hablan de instituciones, y que olvidan que las instituciones no son nada sin las personas; son esos que nos quieren hacer creer que el mundo es un mecanismo del que los individuos son meros obstáculos; ésos que no tienen compasión de nadie más allá de ellos mismos.

Mojigatos. Allá donde alguien proclame sin rubor que es un abanderado de causas que fueron pioneras, pero que ahora son universalmente admitidas, estamos ante un mojigato. Cuando alguien defiende a voz en grito la democracia, la igualdad, la libertad pero al descender a lo concreto sólo recalca lo mostrenco, lo consabido, aquello que coincide con el poder, estamos ante un mojigato.



LOS distingo a simple vista: son cordiales, demasiado cordiales ¿rayos! como si te conocieran de toda la vida. Es la cordialidad del cardenal purpurado que desciende hacia un acólito. Luego los ves con más gente y su mirada huye, se pierde, porque no tienen ancla, se mueven con el viento que sopla. Te prometen el oro y el moro para saber lo que quieres y, cuando lo saben, maniobran secretamente para que no lo consigas. Porque no buscan ni el bien ni mucho menos el agradecimiento, sino la humillación, y eso pone un poco de contenido a su vacuidad. El mojigato necesita sufrimiento a su lado. Necesita crecerse con las necesidades del otro. Necesita saber que su santurrona ortodoxia lo ha colocado en el lugar correcto en el momento correcto, y que la integridad, la individualidad, la independencia o la fidelidad sólo logran poner a las personas al borde de la ruina. «¿Esto te pasa por !». «¿Lo ves? ¿No te lo había dicho?». «¿No depende de mí!». Éstas y otras frases similares son las preferidas de los mojigatos. Les gusta ver a la persona impotente, cariacontecida, prosternada. El mojigato necesita estar rodeado de sambenitos.



EL mojigato es universal, pero hay países que lo nutren y alientan especialmente. España es uno de ellos. Basta ir a una institución, a un ayuntamiento, a una consejería, a un ministerio, a una fábrica... y no se tardará mucho en encontrar al mojigato de turno. Es ese que está siempre con la palabra 'Ley' en la boca. «Lo dice la Ley». «Yo no me puedo saltar la Ley». «La Ley es para todos». Pero se refiere lógicamente a su interpretación de la Ley. Es ese para quien la letra está siempre sobre las personas, pero nunca las personas sobre la letra.

En su terror, el mojigato abomina de la opinión pública. Es su bestia parda. Le encanta ser elogiado, ¿pero criticado jamás! Por eso, el mejor antídoto contra el mojigato es señalar a los cuatro vientos su mojigatería. Señalar las injusticias y barrabasadas que comete. Y decirlo con luz, taquígrafos... y apellidos. Cierto, yo no doy ninguno en este artículo. Pero prometo una segunda parte. Prometo señalar al menos a alguno de los mojigatos que pastan en esta Andalucía nuestra. ¿Estos hombres y mujeres, pobres de espíritu y ricos de puritana astucia!

Vocento
SarenetRSS